Mis amores

Juan José Gordillo

Las ciudades (Mis amores cuarenta)

Nos sentábamos en rincones sin bancos, sobre la acera iluminada con el brillo de los pasos, y permanecíamos en silencio para oír la noche frente a una fachada

La ciudad, como una canción de los Panchos, tiene alma, corazón y vida. Además de calles y plazas, de viejos edificios y barrios burgueses, la ciudad es la sombra que nos persigue sin darnos cuenta. Solo de vez en cuando echamos la vista atrás y observamos entonces que hemos cambiado juntos, que igual que acumulamos los años la ciudad, así mismo, sufre el deterioro del tiempo vivido pero también el irrefrenable avance de los tiempos modernos que avanzan, ya se sabe, una barbaridad. La ciudad late con ritmos que cambian, que aceleran y retrasan su pulso como un organismo vivo que afronta retos, que pervive en viejas costumbres, que acude regularmente a convocatorias que se repiten en cada estación, en cada nuevo recordatorio colectivo. La ciudad como niña que espera los reyes magos mantiene esa inocencia ingenua cada vez que los ciclos y la rutina inauguran el nuevo domingo de ramos, el mismo festival, las mismas hogueras o los novedosos cabezudos de esta feria. Si no fuera por el nuevo renacer que cada una de estas rutina anuales provocan entre los ánimos de sus habitantes la vida misma carecería de sentido, porque la naturaleza de las cosas no es solo lo que significa o representan sino el aíre que respiramos cuando se acercan y celebran. El nuevo horizonte que perfila y estimula ganas de acometerlas, que es el vivir.  

La ciudad es una ciudad distinta en el imaginario de cada cual, porque es el escenario particular e intransferible de lo que hemos vivido y de lo que observamos, ahora, al pasear la mañana acudiendo a una cita, andando hasta nuestro lugar de trabajo. La gente transita por los mismos lugares que uno lo hace a la misma hora y en la misma fecha pero la calle o la plaza por la que lo que lo hace es diferente porque está marcada por la propia biografía irrepetible del viandante. Cada uno de nosotros reconocemos algo distinto, pasamos por alto el nuevo negocio que otras tienen tan presente, descubrimos una esquina o un cierre o un seto que nos parece nuevo y que es tan familiar para tantos otros, como el balcón o la esquina aquella.

Pero por encima de todas las novedades que descubrimos, a pesar de los años o del estado de observación tan particular de cada quien y su manera de mirar la ciudad, es la ausencia de lo que desaparece lo que transforma no solo el espacio sino también la manera de ocuparlo y nuestra relación vital con él.



En la desaparecida revista, era en realidad un semanario, Destino Carmen Laforet escribió “La vuelta” unos años más tarde de publicar Nada, y en ese artículo, refiriéndose a la muerte del pintor Pedro Borrell, quien la animara a publicar su novela tan galardonada, escribe: “si las ciudades no son para nosotros solo las piedras y las calles, sino las personas con las que las vimos y que nos enseñaron a quererlas, Barcelona se me ha muerto un poco también con ese pintor suyo”. Es muy posible, seguro, que tú como yo podríamos sustituir el nombre de la ciudad de la escritora por la tuya propia, por la mía. Tal vez debería haber escrito esto mismo cuando desapareció mi amigo Arsenio, porque él, como el pintor catalán, me enseñó mejor que nadie a querer la mía. Cuando éramos jóvenes estudiantes de bachillerato y algunos años siguientes paseábamos por la Úbeda más oscura, apenas unas cuantas bombillas amarillas, a las horas en las que deberíamos estar estudiando en su casa de los chalets a la que yo acudía para ese fin pero que cambiábamos, a veces totalmente, por esos paseos. Fácil deducir que nuestros pasos no tenían más orientación que la de los barrios viejos de la ciudad. Nos sentábamos en rincones sin bancos, sobre la acera iluminada con el brillo de los pasos, y permanecíamos en silencio para oír la noche frente a una fachada entonces desvencijada que hoy no podría reconocer tras los años y los cambios. Aprendimos tanto a quererla que ella, nuestro pueblo, fue motivo posterior de la disputa. Cada uno la amamos con nuestras armas, ni mejores ni peores pero sí diferentes. Arsenio con su devoción artística e histórica, yo con la mía tan apegada al presente y las gentes que habitaban. Ninguno, aclaro, manteníamos inamovibles nuestras posiciones y no niego que él también sentía su corazón latir (otra vez Los Panchos) por las penurias de tantos habitantes y sus aspiraciones a vivir mejor que vivían, como yo nunca desprecié el enorme valor arquitectónico de aquellos rincones y por tanto su capacidad de reparación social y rehabilitación inteligente. Aquella ciudad de nuestra primera juventud continua siendo esencialmente la misma, por razones quizás de puro equilibrio emocional, que esta de ahora, del mismo modo que uno es el mismo sujeto (histórico?) que practicaba aquellos juegos tras el aro rodante de acero por las cuestas de la Colonia del que ahora los recuerda y más tarde fumaba un cigarrillo, el mismo de Arsenio, en las noches de nuestras fugas.

Otros aprendizajes de la ciudad, otros amores por ella me vinieron dados por circunstancias muy variables. La afición por la lectura del periódico, la suscripción a aquella colección de jazz o la compra de dos novelas por el precio de una culminaban siempre en el mismo quiosco de prensa que hoy permanece cerrado, o mudo que sería el mejor epíteto para calificar su desaparición, echadas las feroces persianas metálicas que encubren su oficio, la función tan noble de dar de leer a quien lo necesita. El quiosco cerrado de Domingo, junto a esos jardines descuidados a sus espaldas, guarda aún los secretos de una ciudad cambiante. Muchos hubimos de dejar de andar los pasos necesarios hasta llegar y hacer la cola, casi siempre, para pedir el periódico favorito. Domingo trataba a todos con el mismo celo. La vuelta que debía darte del dinero entregado era ceremoniosa. Repasaba no solo las cuentas escritas en el mismo papel de siempre, un papel furioso que expresaba del único modo posible para hacerlo que rizando sus cuatro esquinas, esquinas enervadas, por ver si impedían de ese modo que Domingo siguiera explotando de semejante manera el folio, sino también las monedas o billetes de vuelta. Es imposible mirar ese quiosco sin ver a su dueño aún, abrigado en días de frío con su bufanda al cuello y los guantes sin dedos.

El capítulo de las ausencias sonoras de espacios diversos que desaparecieron deja una huella enorme e imborrable. Afecta a la historia sentimental de la ciudad que está hecha no solo de cemento y ladrillo sino de toneladas de recuerdos y añoranzas, de aspiraciones y logros, de fracasos y olvidos, sí. Los Panchos acertaron con aquella letra sentimental como los versos de José Alfredo Jiménez compuestos para su enigmática canción Las ciudades lo hacen en distinto sentido: “te quise amar/ y tu amor no era fuego no era lumbre;/ las distancias apartan las ciudades,/ las ciudades destruyen las costumbres”, expresan con el derrotismo que preside muchas de sus canciones tan amorosas casi siempre, el escenario determinante de nuestras vidas que solo en la ciudad tienen explicación y causa.