Uno de mis amores más sentidos, porque el amor si no se siente no es amor, es el fútbol, y declararlo así, abiertamente, es una acto que en mi propia defensa calificaré de heroico, a la altura de otras declaraciones ya expuestas en esta larga cita con el Extra Jaén, mes a mes, a lo largo de casi cuatro años. La terapia que sigo al pie de la letra se impone, así que atreverme a manifestar públicamente este amor tan desmedido en estos tiempos tan feos me dejará en paz conmigo mismo de manera que cuando mire en el espejo de mis amores lo que dije y callé no pueda reprocharme haber callado sobre esta predilección no tan inconfesable. Reconoceré que este amor futbolero está muy por debajo de otros entre los que Juan Sebastian Bach (pronúnciese baj) es el vértice de un posible triángulo isósceles, la cima de una montaña equilátera, la veleta de una torre con campanario, la luz del faro que alumbra y da visibilidad desde costa rocosa o desde lo más alto, de lo que está por encima del resto.
Mi primera experiencia amorosa con este deporte fue a los ocho años. El fútbol era un juego de barrio, no más que un juego, que practicábamos los niños del vecindario sin discriminación de edad, peso o altura. El balón era un objeto deseado y poseerlo le otorgaba al propietario poderes muy por encima de los que el tal Infantino pueda tener ahora. Todo estaba bien medido con reglas lo suficientemente imprecisas que le daban un valor añadido, oscilante entre la discusión ética de lo que es hacer sin querer y hacer queriendo o, de carácter físico, la medida del aire para determinar si un balón había sido alto o no al atravesar una portería sin postes ni larguero. Recuerdo por ejemplo que situar en la portería a uno de los más pequeños de altura, una treta a la altura solo de un Luis Aragonés, le daba al equipo, paradójicamente, el beneficio de la pequeñez pues muchos goles por alto serían anulados dada la imposibilidad de ser alcanzados por el meta disminuido. Los actuales porteros o guardametas del mundo conocido tan altos y espigados, además de no haber nacido en aquellos tiempos de menor tallaje, no habrían sido captados nunca para guardar aquellas porterías sin puerta.
Pero ese primer flechazo en plena infancia no lo fue por el juego en sí, del que apenas tenía noticias salvo algunas retransmisiones de radio, sino por la vestimenta. No recuerdo las circunstancias del hallazgo pero el caso es que un día apareció sobre la mesa del comedor una camiseta blaugrana conel número cinco en el dorsal. Las camisetas no llevaban entonces el nombre del futbolista bordado sobre el número, solo el número. Pero aquel cinco no lo necesitaba, era la camiseta de Olivella, como el dos era la de Benítez y el tres la que llevaba a sus espaldas el zurdo Eladio. Recuerdo que miré la camiseta de arriba a abajo, de todas las posturas posibles, contando las barras granes, siempre dos por delante y por detrás, y las tres blaves acompañándolas, y en aquel repaso contable del número de barras me topé con una pieza de bordado, un ribete, que remataba con forma de corazón su cuello. Ese remate era muy elegante algo raro para una camiseta deportiva, tejido también con los colores propios, y ligeramente almidonado para añadirle una reciedumbre especial. Pasé mis manos sobre aquel reborde y todo el equipo culé, incluyendo la nómina de los utilleros, entró en mi corazón. Me hice entonces de ese equipo por cuestiones de tacto, por el suave rasgo que aquel borde del cuello transmitía a quien lo tocara. Un amor táctil, sensorial y algo superficial, que no voy a negar, se dejó caer sobre una consciente inclinación que ya se daba en mi interior.
El tacto permite ver a los ciegos, sentir la fiebrecilla del hijo que tose, estirar una masa de harina y agua antes de hornearla, o inundar de sonido una enorme sala golpeando con maestría las teclas de un piano. Así que no miento si digo que fue él quien marcó con determinación aquella primera experiencia amorosa en mi inclinación futbolística y preferencia barcelonista, y que años más tarde, posiblemente en la primavera de 1974, hiciera nuevo acto de presencia para reafirmar lo que ya era pasión. Todo sucedió en Granada, en el hotel Alhambra, en un mediodía soleado. La hermosa lengua catalana (los conserjes daban paso a todo catalanoparlante que se dirigiera a ellos en catalán, curiosamente) nos abrió la puerta de ese lujoso hotel donde la plantilla del Barcelona aguardaba el tiempo para descender a Los Cármenes e intentar cada uno de sus jugadores que un tal Fernández, defensor granaino, no les rompiera o descuartizara hueso alguno. El caso es que en un salón enorme con vistas a la ciudad se hallaban los jugadores bien trajeados, extraña hechura que no entendí, por lo que pude acercarme a casi todos ellos y mezclarme en los corrillos que los envolvían rogándoles autógrafos principalmente o dándoles palabras de ánimo o entregándoles herraduras y patas de conejo como fetiches mágicos contra Fernández. No olvidaré la espalda enorme de Sadurní. Pude acercarme a él y con la devoción de los asaltantes de la verja de las marismas o la del mahometano en la séptima vuelta a la Kaaba palpar lentamente, de izquierda a derecha y de arriba a abajo la chaqueta que cubría una espalda que me pareció entonces inacabable y que me dio a entender la poderosa fuerza que transmitiría a sus largos brazos para llegar a despejar lo que irremediablemente podría ser un gol. Por tanto, otra vez el sigiloso lector que es nuestro tacto añadió un nuevo argumento a mi inclinación futbolera.
Aquellas emociones infantiles al descubrir la camiseta del cinco, o estas otras granainas y púberes más propias del fanatismo forman mi ADN futbolístico posiblemente compartidas con muchos otros, siendo constituyentes de muchas aficiones similares. El fútbol no es un asunto racional sometido a la crítica razonable sino un juego caprichoso, sometido al azar, con imponderables infinitos y actores que olvidan el papel para poder interpretarlo. Y todo ello en noventa minutos con intermedio para reponer las fuerzas de quince. Y también uno de los negocios más poderosos y con mayor capacidad de enajenación que muchas de las sectas más poderosas. Una historia sin otro final posible que la victoria o la derrota. Sin embargo guardo en mis dedos todavía la memoria de aquellas emociones que me convirtieron en aficionado a este deporte que siempre empieza siendo un jugo. Ah, olvidaba, el empate, como tantas cosas en la vida, un mal menor.