Mediodía en la provincia de Jaén

Javier López

In memoriam

La opinión de Juan Jurado


Tuve un tren a cuerda que transportaba toneladas de amor y sueños. Un convoy con máquina a carbón y tres vagones de mercancías que, sobre una vía circular, cruzaba por parajes infinitos. Con él, puse color a una infancia en blanco y negro, el de la venda del No-Do. Tiempos en que me sacudía el miedo inoculado desde el púlpito, acompañando a mi padre al para ver circular al “Miguel ligero”, el viejo tranvía, metáfora de aquella España con tortícolis, que bajaba a la Estación Baeza y subía, a duras penas, la cuesta del atraso.



Fue en un tren, en un Expreso con habitáculos y asientos de madera, donde me subí por primera vez con mi madre para ir a Madrid. Un tren que rodaba a la misma velocidad que el país por el que transitaba. Un país de vía estrecha, como el pensamiento dominante. Un tren que llenaba mi cara de hollín, después de horas esperando la llegada del próximo túnel. Sin conciencia, todavía, de que recorríamos otro, el de la Historia, de proporciones mastodónticas.

En mi juventud, fui yo el que llevé a mi padre para coger el Expreso de Algeciras o el de Cádiz, su segunda casa. Eran tiempos para empezar a soñar que otro país era posible. Tiempos para el Ter y el Talgo, los trenes que pasaban sin detenerse, mientras el viejo Rápido de gasoil nos mostraba su reúma. Tiempos de maletas y mochilas, de hombres y mujeres que huían de la asfixia de la necesidad.

El tren ha sido y será, un espejo vital. Nada como sus vías, estrechas o anchas, representa mejor la imagen que universalizara el poeta. Golpe a golpe, verso a verso… Estación tras estación.

Vaya esta humilde evocación en recuerdo de todas y cada una de las personas que, días atrás, se subieron a su último tren.