Las últimas noticias y, sobre todo, las últimas declaraciones de Donald Trump nos están mostrando algo que se venía intuyendo desde hace semanas. Estados Unidos no está ganando esta guerra. Y empieza a asumirlo.
La intervención iniciada junto a Israel a finales de febrero ha ido mucho más allá de lo previsto: ha desbordado el escenario iraní, ha tensionado a todo Oriente Próximo, ha impactado en los Estados del Golfo, ha salpicado al Líbano y ha terminado trasladándose a los mercados globales. Pero, pese a todo ese despliegue, sigue lejos de su objetivo político central: forzar un cambio de régimen en Teherán.
La Administración Trump entró en este conflicto creyendo que existía una ventana de oportunidad. Hoy lo que tiene es un problema estratégico: un adversario que no ha colapsado, un conflicto que se alarga y ninguna salida clara que no implique asumir costes políticos.
Washington puede seguir hablando de éxito. Pero la realidad es otra. Para Israel, la operación puede leerse en clave táctica: eliminación de dirigentes, degradación de capacidades, presión sostenida sobre su principal rival regional. Para Estados Unidos, en cambio, el resultado es mucho más incómodo: mayor implicación, más exposición y un escenario que no controla.
El problema no está solo en la ejecución, sino en el planteamiento inicial. La intervención fue escalando en sus propios objetivos: primero se habló de proteger a la población iraní, después de neutralizar una amenaza nuclear inminente y, finalmente, se deslizó la idea de que el verdadero éxito pasaba por provocar una caída del régimen. Ese desplazamiento no es menor: refleja una estrategia que se redefine sobre la marcha. Pero ese objetivo final exige condiciones que no estaban presentes desde el inicio. Irán no es un sistema frágil a punto de colapsar. Es un régimen con estructuras profundas, capacidad de adaptación y mecanismos de continuidad. Incluso tras la eliminación de figuras centrales, el sistema no se descompone; se reorganiza.
Ahí aparece el primer límite: ambición política máxima con instrumentos limitados. La intervención responde a un modelo conocido —superioridad tecnológica, ataques selectivos, presión constante desde el aire— que reduce costes inmediatos, pero también sus resultados. El poder aéreo puede degradar capacidades, pero no sustituye al control político del territorio. Sin presencia sobre el terreno o sin un actor interno capaz de capitalizar el desgaste, no hay transformación real; ya lo hemos visto en Irak y Afganistán. Y ese actor, simplemente, no existe.
Uno de los errores más evidentes ha sido confundir malestar con ruptura. Las protestas previas en Irán, vinculadas al deterioro económico, fueron interpretadas como el preludio de un colapso interno. Pero protestar no es lo mismo que querer derribar un sistema completo, y mucho menos hacerlo en un contexto de agresión externa. Cuando el conflicto se percibe como una amenaza desde fuera, el eje cambia: de la crítica al poder a la defensa del propio país. La presión externa, en lugar de debilitar al régimen, contribuye a reforzarlo.
Lo que debía ser un golpe rápido se ha convertido en otra cosa. Irán llevaba décadas preparándose para un escenario de este tipo: estructuras redundantes, cadenas de mando sustituidas, capacidad de respuesta escalonada. No necesita ganar en el corto plazo; le basta con resistir. Y cuando el impacto inicial no logra desarticular al adversario, el conflicto deja de ser operativo y pasa a ser estructuralmente prolongado.
En ese punto, la guerra cambia de forma. Ya no se limita a objetivos militares. Se desplaza hacia aquello que sostiene la vida cotidiana: energía, industria, cadenas de suministro, servicios básicos. La presión se ejerce sobre la capacidad de una sociedad para funcionar. El daño no siempre es inmediato, pero sí acumulativo: escasez, deterioro progresivo, aumento de la vulnerabilidad. La guerra deja de concentrarse en el frente y se instala en la estructura misma de la sociedad.
Nada de esto implica que Estados Unidos haya dejado de ser la principal potencia global, aunque cada vez lo es menor y no la única. Su capacidad de intervención sigue siendo incomparable, pero se intuye un cambio en la naturaleza de su poder. Puede iniciar conflictos, condicionarlos, elevar su coste. Pero le resulta cada vez más difícil cerrarlos en términos estables. La distancia entre intervenir y resolver se ha agrandado. Es una forma de poder que gestiona tensiones más que producir orden.
En ese contexto, la forma de actuar de Donald Trump no es una anomalía, sino una expresión bastante coherente del momento. Amenaza, negocia y comunica al mismo tiempo. Lanza mensajes de escalada mientras sugiere acuerdos inminentes. Introduce incertidumbre de forma deliberada. Esa ambigüedad no es un error: es un instrumento que permite influir en los mercados, ajustar expectativas y mantener margen de maniobra sin comprometerse del todo.
Porque esta guerra no ocurre al margen del sistema económico global, sino dentro de él. Cada anuncio, cada pausa, cada escalada tiene un reflejo inmediato en los precios de la energía, en las rutas comerciales, en la estabilidad financiera. El conflicto no solo se libra en el terreno militar, también en el económico.
Y todo esto se inserta en una tensión más amplia, en lo geopolítico y en el momento histórico en el que nos encontramos. Por un lado, Estados Unidos mantiene su posición dominante en el plano financiero, con el dólar como eje. Por otro, China consolida su papel en la producción y extiende su influencia hacia el Sur Global sin necesidad de exportar un modelo ideológico. No es una nueva Guerra Fría, es un equilibrio más inestable: finanzas frente a producción, influencia frente a dependencia, con buena parte del mundo funcionando como espacio de disputa.
En ese escenario, la Unión Europea aparece en una posición incómoda. Dependiente energéticamente, limitada en su capacidad de intervención y atravesada por sus propias divisiones internas, Europa no define el conflicto, pero sí sufre sus efectos. No decide, pero paga. Y así nos va, por mucho que intenten vendernos otro papel. En nuestro continente, en estos momentos, los distintos gobiernos y los principales partidos políticos se mueven entre la sumisión a Trump y el enfrentamiento superficial, intentando defender y sostener un mundo que ya no existe.
Y ese es probablemente el rasgo más inquietante de esta guerra. No tanto quién gana o quién pierde —algo que, por ahora, sigue sin resolverse—, sino lo que deja atrás. Conflictos que no se cierran, potencias que pueden desgastar, pero no estabilizar, sociedades que absorben el impacto de decisiones que no toman y un sistema internacional donde la presión sustituye a la solución.
Porque si la principal potencia global puede provocar inestabilidad más fácilmente de lo que puede resolverla, el problema ya no es solo una guerra concreta. Es el tipo de mundo que empieza a consolidarse: uno donde los conflictos se alargan, se expanden y se normalizan, y donde la paz deja de ser un horizonte para convertirse, simplemente, en una pausa entre crisis. Y este es quizás el signo más evidente del momento de cambio en el que nos encontramos. Todo se mueve; todo cambia; nada permanece estable. Sabemos de dónde venimos, pero no hacia dónde vamos.
En definitiva, seguimos observando episodios de una nueva configuración de nuestro mundo, el que se dibuja entre dos imperios en pugna con dos modelos económicos distintos: Estados Unidos controla las finanzas, y China, la producción, en un equilibrio cada vez más inestable en el que el resto del mundo es un tablero de juego. Dentro de un tiempo se resolverá en un sentido u otro y lo estudiaremos como parte de la Historia. Mientras, las víctimas, como siempre, sufren y mueren como peones de este ajedrez global.