En mi instituto, los alumnos están realizando un “muro de los conflictos”. Con materiales reciclados han construido unos ladrillos; en uno de los lados han escrito un conflicto real que se da en el día a día del instituto y en el lado contrario, han escrito la solución a ese conflicto. HABLAR es la palabra que, por ahora, va ganando como remedio para los conflictos. HABLAR. Hoy he visto con una especie de esperanza melancólica ese muro que los críos y las crías están levantado y en el que la palabra HABLAR aparece como cimiento de una paz posible, que no es ausencia ni negación del conflicto sino gestión civilizada del mismo. Cuando los alumnos ponen la capacidad de hablar, y por lo tanto la capacidad de entendimiento, en el centro de la solución de un conflicto, nos dan una lección de reconocimiento del otro, ese otro siempre necesario para la que la verdad no devenga en dogma sino en proceso compartido.
Esa grata sorpresa que me ha deparado el muro del instituto choca con la observación descorazonada del presente, cuajado de trincheras digitales, postureo ético y purismo de salón. Nuestra convivencia colectiva vive bajo la amenaza de acabar convertida en una suma estéril de monólogos estancos y sordos que buscan el sacrificio de la inteligencia en el altar de la autoafirmación moral. La negativa de David Uclés a participar en unas jornadas de debate, motivada por la presencia de voces que, según su criterio, las invalidan como espacio de encuentro, no es solo un síntoma de la fragilidad de nuestra cultura democrática, sino una renuncia explícita a la única herramienta que la izquierda ilustrada ha blandido históricamente para transformar la realidad: la dialéctica. Con tristeza contemplo como la sabiduría del muro de mi instituto contrasta violentamente con el repliegue de Uclés, quien, bajo la bandera de una supuesta higiene democrática, asume que el silencio protege la verdad, cuando en realidad solo concede el campo de batalla al adversario por incomparecencia del pensamiento. La contradicción ontológica es flagrante: ¿cómo se pretende derrotar aquello que se detesta si se renuncia a comparecer, para combatirlo con los argumentos de la razón, en el terreno de juego de las ideas? El vacío no es una estrategia de combate, es una rendición preventiva. Al levantar muros de silencio, no estamos protegiendo nuestras ideas: estamos construyendo una vitrina para enseñar la propia irrelevancia. Si la izquierda ilustrada renuncia a la confrontación intelectual con figuras como Aznar, está admitiendo que sus propios argumentos son demasiado quebradizos para resistir el aire libre de la controversia. Quien posee la convicción de que la razón histórica le asiste, no huye de la arena pública, sino que la busca con la voracidad de quien sabe que la luz de los datos es el mejor antídoto contra el revisionismo, ese alimento fatal de los populismos.
Antes de continuar, es justo detenernos en el título de las jornadas organizadas por Jesús Vigorra y Arturo Pérez Reverte —La guerra que todos perdimos— y en la respuesta de Uclés diciendo que la guerra la sufrimos todos y la perdieron los republicanos. ¿Perdimos? ¿Sufrimos? ¿A qué viene ese uso de la primera persona del plural? Tanta Pérez Reverte como Uclés parecen competir por ver quién nos endosa una herencia más pesada: el primero, sentencia que la guerra la perdimos todos y el segundo, lo corrige con un matiz igualmente falso afirmando que no todos la perdimos pero sí todos la sufrimos. O sea, que según seas de Pérez Reverte o de Uclés la guerra la perdiste o la sufriste. Sí, tú, españolito de 2026 perdiste o sufriste aquella guerra de tus abuelos que terminó en 1939. Y claro, ante tamaño despropósito, cabe preguntarse qué guerra sufrimos exactamente los españoles de 2026. La respuesta es ninguna.
