Abierto por derribo

Manuel Madrid Delgado

Otro milagro de la primavera

La esperanza es una voluntad herida, no un sentimiento complaciente

El 4 de mayo de 1912, Antonio Machado escribió uno de sus poemas más bellos y conocidos: “A un olmo seco”. Sin ningún alarde retórico, con palabras sencillas y comunes, Machado construye uno de los poemas en los que más fácilmente se identifica el temblor lírico: el poema está escrito por un hombre que ve como, día a día, se muere el amor de su vida, y ese lento consumirse de la mujer amada se le aparece transfigurado al poeta en la imagen de un olmo casi muerto. El bueno de don Antonio debió toparse con él en uno de sus interminables paseos por las orillas del Duero y sentado en alguna piedra o en el suelo cubierto de musgo, apuntó en su libreta los versos dedicados a aquel olmo viejo, hendido por el rayo y en su mitad podrido, a ese árbol herido de muerte al que, con las lluvias de abril y el sol de mayo, algunas hojas verdes le habían salido. Lo hizo con el corazón esperando, hacia la luz y hacia la vida, otro milagro de la primavera.

Otro milagro de la primavera. El poema de Antonio Machado no es una agrupación más o menos feliz de versos con vocación botánica sino un grito de resistencia existencial frente al dolor. Machado, conmovido en lo más hondo de su ser por la enfermedad incurable de Leonor, ve en las hojas verdecidas del viejo olmo moribundo la posibilidad de una esperanza que se abre paso contra toda evidencia racional, contra toda certeza científica: frente a la sentencia de los médicos, la primavera le ofrece una posibilidad para el milagro.  

Hoy, día de Sábado Santo, nos encontramos suspendidos en ese extraño no-tiempo que comenzó en la cruz alzada sobre el Gólgota, a la hora de nona del Viernes Santo., esa hora en la que ardieron los glaciares del mundo y llovió en los desiertos. Pero hoy todo lo inunda un silencio extraño que huele a cera fría y a carbón apagado, un silencio apretado y aplastante. Y es hoy, precisamente, hoy cuando la metáfora del olmo machadiano adquiere su sentido más profundo y desgarrador: en las hojas verdecidas del olmo seco late la idea cristiana de otra muerte.



El Sábado Santo es el día del gran silencio, ese sigilo que lo inunda todo y que quiere convencernos de que Dios ha fracasado estrepitosamente. El Viernes fue el ruido de los clavos, fue el grito desgarrado, fue el sonido afilado de la lanzada hendiendo el costado amante; el Domingo será el estallido de la luz, el repicar de las campanas. Pero este Sábado es el día de la espera sin esperanza, de la penumbra que todo lo cubre, el día de los que se han quedado a solas con el cadáver de sus ilusiones: hoy es el día de la muerte real, esa otra muerte que no es un tránsito heroico del héroe hacia gloria sino el vacío sordo que atrona el universo cuando la ausencia se apodera de los mecanismos de nuestra existencia. Para los cristianos, la muerte de Cristo y su entierro en el sepulcro excavado en la roca no son un paréntesis teatral ni un truco de magia cósmico: son la bajada real a los infiernos de nuestra propia finitud, la experiencia más absoluta del abandono del hombre en las posibilidades inciertas de la Nada. Es la constatación definitiva de la radical humanidad de un Dios que se hace hombre para sentir y amar y llorar y morir como los hombres: un Dios que no pasa por encima del dolor humano, sino que se tumba sobre él para fertilizarlo; un Dios que se hace tierra oscura, madera podrida de olmo herido por el rayo.

Si leemos despacio el poema de Antonio Machado, si profundizamos en su desgarro íntimo, nos asomamos a los abismos de todas esas cosas que carecen de sentido. Porque el poema no ignora la podredumbre, sino que la describe con la certeza de un final que se conoce: el tronco carcomido, el polvoriento tronco en el que no anidarán los ruiseñores, las telas grises de las arañas, las hormigas hurgando en sus entrañas hueras… Es un catálogo de la ruina. El poeta no ignora tampoco el futuro que le espera a la madera del olmo: será derribado por el hacha del leñador, será convertido en melena de campana, en lanza de carro, en yugo de carreta; arderá en el hogar de una mísera caseta o será descuajado por el torbellino, tronchado por el soplo de las sierras, será empujado hacia la mar por el río. Y sin embargo, la mirada del poeta no se detiene en la ruina, en el material propicio para el derribo: se posa, la mirada complaciente, en la gracia de las hojas nuevas, en la vida que brota milagrosamente de lo que ya fue sentenciado a muerte. La metáfora religiosa es potente y necesaria: en este abandono del Sábado Santo, Dios está enredándose en lo que está muerto para darle una posibilidad que la biología desconoce, que se escapa a la razón. Porque el sentido cristiano de la muerte no es la negación del final —irremediable, fatal— sino el convencimiento de que ese final ha sido asaltado por la Vida.

En el Sábado Santo, todos nuestros olmos han sido alcanzados por el rayo, todos están a la orilla del río en su mitad podridos. Y, sin embargo, la esperanza puja en el fondo de la certeza terrible: la esperanza es una voluntad herida, no un sentimiento complaciente. Por eso la esperanza lucha para que florezca la gracia de la rama verdecida.

Machado quiso anotar en su cartera la gracia del puñado de hojas verdes antes que de que el hacha culminara su trabajo. Nosotros, en este día de vigilia, anotamos en la cartera del alma la certeza de que el sepulcro no es cárcel ni condena sino semilla: este día le susurra, a la fe y a la esperanza, que la muerte de Cristo es otra muerte porque cambia la naturaleza de todas nuestras muertes: ya no morimos hacia la nada sino hacia el Domingo. Y así, la primavera milagrosa de Machado se convierte en hierofanía que nos enseña que lo sagrado no necesita de troncos robustos, no requiere de imperios gloriosos: prefiere la humilde proclama de la hoja verde que nace en la hendidura del rayo. El milagro de la fe —el otro milagro de la primavera— no es que broten las flores porque así lo exige el calendario: el milagro es que broten allí donde el rayo del dolor lo había arrasado todo.  Y así, contra toda evidencia, contra toda certeza de la muerte, nuestros corazones esperan también —hacia la luz y hacia la vida— otro milagro de la primavera.