Mis amores

Juan José Gordillo

Un escritor pop (Mis amores 41)

"La ciudad de las luces muertas" es una novela distinta (todas debieran serlo) que la hace excepcional y rara en el mundo narrativo

Me gustaría saber si en los últimos años ha existido en el panorama de la literatura española algo parecido a lo que está sucediendo con los libros de David Uclés y con el propio escritor. Me gustaría conocer si en estos años algún escritor o escritora emprendió una gira por todo nuestro país para hablar de su obra, del último libro siempre, claro está, como si fuera el cantante cantando su último disco por todas las salas posibles de España, llenándolas además. No recuerdo el caso de ningún escritor que en lugar de librerías y pequeños centros culturales, aulas de literatura, bibliotecas municipales y espacios parecidos, con capacidades para cuarenta o sesenta personas, cien a lo mucho, lo haga en teatros y grandes salas para audiencias de quinientas personas o más. David es ese escritor que gira por Iberia como lo hace Zahara sobre un cartel con una larga lista impresa de ciudades, llenando aforos inusuales para un escritor, de la mano de dos novelas tan iguales como distintas publicadas en un periodo de tiempo récord.

Entabla conversaciones públicas que siempre aportan algo nuevo a pesar de la reincidencia, y lo hace (no quiero dejar esta nota para luego) hablando el habla culta de esta Andalucía oriental. El habla es nuestra mayor riqueza identitaria, el instrumento que revela nuestra cultura y el lugar que la explica. Habla según la norma culta de nuestro andaluz, alejado de las exigencias corporativas o autoinflingidas (peor entonces) que convierten, por ejemplo, a muchos de nuestros presentadores televisivos o radiofónicos, por arte de birlibirloque, en hablantes burgaleses o vallisoletanos, siendo que son andaluces de Jaén, por ejemplo, o ubetenses de Úbeda. Muñoz Molina como Sabina son otros claros ejemplos de hablantes cultos de un andaluz de siglos. Los amores, como los míos, no se predican sino que se practican, no se esconden bajo eses silbantes, sino que se expanden y lucen entre esas vocales abiertas y luminosas de nuestros plurales andaluces. David, tan alejado de tantas normas al uso, espero que no huya nunca de esta hermosa norma de nuestra habla que tan dignamente práctica. Y si lo hace que caigan sobre su cabeza siempre tocada las jotas de la jacha, las zetas del zudor, y las elles y yes de viyacarriyo. Pero volvamos a la capacidad creadora de David, esa que en cada conversación aparece para abrir una nueva reflexión sobre su obra.

La ciudad de las luces muertas es una novela distinta (todas debieran serlo) que la hace excepcional y rara en el mundo narrativo. Más extraña, por infrecuente, que Lpdlcv. Mas retadora que ésta. Más radical en la trama, más libre en su exposición, más despreocupada, soberbia y trituradora del qué dirán de tantos que dicen, alejada de cualquier estilo que no sea el suyo; el estilo narrativo que en dos novelas y media (hay que contar con Emilio y Octubre) ha sido capaz de consolidar, con el que ha convencido a una legión de lectores capaces de llenar, a poco que avance esta gira, el Movistar Arena o el Palau de la Música cuando él decida.



De las acotaciones que el autor va comentando, en sucesivas conversaciones públicas o escritas, a los posibles significados de acontecimientos tan insólitos y extraordinarios, emocionantes pero pavorosos algunos que se narran, hay una que me parece esencial para entender esta historia: el juego. Jugar es un término inseparable en su empleo y orígenes a la interpretación teatral, a la representación de la realidad que el teatro hace de la vida. Los diferentes roles que asoman en un escenario narran y resuelven, o no, el drama o la comedia en noventa minutos. Esos roles que en La ciudad… desempeñan Carmen Laforet/Andrea, los escritores del boom sudamericano, científicos y poetas, pintores y compositores de los dos últimos siglos, Vázquez Montalbán/Carvalho, invitados extranjeros, barceloneses por un día, como Cacho, Mercury o Magic Johnson, y más, hasta una nómina de más de setenta actores, paseantes o viajeros por los lugares, plazas y calles, teatros, palacios, parques y arcos, carros y teleféricos, Camp Nou y la plaza de toros Monumental (pero hundidos) que hacen de esa ciudad sin luz una villa eterna, todos ellos juegan en una misma historia en la que el tiempo no cuenta, no existe porque es imposible, y sin embargo permite y aguanta el desarrollo de la acción, del juego en definitiva. Es cierto y debo aclarar que cada una de las 24 acciones (alguien ha hablado de aventuras) están datadas en nuestro presente, en pasado o futuros algo alejados, de un modo preciso, si bien no siempre estos tiempos se acomodan a la realidad vivida históricamente por sus protagonistas. En mi opinión esos saltos espaciotemporales, que David menciona, suspenden el tiempo narrativo, el que permite a un suceso suceder, haciendo aún mas dificultosa a priori cualquier narración. El autor lo hace.

David ha comentado entonces que el lector, la lectora, ha de situarse en posición de jugar, de aceptar ese reto imaginativo. 

Por mi propia experiencia lectora de esta cuarta novela de Uclés he de confesar, querida audiencia, si la hubiera, que esta posición es la mejor para adentrarse en esta ciudad que Mendoza calificó de prodigiosa. Es difícil, sigo hablando en primera persona, integrar la tormenta de imágenes y sucesos que ocurren en sus nueve horas de lectura (yo, mi, me) si se hace desde la disposición de lector desprevenido con la que nos acercamos a tantas y tantas novelas, maravillosas historias que hemos leído, enmarcadas en un tiempo elocuente a la par de lo narrado. El juego, la predisposición a dejarse llevar por la capacidad creadora de este autor tan paisano, que tanto estima a su tierra cuando habla como habla, que con tan poderosos músculos intelectuales derriba a quienes le insultan, es, lo prometo, el mejor diván para leer esta luminosa Ciudad de luces muertas (la).