Aurea mediocritas

Nacho García

Analfabetización

El problema no es tanto la política sino, más bien, la tergiversación lingüística que exhibe ante la sociedad

Si consultan el Diccionario de la Real Academia de la Lengua, comprobarán que este término no está registrado y aparece “analfabetismo” como alternativa. Si siguen consultando el diccionario, comprobarán que el término “ordinalidad” tampoco está registrado. Es lógico que a Juanma Moreno le sonase mal cuando lo pronunció jactancioso el Día de la Bandera, con su habitual gracejo sin gracia ninguna. Lo suyo pudo parecer una ordinariez, palabra que sí existe, pero no, la “ordinalidad” resulta que es un principio de financiación donde las regiones más ricas deben mantener su posición relativa (no perder puestos) tras mecanismos de solidaridad para que las menos favorecidas mejoren, evitando que las ricas "queden peor" por contribuir.  Así es la política, cada vez más parecida a cualquier cuadro expresionista de Pollock, puro caos, palabrería siempre al borde del colapso.

El problema no es tanto la política sino, más bien, la tergiversación lingüística que exhibe ante la sociedad, cuyo progresivo empobrecimiento léxico es evidente, hecho que dificulta la comprensión y el entendimiento. Esta es una de las cuestiones que más molesta a un filólogo, cómo se retuerce la lengua y cómo se utiliza de manera ordinaria (en el sentido de soez). Preocupa sobremanera cómo se alambican discursos complejos en la forma, huecos en el fondo, con palabras vacías y terminología altisonante que pretenden alejar la atención de cualquier problema tabú u ocultar la verdad. Algunas veces son curiosos neologismos (stalkear o randomizar) o extraños tecnicismos (pactómetro, neocentralismo o matria). Otras veces son extranjerismos crudos (lowfare o crowdfunding); préstamos adaptados (máster, partidocracia o espóiler) o incluso calcos semánticos (bizarro o celular) con resonancia dispar.



El caso es que una vez puestos en circulación a través de los medios (“alfabetización mediática” la llaman) y las redes (“alfabetización digital”), la gente los reproduce torticeramente, sin saber su significado real, atribuyéndoles significados divergentes o ignotos, debido a lo cual la comunicación se enmaraña. El nuevo analfabetismo supera al antiguo. Antes, la gente no sabía leer, ahora la gente no quiere leer o prefiere no leer, se limita a scrollear, a medio leer en una pantalla y opinar sin reflexionar o juzgar sin saber, creyéndose en posesión de la verdad y berreando mentiras. La mayoría participa en este sinsentido: habla o escribe sin pensar y juguetea con las firmes, pero flexibles, costuras de la lengua provocando tensiones innecesarias, con lo cual contribuye a una perversión lingüística sin límites aparentes. El nuevo analfabetismo alimenta el trastorno Dunning-Kruger, según el cuál los más incompetentes se creen expertos, con un plus de arrogancia e insolencia.

En el ámbito educativo, un ejemplo curioso de todo este asunto podría ser el enunciado que me apareció en una infografía de un curso de formación sobre comprensión lectora que estoy realizando que, paradójicamente, está poniendo a prueba mi comprensión lectora. El dichoso enunciado que casi me provoca un pasmo rezaba así: “Alineación para la trazabilidad”. El caso es que medio comprendí que había que asegurarse que las tareas y actividades que se programaran debían estar conectadas con las competencias y criterios de evaluación para conseguir la validez y una evaluación más formativa. Entre medias, un galimatías de términos del abstruso argot educativo (rúbricas, listas de cotejo, indicadores de logro, descriptores asociados, etc.), una jerga confusa que intenta ocultar y falsear la realidad de las aulas, una jerigonza que aleja la enseñanza del aprendizaje. ¡Vaya alienación!

¿Quién me aclaró el embrollo? Un amigo economista, quien me explicó que la trazabilidad es un concepto habitual en el mundo empresarial, importante para ofrecer una visión detallada de cada etapa del proceso productivo y administrativo. ¿Cómo no había caído antes? Trazabilidad y ordinalidad, dos términos del nuevo lenguaje neoliberal que infecta y afecta a todos los ámbitos. Trazabilidad y ordinalidad, sendas muestras de la lamentable sumisión de la Administración (en Educación, en Sanidad, en Justicia, etc) a los parámetros económicos, a la puñetera visión empresarial de la vida. Cualquier atisbo de originalidad se ha de calibrar para exterminarlo, cualquier variación creativa se ha de controlar para cercenar su recorrido, cualquier aportación extraordinaria se ha de convertir en ordinaria, no vaya a ser que algo escape del férreo control existente. Todo queda subyugado a la productividad, pendiente y dependiente de financiación, avasallado por la sistemática justificación a través de innumerables registros, datos y evidencias. Si algo no es rentable, se suprime; si algo no es viable, se cierra. Alienación absoluta.

Como dice el sabio refranero: “Para ese viaje no se necesitan alforjas”. No terminaré el cursito de marras, por dignidad, y seguiré despreciando los cantos de sirena de este paradigma educativo deshumanizador y reduccionista, cuya deriva no termino de comprender ni como filólogo ni como profesor ni como persona. Nunca seré un experto de ésos, nunca aspiré a nada ni ya pretendo gran cosa. Como dicen los jóvenes: “No me renta”, no sé si me “funarán” o me “cancelarán”, me da igual. En el fondo, “mundos enteros nos ignoran”, ya lo dijo Pascal, así que por salud mental, procuraré que el entusiasmo no se rinda a la indolencia, que el inconformismo no se transforme en pasotismo y que la ilusión no ceda ante la desesperanza, o sea, haré de mi capa un sayo con una tiza en ristre, de manera artesanal. Porque en el fondo, “¿a quién le importa cómo está mi alma?”, gracias Robe. No sé nada.