Mediodía en la provincia de Jaén

Carmela Cobo

Jaén está de moda

La opinión de Carmela Cobo


Si hay algo de lo que me siento profundamente orgullosa es de ser andaluza, de Jaén: la tierra
de Carmen Linares, Petra Martínez, Joaquín Sabina, Natalia de Molina, Zahara… Eso, para mí,
siempre va por delante.

Este año, sin embargo, he vivido una Semana Santa distinta, lejos de casa, entre los Países Bajos
y Bélgica. Ha sido una experiencia muy especial, de esas que te invitan a mirar con calma y a
reflexionar desde otro lugar.



Son países profundamente aconfesionales, donde lo religioso convive con lo cotidiano de una
forma muy natural. Las iglesias no solo acogen el culto, sino también exposiciones o conciertos.
La espiritualidad parece entrelazarse con la vida diaria de una manera sencilla, cercana… y, al
menos para mí, profundamente bonita. Siempre me llamó la atención que en nuestras iglesias
no se pueda hablar ni reír. De pequeña, cuando me decían que la iglesia era la casa de Dios, mi
Padre, me costaba entender por qué en la casa de un padre no cabían la palabra o la risa.
Supongo que son de esas contradicciones que una aprende a mirar con el tiempo, quizá con más
ternura que juicio.

Mientras tanto, desde España me llegaban imágenes que me removían por dentro. Me habría
gustado sentir orgullo, pero más bien me despertaban tristeza. He visto cómo, una vez más,
algunas personas en política han convertido la Semana Santa de Jaén en un escaparate, en un
lugar para la foto y el gesto. Y me surgía una pregunta suave pero insistente: ¿por qué ahora
Jaén?

Jaén, que tantas veces ha sido olvidada.
Jaén, a la que el AVE rodea sin detenerse.
Jaén, donde aún hay derechos que no se pueden ejercer plenamente.
Jaén, donde la espera en la sanidad pública puede hacerse eterna.

Y, sin embargo, de pronto, aparece como escenario perfecto. No es tanto enfado lo que siento,
sino una mezcla de tristeza y decepción. Porque duele ver cómo se utiliza lo que para muchas
personas tiene un significado profundo. Y duele también cuando la propia Iglesia, que podría ser
refugio y coherencia, se deja arrastrar por dinámicas que poco tienen que ver con el Evangelio.
Ojalá la Iglesia pudiera centrarse más en lo esencial: en acompañar, en cuidar, en ser testigo
humilde de ese mensaje que ya es, en sí mismo, inmenso. Y ojalá quienes se dedican a la política
recordaran que su tarea más valiosa es mejorar la vida de las personas, especialmente de
aquellas que llevan demasiado tiempo esperando.

Quizá todo esto no deje de ser una invitación —dicha con cariño— a hacer las cosas de otra
manera. Con más verdad, con más respeto y con más amor por la gente. Porque en Jaén hace
mucho tiempo que sabemos mirar, pensar y sentir por nosotras mismas. Y también, aunque a
veces duela, seguir esperando algo mejor.