La tirilla

Santiago Donaire

Jornaleros

Los nuevos hábitos de coger la aceituna a partir de octubre y del árbol redoblan la necesidad de disponer de más mano de obra en el menor tiempo posible

Hace unos años, no tantos, las mejores tierras de secano eran para el cereal, la hortaliza junto a los ríos; en la campiña se cultivaba algodón, girasol y remolacha, mientras por las lomas las hileras de olivos se perdían en el horizonte. Pero eso ya solo es un recuerdo: hoy el olivar lo domina todo. Con la diversidad de los cultivos, la mano de obra se iba alternando entre ellos y la actividad de los jornaleros, aun con grandes dificultades, se podía mantener a lo largo del año, y más si la complementaban con la uva en Francia, el espárrago en Navarra y hasta los hoteles en la costa. Hoy, para 30 días escasos de trabajo en la aceituna —eso en los años buenos—, no hay quien aguante en su pueblo por mucho subsidio agrario que se le pague; de ahí parte de la galopante despoblación de la provincia.

Los nuevos hábitos de coger la aceituna a partir de octubre y del árbol, evitando la del suelo, redoblan la necesidad de disponer de más mano de obra en el menor tiempo posible. Los jornaleros locales, salvo en las fincas familiares y pequeñas explotaciones, desaparecieron, y el hueco lo ocuparon marroquíes, argelinos, senegaleses y malienses, entre otras nacionalidades. Algunos, los más afortunados, con contratos, van a fincas grandes que disponen de viviendas para su alojamiento; los demás van cambiando entre las pequeñas explotaciones con el hospedaje como principal problema. En la última escala están los sin papeles, a los que normalmente se les niega el techo y son mayormente objeto del abuso laboral por propietarios sin escrúpulos. La formación de las cuadrillas para estos últimos es como en la Edad Media: de 7 a 7:30, en la plaza del pueblo —en nuestro caso, junto a la Plaza de Toros o en la glorieta de la Alcantarilla—, pasa el manijero con el todoterreno, los selecciona y se los lleva.

Paseo con frecuencia por la Alameda y observo que, bajo el nuevo Centro de Salud, en el aparcamiento sin terminar, hay decenas de personas malviviendo, también en soportales, pasajes, naves industriales o viviendas abandonadas. En estos días de lluvia no se trabaja y no se cobra; permanecen ociosos administrando los jornales que cobraron los días que fueron al tajo. Los 64 euros del convenio por día trabajado deben de dar de sí para comer, vestirse y hasta mandar dinero a la familia: es la cuadratura del círculo, y más cuando llevan 15 días sin poder trabajar por la lluvia y lo que queda. Todo después de haber cruzado desiertos y mares profundos para llegar hasta aquí, a un dorado que no es tal.
No son indigentes, no son lumpen: son jornaleros, trabajadores del campo, los más vulnerables ante los abusos. Son necesarios, sin ellos no se recogería la aceituna; este año hasta han sido pocos. Me alegro de la regularización realizada por el gobierno, seguro que reducirán los abusos, aunque me da que seguirán durmiendo bajo forjados. Somos una sociedad avanzada, en lo económico y en lo social hay que dar respuesta a esta injusticia, un mínimo de dignidad y humanidad. A los sembradores de odio, empeñados en enfrentar a los penúltimos con los últimos y de esa forma evitar que miren hacia los verdaderos explotadores, pues que no vamos a caer en el engaño.



Salud.