En ambos casos, el uso del nosotros implica la utilización espuria de la lenga y de la Historia. Al decir que nosotros padecimos o sufrimos algo que terminó hace casi noventa años, le están robando el dolor real a quienes verdaderamente padecieron, sufrieron y perdieron la guerra. La primera persona del plural es una trampa ideológica y estética, que a Pérez Reverte la sirve para crear un aurea de fatalismo romántico en el que todos los españoles de hoy somos culpables y víctimas a la vez de algo sucedido hace casi un siglo, y que en el caso de Uclés funciona como una coraza moral que le permite repartir a discreción carnets de padecimientos. Pero la realidad no es cómo quieren el espadachín de la derecha y el vate de la izquierda postmoderna: la realidad es que nosotros no estuvimos allí. Nosotros no pasamos hambre ni temimos que la puerta de nuestra casa sonara de madrugada para que nos llevaran a darnos el paseo por ser católicos o por ser votantes de Azaña, nosotros no le pegamos un tiro a nadie, nosotros no pasamos frío en las trincheras de Teruel ni perdimos una pierna en el Ebro, nosotros no fuimos represaliados a partir de abril de 1939. Nosotros no somos víctimas de nada de eso. Podemos ser —posiblemente todos lo seamos de una forma o de otra— nietos de quienes realmente padecieron aquel horror, pero nada más y, por eso, insistir en que los españoles de hoy somos protagonistas de aquel fracaso colectivo es una forma de mantener el conflicto en respiración asistida: no dejar que el pasado sea pasado, de una vez por todas, es la trampa perfecta para escamotear los grandes retos del presente. Y, sin embargo, es hora de dejar de conjugar el pasado en presente: la guerra ni la perdimos ni la ganamos nosotros, la ganaron o la perdieron ellos; la guerra no la sufrimos nosotros, la sufrieron ellos. Y reconocer esa distancia que nos separa no es olvido —¿cómo puede haber olvido cuando son tantos los muertos que duermen en las fosas comunes? — ni es desprecio: es, tan solo, salud mental colectiva y rigor histórico.
Hecho este paréntesis, volvamos al núcleo de la reflexión: la espantada de David Uclés de unas jornadas de debate. Esta huida del diálogo nos sitúa ante un espejo incómodo que nos devuelve el reflejo de otros extremismos. En diciembre de 2020, en un chat de militares retirados, el general Beca decía: “Confío en que salga otro mata rojos pero que esta vez no se quede corto, hay que aniquilar 26 millones, niños incluidos”. El delirio, la barbarie: exterminar a millones de personas que no encajan en una idea estrecha y excluyente de nación; la expresión máxima del odio: la eliminación física del discrepante. Y aunque Uclés opera desde unos valores diametralmente opuestos a los de esos militares, su actitud de cancelación de la palabra plantea una interrogante inquietante sobre la gestión de la alteridad: ¿qué nos propone David Uclés que hagamos no ya con Aznar y con Espinosa de los Monteros, sino con los millones de españoles que los siguen o los votan o los votaron? Existe una simetría inquietante entre el autoritarismo castrense que propone la aniquilación física de la mitad de España y el autoritarismo intelectual que propone la aniquilación civil de la otra mitad. Ambos parten de la misma premisa: la imposibilidad de convivencia con quien es radicalmente distinto.
Si el diálogo se considera una claudicación y se cree que es imposible convivir en el disenso y la diferencia, ¿cuál es el horizonte? Convertidos los adversarios ideológicos en enemigos, ¿qué proponen para ellos Uclés y sus palmeros?, ¿la invisibilización, el ostracismo, la exclusión civil, una forma de apartheid legal que los prive de sus derechos políticos, el exilio, el campo de concentración, la aniquilación física? ¿Su gran fantasía para el mañana es la de un país habitado únicamente por quienes comparten nuestro código ideológico? La cancelación es, en última instancia, un fusilamiento simbólico, una forma de decretar la inexistencia del otro para no tener que afrontar el esfuerzo —a veces extenuante— de rebatirlo.