Hay algo profundamente poético en que el Rayo Vallecano esté jugando su gran final europea mientras el Real Jaén CF se juega sus propias finales de ascenso. Distintas categorías, distintos presupuestos y distintas televisiones. Pero exactamente la misma emoción de barrio. El mismo orgullo humilde de quien celebra las pequeñas victorias como si hubiera conquistado el mundo.
Porque en Vallecas ahora mismo se camina distinto. La gente saca pecho. Los bares hablan de fútbol con esa mezcla de épica y exageración tan española. Hay quien ya mira a Europa como si fueran a aterrizar en la Champions y no a pelear contra media liga por entrar vivos en mayo. Pero da igual. La ilusión no entiende de coeficientes UEFA.
Y en Jaén estamos igual. Bueno, igual no: nosotros sufrimos más, porque lo llevamos en el ADN desde que aprendimos que el ascensor social y el ascenso deportivo siempre se averían en nuestra planta.
Pero el sentimiento es idéntico. Allí el Rayo representa a Vallecas. Aquí el Real Jaén representa a una provincia entera que necesita una alegría aunque sea para aguantar luego la factura de la luz.
Y quizá por eso nos entendemos tan bien.
Porque Vallecas y Jaén tienen mucho más en común de lo que parece. Muchísimos jienenses emigraron allí buscando trabajo cuando aquí las oportunidades eran más escasas que una sombra en agosto. Y encontraron un barrio que se parecía bastante a casa: currantes, orgullosos, gritones, sufridores y con una capacidad infinita para reírse de sí mismos mientras el mundo se cae a pedazos.
En el fondo, Vallecas y el Polígono del Valle de Jaén son primos hermanos separados por la M-30 y Despeñaperros. Sitios donde la gente no presume de yates ni de criptomonedas. Aquí se presume de haber sacado adelante a los hijos, de no deberle dinero a nadie y de conocer al camarero por su nombre desde 1998.
En Vallecas el orgullo de barrio es casi una religión. Y en el Polígono del Valle ocurre igual, aunque aquí los milagros consistan más en encontrar aparcamiento o que el autobús llegue antes de jubilarte.
Los dos lugares comparten esa estética de dignidad obrera que ahora llaman “auténtica” los modernos cuando descubren que existen barrios donde la gente todavía se saluda. Lo que pasa es que nosotros llevamos siendo auténticos mucho antes de que lo pusieran de moda los documentales y las cafeterías con tostadas de aguacate a seis euros.
Y por eso emociona tanto lo que pasa este domingo.
Porque mientras el Rayo Vallecano juega su gran final soñando con hacerse enorme sin dejar de ser pequeño, el Real Jaén CF juega las finales de los que llevan demasiados años sobreviviendo lejos de donde creen que merecen estar.
Y ahí está la clave: tanto Vallecas como Jaén saben que el verdadero lujo no es ganar siempre. Es seguir ilusionándose aunque casi siempre toque sufrir.
En ambos sitios la gente trabaja mucho, cobra poco y aun así encuentra fuerzas para discutir un fuera de juego un martes a las nueve de la noche como si estuviera negociando la paz mundial. En ambos sitios hay padres que llegan cansados del trabajo y aun así llevan a sus hijos al fútbol. En ambos sitios la felicidad colectiva depende peligrosamente de once hombres y un balón.
Y eso, visto desde fuera, puede parecer ridículo.
Pero bendito ridículo.
Porque mientras otros celebran títulos desde palcos VIP, nosotros seguimos creyendo en algo mucho más pequeño y mucho más grande a la vez: el orgullo de barrio. El orgullo de decir “somos de aquí”. El orgullo de sacar pecho por Vallecas o por Jaén aunque el mapa, el dinero y las televisiones miren siempre hacia otro lado.
Como escribió Miguel Hernández, hay rayos que no cesan. Y el de Vallecas y Jaén no es solo un rayo de fútbol. Es el rayo obstinado de la gente humilde que nunca deja de creer, aunque casi siempre le toque sufrir antes de celebrar.
Manuel Palomo
Palomos de papel“El rayo que no cesa”
Vallecas, Jaén y el orgullo de los que nunca dejan de creer