Palomos de papel

Manuel Palomo

Una voz entre escombros

Miguel Hernández escribe a Jaén

Con motivo de la IV Semana Internacional de la Poesía Miguel Hernández, la ciudad de Jaén se convierte en un espacio de memoria, creación y reflexión compartida. En este marco, la proyección del documental El bombardeo de Jaén no es solo un ejercicio de recuerdo histórico, sino también una invitación a dialogar con el pasado desde el presente. Y es precisamente en ese diálogo donde surge esta propuesta: un juego creativo, cargado de ironía respetuosa, que imagina el hallazgo de una carta imposible entre las piedras de la ciudad.

Dicen que apareció tras una grieta, entre restos de muros antiguos, como si el tiempo hubiese decidido devolver una voz que nunca terminó de apagarse. No hay certeza de su origen, pero sí de su intención. La firma —o lo que parece serlo— remite a Miguel Hernández, y el contenido, lejos de anclarse en la nostalgia, interpela directamente al presente.

La carta, en esta ficción consciente, no pretende engañar a nadie. Sabemos que no es real. Y, sin embargo, hay verdades que solo la imaginación es capaz de decir en voz alta. Desde ese lugar, el texto se levanta como un eco entre escombros, un recordatorio de que la memoria no es un acto pasivo, sino una forma de resistencia.

Entre estas piedras que aún guardan el temblor del estruendo, alguien ha dejado mi nombre escrito sin permiso del tiempo. Si me lees, no preguntes si soy yo: pregunta más bien por qué aún hace falta esta voz.

Jaén, tierra herida y fértil, no olvides que el silencio también es ceniza. Levántate no con odio, sino con memoria; no con ruido, sino con verdad. Que no vuelvan a confundirse las sombras con destino, ni el miedo con paz.

Si esta carta ha sobrevivido al polvo, que sirva al menos para recordar que ningún bombardeo alcanza a la dignidad cuando un pueblo decide sostenerla.

Pero esta voz —imaginada y, sin embargo, necesaria— no se detiene en la evocación. También interpela. Porque la memoria no tiene sentido si no ilumina el presente. Y hoy, como ayer, conviene mirar de frente a aquello que amenaza con repetirse bajo nuevas formas.

Hablar de fascismo no es quedarse en el pasado. Es reconocer sus huellas cuando reaparecen, ya sea de forma explícita o disfrazada: en el desprecio al diferente, en la manipulación de la verdad, en el uso del miedo como herramienta política o en la banalización de la violencia. Frente a eso, este artículo —y la actividad cultural que lo inspira— quiere ser también un llamamiento claro: no al fascismo, ni al de ayer ni al de hoy, ni al que se nombra sin complejos ni al que se esconde tras discursos aparentemente inocentes.

No se trata de señalar desde la trinchera, sino de defender valores básicos: la convivencia, la libertad, la dignidad humana. La memoria de lo ocurrido en lugares como Jaén no puede quedar reducida a una fecha o a una proyección puntual. Debe ser una alerta permanente, una conciencia viva que nos ayude a identificar cuándo el pasado intenta regresar con otro rostro.

La proyección de El bombardeo de Jaén se convierte así en algo más que un acto cultural. Es un ejercicio de responsabilidad colectiva. Y la carta, encontrada o inventada, funciona como un espejo incómodo: nos obliga a preguntarnos qué hacemos hoy con aquello que sabemos.

Porque quizá la mayor ironía —y también la mayor verdad— sea esta: que a veces necesitamos imaginar que el pasado nos escribe para atrevernos, por fin, a responderle. Y ojalá esa respuesta, aquí y ahora, sea firme, serena y compartida: nunca más.