Creíamos que todo aquello que conseguimos en los últimos años una vez completada una transición más o menos modélica (yo creo que absolutamente defendible) desde la dictadura a la democracia sería para siempre, duradera y eterna, que una vez conseguidas las libertadas prohibidas durante tantos años nunca más cederían en su ejercicio. Era tan extraordinario todo aquello que confiábamos en su disfrute y valoración por todas las capas sociales, incluso por aquellas que nunca sufrieron con la dictadura, que la defendieron e incluso gestionaron, sin pagar nada por ello, sino acomodándose tan solo, mira que sencillo, a un nuevo sistema que no iba a ir nunca contra ellos, sino a favor de la mayoría, mayoría que los amparaba también a ellos. Pero nos equivocamos.
Era tan evidente que en ese cambio todos, absolutamente todos, ganábamos que no cabía pensar en ninguna vuelta atrás. Aquellos nostálgicos del régimen, que llamábamos así en conversaciones de amigos pero también en titulares de prensa, eran muy pocos y no parecían representar sino a ellos mismos, aquellos, no merecieron nunca ninguna atención especial ni constituyeron amenaza alguna, frustrada aquella asonada melodramática del 23F, contra el nuevo tiempo que se nos abría en un inmenso horizonte espléndido y jubiloso. Estábamos muy equivocados.
Los derechos civiles postergados tantos años los cogimos del brazo y los sacamos a pasear a la calle con el orgullo de quien estrena una chaqueta en domingo de ramos o compraba su primer abono para seis viajes en la pista de los coches de choque. Era algo incontestable. Aquello nos cargó las pilas con una energía que nos empujaba en un sola dirección hacia un futuro que sería dibujado por nosotros, sin más ayuda que la que nosotros mismos fuéramos capaces de procurarnos. Hacerlo era una cuestión sencilla; bastaba con reunirse. La reunión se convirtió en algo consustancial al tiempo democrático. Abundaban las reuniones a todos los niveles, las citas de unos con otros en los lugares más pintorescos con cierto afán casi siempre de entendimiento. Reunirse era una forma de estar en las cosas que sucedían cerca o lejos de cada uno de nosotros. Reunirse era la manera de conocer y resolver. Aquellos versos de Benedetti: si te quiero es porque sos / mi amor mi cómplice y todo / y en la calle codo a codo / somos mucho más que dos, lo decían todo. En ese nuevo tiempo no tenía sentido el amor romántico y embelesado sino solo el que era motor y energía para transformar la nueva sociedad. Pero también nos equivocamos.
Eramos capaces de estar en tantos sitios diferentes al mismo tiempo que el omnipresente dios debió tener celos de semejante estado. Estábamos convencidos de que todo lo que nos ocurría podía ser modificado y cambiado para mejora de gran parte de la población. La política, para muchos de nosotros, era entonces cambiar y mejorar las condiciones realmente existentes que afectaban a la vida de hombres y mujeres que conocíamos porque eran amigos, compañeros o camaradas. Llamar camarada a alguien era una palabra tesoro. En esa sola palabra cabían sueños e ideales de un mundo mejor. Ante ese nuevo reto, ser camaradas era disponernos en la misma línea de salida y de llegada, era la igualdad ante las leyes, la que nos permitiría disfrutar igualmente de gozos y disfrutes y la que nos impelía a luchar denodadamente por ellos. Pero dejamos de juntarnos y de ir a reuniones y perdimos el contacto de unos con otros, el que nos permitía conocer qué estaba ocurriendo realmente en nuestra escalera o nuestro barrio o el lugar que habitamos. Eliminar reuniones de nuestra agenda fue una torpe equivocación.
Así que hemos ido de equivocación en equivocación hasta la derrota final. Como cantaran Les Luthiers, perdimos, perdimos, perdimos otra vez. Hemos estado manejando la pelota durante todo el partido, disfrutando con el juego bonito que hacíamos sin darnos cuenta que el estadio, repleto al principio de un público entregado y esperanzado, se iba vaciando poco a poco sin entender ese juego bonito que nunca alcanzaba la portería enemiga. Salieron de las gradas por los vomitorios, nunca mejor nombrados para esta ocasión, alarmados por la decepción y el desengaño. Hoy la cuestión es saber qué posibilidades hay de recuperar a tantos como abandonaron el partido. Va a costar mucho trabajo volver a llenar ese estadio con gente otra vez ilusionada. Se ha dejado pasar mucho tiempo sin convocarles, confiados en que el mero hecho de ejercer el poder con políticas, acertadas en muchos casos, de carácter general y programático principalmente, iban a colmar de respuestas sus preocupaciones. Y ha sido una equivocación de libro.
Porque está muy bien que los grandes números de la política y de la economía sumen cuatro, sean la envidia del vecindario europeo, pero nosotros no entendemos de esas matemáticas gigantescas, ni leemos la páginas salmón de los periódicos, y nos aburren los que dicen saber de ellas. Y así, mientras la industria de la vivienda avanza a todo trapo la gente trabajadora habitante de las grandes urbes se deja la vida para pagar la hipoteca o hacer frente a un alquiler. Y aquellos barrios de la periferia hoy son más periferia aún. Y en ellos desembarcan gran parte de la mano de obra migratoria que se incorpora con todo el derecho al mercado laboral, al mercado, subrayo, no a una nación con una cultura que entroniza a la Pilarica y come cerdo. Que llegan con sus culturas y sus costumbres, con sus hablas y sus lenguas, con rasgos faciales ligeramente distintos a los de aquí, con ganas de prosperar, con proles más numerosas que las de aquí, que deben ser educadas e instruidas y curadas y cuidadas, pero lejos, muy lejos, de esos grandes números que recita esa matemática triunfante en los círculos del poder político y económico, pero que nada tienen que ver con los que negocian los trabajadores que ya ocupaban desde siempre un puesto de trabajo y los que acaban de llegar. No hay números que los convenzan como no hay escuelas preparadas para estos nuevos ingresos, ni hospitales, ni recursos compensatorios, ni atención ni mimo. Con todos. Y a falta de esos números hechos material de vida llega Vox.
¿Nos hemos, o no, equivocado?