Agenda constitucional

Gerardo Ruiz-Rico

Del homo sapiens al homo algoritmus

No puedo imaginar todavía a un desconocido e irreconocible Sapiens, incapaz de traducir en la mirada del ser querido, el peso de la pasión

Vivimos en una época extraña y desconcertante donde el presente y el futuro se diluyen en un espacio minúsculo del tiempo. Sabíamos del famoso filósofo griego (Heráclito) y su más conocido aún PANTA REI, (todo fluye, todo cambia). Sin duda “no es posible bañarse dos veces en el mismo río". Lo que no podíamos imaginar es que ese río de la vida fuera a una velocidad tal, que los recuerdos de la infancia se parecen cada vez más a las hojas de un libro de historia.

En esta carrera sin meta fija nuestra realidad cotidiana ha sido invadida por una “máquina” inteligente, cada vez más independiente de sus hacedores, y con una habilidad excepcional para transformar profundamente las sociedades donde habita de nuestra especie. No se trata de ningún invasor alienígena, llegado desde otro mundo con el malvado propósito de conquistar ese planeta maltratado por sus propios habitantes, dueños insaciables de la cadena trófica que rige el destino de los débiles.



Todo comenzó hace algunos milenios en las cavernas donde sobrevivía a duras penas nuestro enigmático antecesor, al que la ciencia ha denominado con demasiada generosidad homo sapiens. Allí dio comienzo eso que las viejas enciclopedias llaman civilización. Esas criaturas recién llegadas a la luz de la racionalidad -o casi- descubrieron en la naturaleza signos que portaban misterios incomprensibles, pero con los que supieron concebir después religiones y teologías poderosas. Apenas se habían erguido sobre dos de sus extremidades y a utilizar unas manos prensiles, cuando empezaron ya a construir máquinas y utensilios para satisfacer sus necesidades más primarias. Redactaron unas reglas mínimas de convivencia para olvidar su pasado de Leviathanes bárbaros y sin escrúpulos. Organizaron las primeras fronteras amuralladas para defenderse de “los otros”. Los Sapiens desarrollaron una capacidad extraordinaria para curar las enfermedades que les amenazaban; aunque se mostraron tremendamente hábiles también para diseñar artefactos de guerra, tan sutiles y perfectos técnicamente como destructivos en sus efectos.

El mejor testimonio de su éxito ha llegado a nuestros días en forma de una Inteligencia con mayúsculas, a la que se adjetiva de “Artificial” por su inmaterialidad, pero a la que se humaniza bautizándola con nombres propios de personas comunes y a veces cercanas. Esta otra criatura reside y se propaga en una dimensión virtual, etérea e imperceptibles a la vista, pero enormemente eficaz a la hora de manipular voluntades o esculpir una suerte de alter ego estereotipado y dócil ante el poder oculto de sus creadores.  

No todo es perverso en esta entidad que nos acompañará ya el resto de nuestra existencia y la de las generaciones venideras. Como invención del Sapiens que llevamos dentro tiene y será muy útil para vencer la ignorancia, la destrucción del medio ambiente, y si se lo propone incluso -nos lo proponemos- la pobreza y la infelicidad consustanciales a nuestra genética.

Probablemente al final este homo algoritmus sustituirá al homo sapiens del que procedemos y desde el que hemos podido evolucionar. Su Inteligencia no dejará de ser amable, es posible que cercana, pero al postre fría y prefabricada.

Por estas razones, me resisto a pensar que los actuales y futuros homínidos, junto a su nuevo y admirable “juguete”, conformado a base de sesgos y algoritmos, llegue a perder del todo la capacidad para sentir en sus venas los atardeceres llenos de poesía recuerdos, que deje de sentir emoción y tristeza con la música que despierta durante las noches verano en los jardines y los palacios de civilizaciones antiguas. No puedo imaginar todavía a un desconocido e irreconocible Sapiens, incapaz de traducir en la mirada del ser querido, mientras la brisa de un mar eterno acaricia sus cabellos, el peso de esa pasión que nos ha definido siempre con la emoción y la humanidad a flor de piel.