Seguramente hay más fastos no celebrados ni celebrables que fastos celebradísimos.
En 2025 se celebraron varios fastos conmemorativos del centenario de la publicación del trascendente ensayo “La deshumanización del arte”, de Ortega y Gasset. ¿Para qué? Cien años más tarde no sólo sigue deshumanizado el arte, sino la vida pública en general, como hace poco denunciaba Jacinta Ardern. En este 2026 no habrá fasto alguno por el centenario de la no concesión del Premio Nobel, por un voto, a Concha Espina, al igual que no se celebrará en 2027 ni 2028, centenarios de años que también fue candidata, pero tampoco premiada. Supongo que en 2027 sí se celebrará el centenario de la concesión del Premio Nacional de Literatura a dicha autora por su magnífica novela Altar Mayor, aunque más que probablemente dicho fasto quede encuadrado dentro de la trayectoria de “Las Sinsombrero” y desleído por los fastos del centenario de la conocida como “Generación del 27”.
La Historia oficial acaba tapando muchas historias que forman parte de esa intrahistoria de la que hablaba Unamuno, ni celebrada ni celebrable. La Literatura también acaba tapando la intraliteratura, esto es, las humildes producciones de muchos autores y autoras que escribieron y cuyas obras fueron leídas y admiradas, pero que, por alguna razón o sinrazón, no fueron legitimados por el canon y acabaron donde habita el olvido, no sé si justa o injustamente. Esto funciona así, tal y como han investigado y denunciado sesudos intelectuales, quienes han debatido y justificado con argumentos la inclusión o exclusión, criticando y desmontando tópicos, con magníficos ensayos y artículos que si bien han aumentado la bibliografía existente, no han repercutido en los saberes oficiales de Literatura, objeto de estudio. O sea, al final, mera justicia poética.
Uno ya va teniendo una edad y acumula cierta experiencia en la enseñanza, la suficiente como para advertir cómo se escribe la Historia de la Literatura, qué se registra y qué no, más aún cuando uno ha sido testigo de la intraliteratura reciente, primero como estudiante y luego como profesor. Me explico. Cuando intento enseñar los temas relacionados con la literatura desde 1975 a nuestros días, me percato de que muchas de las obras contenidas en apuntes y manuales, objeto de estudio de mi alumnado, han sobrevivido al escrutinio inmisericorde del cura y el barbero, mientras que otras han ardido en la hoguera sin escrúpulos. Yo les explico unas (célebres y celebradas) y otras (ignotas y no celebradas); tanto las que leí con fruición, aunque fueran expurgadas, como las que leí por obligación canónica sin convencimiento alguno. Unas forman parte de mi educación sentimental, otras de mi bagaje cultural. Lógicamente, no todas me gustaron, para gustos colores, aunque todas fueron dejando algo de poso.
Muchas veces me pregunto si algunos libros de actualidad que he leído formarán parte de los anales de la literatura, por ejemplo, si La península de las casas vacías, de David Uclés, resistirá los embates del tiempo. De hecho, es una pregunta que me he hecho varias veces a lo largo de mi trayectoria vital con distintas obras. No me cuestioné nada hasta los 18 años, cuando leí extasiado El jinete polaco, de Muñoz Molina. Después, a los veintipico, siendo un pretencioso universitario y luego un sufrido opositor, aluciné con Las máscaras del héroe, de Juan Manuel de Prada o Corazón tan blanco, de Javier Marías, a las que juzgué dignas de honor. Pese a mi falta de perspectiva y, sobre todo, de criterio, sendos autores y obras figuraron luego en los manuales, al igual que La sombra del viento, de Ruíz Zafón o El corazón helado, de Almudena Grandes. Muchas veces, la mayoría, he dejado de leer obras que luego han ascendido a los altares (al final, he acabado leyéndolas). Otras veces, la minoría, obras que he leído por intuición o casualidad, luego han ascendido a los altares también. Por ahí andan unas y otras, decorando baldas y acumulando polvo, junto con cientos de obras de la intraliteratura que voy leyendo, meros pasatiempos de un momento, quién sabe si clásicos futuros.
En fin, el eterno debate sobre la literatura como instrumento de conocimiento y comprensión; como forma de entretenimiento, sin más pretensiones; o como expresión artística, o sea, como arte que busca la belleza o el compromiso. A saber cuántas obras que pululan por los márgenes de la Literatura, escritas y publicadas pese a todo, premiadas u ignoradas, leídas u obviadas, hubo, hay o habrá. A saber qué autores/as serán homenajeados/as dentro de cien años por alguna obra señera o por su muerte o nacimiento en tal o cuál sitio. En el fondo, qué más da si, como diría un verso de Cesariny, “al final lo que importa no es la literatura”. Sólo importa leer y mucho, lo que sea, para desafiar a la lógica, para combatir la incertidumbre, para entender algo, si es que queda algo que entender o para “huir cuando no quedan islas para naufragar”.
Por cierto, ¿habrá alguna celebración fastuosa por el centenario del Crack del 29? Espero que no. Quedan tres años.