La tirilla

Santiago Donaire

La falsa “limpieza” de los ríos

Es imprescindible buscar soluciones justas y viables para todos, pero también es urgente retirar estas construcciones del dominio público, que es de todos

 La falsa “limpieza” de los ríos

Foto: EXTRA JAÉN

Puente Tablas.

Los negacionistas son quienes rechazan de forma sistemática hechos avalados por la evidencia científica o histórica. Resulta llamativo comprobar cómo muchos de ellos lo hacen desde una ingenuidad que roza lo irresponsable, aunque no siempre está claro si son conscientes de que, con su discurso, sirven a intereses muy concretos: los del lobby petrolero, nuclear, del carbón o de determinadas empresas químicas. En demasiadas ocasiones actúan como auténticos tontos útiles. Para defender los beneficios de unos pocos, no faltan quienes terminan negando la eficacia de las vacunas, la influencia de los combustibles fósiles en el cambio climático o incluso afirmando que la Tierra es plana.

La reciente crecida de los ríos, provocada por una inusual sucesión de borrascas, ha vuelto a poner sobre la mesa una realidad incómoda: los fenómenos climáticos extremos son cada vez más frecuentes. Sin embargo, nada parece perturbar a quienes niegan el cambio climático. Con una sorprendente incoherencia, son los mismos que lo rechazan quienes reclaman más infraestructuras hidráulicas para protegerse de un problema que, según ellos, no existe.



Un río con riberas ocupadas por su bosque de galería —en nuestra tierra formado por chopos, fresnos, sauces, taráis y un sotobosque donde las cañas ganan cada vez más terreno— cumple una función esencial cuando se desborda. Al inundar los márgenes, el agua pierde velocidad, se lamina la avenida y el río desagua de forma progresiva. Este proceso natural reduce la violencia de las crecidas y limita los daños aguas abajo.

El problema aparece cuando esas riberas, que nunca debieron urbanizarse por ser zonas inundables, están ocupadas por construcciones. Entonces se opta por la solución fácil: la llamada “limpieza de los ríos”, que en la práctica consiste en eliminar la vegetación de las márgenes para acelerar el paso del agua y reducir la superficie inundada. Pero aumentar la velocidad del agua es un arma de doble filo. Supone un grave riesgo para las personas y multiplica los daños sobre infraestructuras y bienes.

La verdadera limpieza de los ríos, de la que rara vez se habla, no consiste en retirar cañas, sino en eliminar las construcciones situadas en el dominio público hidráulico. La permanencia de edificaciones ilegales en los cauces y riberas es hoy una de las principales causas del aumento de los daños durante las avenidas: provocan atranques, aceleraciones del caudal y embalses temporales que pueden romper de forma imprevisible. No se trata solo de viviendas —en el municipio de Jaén existen varias decenas—, sino también de muros, escaleras, piscinas, casetas e incluso puentes.

Es imprescindible buscar soluciones justas y viables para todos, pero también es urgente retirar estas construcciones del dominio público, que es de todos. Su existencia supone un problema de seguridad y genera costes económicos y sociales muy elevados. Conviene recordar qué es el Dominio Público Hidráulico: cauces públicos de titularidad estatal, inalienables, imprescriptibles, inembargables, intransferibles, intransmisibles e irrenunciables.

Vamos tarde. Limpiar los ríos no es acelerar el agua, sino devolverles el espacio que nunca debimos arrebatarles.

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