Es tan triste como cierto. Ha sido necesaria una tragedia como la de Adamuz, con 46 personas fallecidas, para que tomemos conciencia de que las costuras del sistema, al menos del ferroviario, han saltado por completo. Tenemos una red de alta velocidad absolutamente sobrepasada. No da para más. Mientras se multiplicaban los trenes en circulación, las vías y las infraestructuras se han ido abandonando. No lo digo yo: lo dicen los maquinistas. Algunos llevaban avisando desde hace demasiado tiempo.
Pero mientras la red se degradaba, en el Ministerio de Transportes estaban a otras cosas. A llevarse mordidas, a enchufar a las parejas del ministro de turno o a colocar como consejero de Renfe al que un día fue portero de un prostíbulo. Luego llegaría otro ministro, que ha volcado sus esfuerzos en poner a su equipo a contabilizar los insultos que recibe por redes sociales.
A esa degradación se suma el segundo gran problema: la dependencia casi total de la alta velocidad en España, fruto del desmantelamiento progresivo del ferrocarril convencional. Y lo hemos visto con claridad ahora: cuando el AVE falla, Andalucía queda prácticamente incomunicada del resto del país. Hemos creado un modelo ferroviario excluyente y territorios como Jaén vuelven, una vez más, a quedarse al margen. Luego está el caso de Linares-Baeza. Una estación que durante décadas fue un nudo ferroviario esencial, capaz de sostener conexiones entre regiones, hoy languidece hasta rozar el abandono.
La alta velocidad es importante, nadie lo discute. Pero no puede ser la única opción. Un sistema ferroviario sólido combina velocidad con cobertura; modernización con accesibilidad e inversión con justicia territorial. No es una pelea entre trenes nuevos y viejos; es una cuestión de cohesión social.
Porque si queremos una España realmente conectada, hay que reforzar las redes que sostienen la vida cotidiana de miles de personas. Apostar por el ferrocarril convencional y por nodos como Linares-Baeza no es nostalgia. Es equidad.