En Jaén ya no hace falta bata blanca para diagnosticar el problema de la sanidad pública. Basta con mirar el calendario. José Chica Ortega será operado hoy de un cáncer de colon tras esperar desde noviembre de 2025. Meses. Con un cáncer. En silencio administrativo. Hasta que el silencio se rompió a gritos.
Porque la operación no llega por una repentina mejora del sistema, ni por un refuerzo milagroso de personal, ni por una gestión eficaz. Llega porque los vecinos de Torredelcampo se cansaron de esperar sentados y decidieron esperar de pie, a las puertas del Hospital Universitario Médico-Quirúrgico de Jaén.
Este es el nuevo modelo sanitario: quien protesta entra antes. El triaje del siglo XXI no lo marca la gravedad clínica, sino el volumen de la concentración. Si no hay pancarta, no hay quirófano. Si no hay ruido, no hay urgencia. Y si no hay presión social, hay espera. Infinita.
Conviene decirlo claro: esto no es un fallo puntual, es un sistema que se ha roto a base de recortes. Recortes de personal, de recursos, de dignidad. Una sanidad pública que se sostiene con propaganda mientras se vacía por dentro. Donde lo extraordinario no es que alguien espere meses con cáncer, sino que finalmente sea atendido.
Hoy todos respiramos un poco más tranquilos porque José entra a quirófano. Pero esa tranquilidad dura lo que dura la noticia. Mañana, otros seguirán en lista de espera. Sin nombre. Sin vecinos movilizados. Sin cámaras. Con la enfermedad avanzando y la administración mirando hacia otro lado.
No, esto no va de agradecer nada. No hay que dar las gracias por no morir. No hay que aplaudir que el sistema funcione solo cuando se le señala públicamente. Y no hay que normalizar que defender la sanidad pública implique concentrarse frente a un hospital como último recurso.
Recortar en sanidad no es ahorrar. Es decidir quién puede esperar y quién no. Es jugar a la ruleta rusa con vidas ajenas. Y es convertir un derecho fundamental en un privilegio condicionado a la capacidad de protesta.
Hoy el pueblo ha apretado.
Hoy el sistema ha cedido.
Pero una sanidad que solo responde bajo presión no es un derecho: es un abuso institucional.
Y mientras no se diga alto y claro, seguiremos acumulando milagros… y funerales evitables.