El marino mercante que nació en el mar de olivos
Nacido en Torredonjimeno, Eduardo Martos ha dedicado su vida a la Marina donde ha trabajado más de 40 años en los que ha vivido situaciones de todo tipo
Foto: CEDIDAS
Eduardo durante su juventud como marino mercante.
Son pocos los jiennenses que deciden dedicar su vida a navegar. Uno de ellos es Eduardo quien desde joven tenía claro que a pesar de haber nacido en tierra de olivos en diciembre de 1949 quería dedicar su vida a la mar. "Desde que era adolescente sentí la vocación de ser marino, lo que no es muy normal siendo de esta tierra. En la década de los setenta ingresé en la Escuela Oficial de Náutica de Cádiz, la actual Escuela de Ingeniería Marina". Así comienza su historia el tosiriano quien a pesar de que ha vivido numerosas vivencias, peligros y anécdotas en alta mar insiste en que su vida ha sido "de lo más normal".
Cuenta que tras tres años en esta escuela, los alumnos debían hacer un periodo de prácticas de un año a bordo de un buque. "Después de este tiempo, yo seguí formándome e hice el equivalente a un postgrado así obtuve el título de Capitán o Jefe de Máquinas de la Marina Mercante, que en la actualidad es la Marina Civil. Esto quiere decir que con esta formación se puede desarrollar la vida tanto en barcos de pasajeros como o barcos mercantes o, incluso, en barcos de salvamento marítimo”, explica Eduardo.
Él comenzó su etapa como alumno en la compañía Transmediterránea, hoy día llamada Balearia, realizando viajes a Guinea Ecuatorial cuando este país aún era protectorado español. “Después de eso viví algún tiempo en Cádiz donde conocí a mi esposa que era enfermera. En esta ciudad establecí mi residencia porque comencé a realizar viajes transatlánticos realizando repetidamente la ruta Europa-Golfo de México y también Europa-Golfo Pérsico”, recuerda Eduardo quien explica que lo primero que impresiona a quien no vive cerca del mar o no vive en este mundo es el tamaño de estos barcos que pueden llegar a medir 400 metros de eslora, o lo que es lo mismo, tienen la longitud de cuatro campos de fútbol y cuyo motor y maquinaria de propulsión es tan alto como una vivienda de tres pisos aproximadamente.

"Los barcos en los que viajaba podían llevar otros barcos y contaban con una tripulación de entre 30 ó 40 personas. Son autosuficientes y en ellos se genera la electricidad, el agua para beber, calefacción y refrigeración necesarias para vivir durante meses. A veces íbamos a Canadá, con temperaturas de diez grados bajo cero, y otras al Caribe, Centroamérica, etc., con temperatura y humedad propia de zona tropical, muy elevadas", explica el marino que cuenta como en la cocina del barco incluso preparaban pan casero y un menú diario, como es lógico.
Sin embargo, a pesar de que pareciera que se vivía cómodamente, según Eduardo era muy complicado "capear" los temporales en el Atlántico norte donde había olas de hasta 10 ó 12 metros de altura que casi cubrían la embarcación.
"Además, cuando íbamos a por petróleo al Golfo Pérsico, no podíamos utilizar el canal de Suez porque el barco excedía las dimensiones que se exigía para transitar el canal y había que dar la vuelta por el sur de África y el Océano Índico hasta llegar al estrecho de Hormuz. Esto hacía el tiempo de navegación tremendamente largo, casi dos meses", relata el tosiriano que permaneció en aquellos años largos periodos de tiempo a bordo del barco y luego, para el relevo, pasaba entre dos o tres meses de descanso en casa.
Toda una vida
Eduardo ha pasado la mayor parte de su vida en el mar recorriendo multitud de países de Europa, Asia, África o América, "me faltó por visitar Australia", dice.
Recuerda que en muchas ocasiones viajaban sin médico o profesionales sanitarios a bordo. "En el tipo de buque en el que viajábamos la normativa decía que si el número de tripulantes no superaba los cien no iba a bordo ni médico ni enfermera, aunque sí existía quirófano para utilizar en determinados momentos y con el personal adecuado. Una vez, en mitad del Atlántico tuve un dolor de apendicitis y tuvimos que regresar a las Islas Azores por la gravedad del caso", relata Eduardo.
En otra ocasión, cuenta que un alumno de náutica tuvo una afección pulmonar que no podía esperar, y en medio del Atlántico, gracias a la ayuda norteamericana de la guardia costera le pudieron salvar la vida utilizando una avioneta y arrojando en paracaídas equipos y personal.

A pesar de haber vivido momentos duros, el tosiriano cuenta que se vivían incontables anécdotas. "Cuando tocaba embarcar o desembarcar en países asiáticos era una odisea que se complicaba enormemente por culpa del idioma. Recuerdo especialmente Singapur, país que me dejó impresionado".
Por otro lado, el marino ha vivido el tener que acudir a zonas de guerra y afirma que admira a quiénes a día de hoy se encuentran en estos lugares cargando en puertos. "En alguna ocasión me tocó cargar en el Golfo Pérsico durante la guerra de Irak o Irán, en los años 80. No lo puedo comparar con la actualidad pero recuerdo la angustia de tener que entrar en aquellas zonas con todo apagado, la cortina de los portillos totalmente cerrada y en la cubierta sin luz y con una linterna muy tenue, tomando la sonda de los tanques,…Algunos miembros de la tripulación no querían entrar y teníamos que hacer relevos durante dos semanas que pasábamos en las zonas de conflicto para sustituirlos".
"De todo lo dicho, se puede uno imaginar que a veces es una profesión de alto riesgo, yo tuve ocasión de comprobarlo, y aunque no aconsejaría a mis hijos dedicarse a esto si yo volviera a tener 18 años viviría lo mismo", afirma contundente Eduardo quien en la actualidad vive en el pueblo jiennense que lo vio nacer.