Por Los Cañones

María del Mar Shaw Morcillo

Solo eso quería decir

Quiero la libertad de poder decidir a pesar de en ese momento no poder hablar, o lo que puede ser aún más duro, no poder valerme ni para acabar con ella

Hace unas semanas, en la Asociación de Mujeres Juristas a la que pertenezco y estoy unida desde hace casi tres décadas, mantuvimos un interesante debate con Miguel y Manuel de la Asociación Derecho a Morir Dignamente sobre el Testamento Vital, su evolución, normativa y efectividad. Creo que hablo en nombre de todos y todas las asistentes que más que un debate se produjo una fuerte reflexión interna y personal. Reflexión sobre el único hecho cierto desde que nacemos, sobre nuestra propia muerte y cómo queremos afrontarla.

No me he cruzado nunca con nadie que desee su deterioro físico o psíquico largo en su final, es común pensar que cuando llegue el momento, que arrase de forma apacible y rápida, que no haya sufrimiento añadido.



En esta introspección recordé que la primera vez que encaré una muerte prolongada de manera artificial de alguien cercano y querido era ya adulta, no sé si por cuestión de más o menos suerte, y en ese proceso sólo hubo dos conclusiones sobre mi final, que no me había enfrentado nunca a pensar en él, como si fuera algo evitable, y que así no quería morir ni mucho menos hacer lidiar a mis familiares próximos a las terribles controversias que se plantean en ese proceso en ocasiones de años. Cómo sí fuera evitable…cómo si no viniera en el paquete con la vida.

Y ante el tabú de la muerte, la única verdad en la que creo es que pertenece a mi vida, a mi proyecto, a mi libertad. No quiero la libertad de tomar cervecitas y no ver a mi ex. La libertad es mucho más importante aunque se empeñen en manosearla. No, quiero la libertad de poder decidir a pesar de en ese momento no poder hablar, o lo que puede ser aún más duro, no poder valerme ni para acabar con ella.

Pero esta es la reflexión más libre e individual, personal e intransferible a todos los efectos. Sólo mía. Tengo ejemplos de amigos que llevan años encamados afrontándolo con la mayor dignidad, y los admiro, aunque no se lo diga. Esa es su libertad, sólo quiero la mía.

La Ley por una Muerte Digna, avalada por nuestro Tribunal Constitucional, no obliga a nadie, permite y regula. Como jurista soy una fanática de las normas, tiene que existir seguridad jurídica y publicidad, conocer los procedimientos y cómo se aplican. Aquellos profesionales que no lo compartan deben ser libres de no verse en este proceso, pero yo quiero saber también quiénes son por si llegado el momento caigo en esas manos. Por supuesto, debe existir una manifestación de todos los procesos que en este trance no quiero que se me apliquen, y por favor, no le pregunten a mis hijos.

Cuando se aprobó la Ley del Divorcio no obligaba a nadie a hacerlo pero dio estabilidad y derechos tras una ruptura matrimonial sabiendo de antemano como has regulado tus bienes, a que te obliga el tener hijos y que sucede cuando pasa el amor. Esa naturalidad que hemos asumido a pesar de que durante los primeros años parecía iba a ser el fin del mundo ha pasado a crear más familias, más diversas, con derechos y obligaciones igualitarias. Eso mismo espero que suceda con la Ley de Muerte Digna, que se cansen asociaciones de querer hacerse notar a costa de familias rotas de dolor y que se haga con la mayor dignidad y discreción. La exposición pública a la que se ha visto sometido el último caso mediático ha sido denigrante, no sólo para ella sino para una sección morbosa de la sociedad que hasta ha querido escarbar y ver culpables en la inmigración y los divorcios. Cuando se adopta una decisión adulta, cuando tienes tus derechos para reclamar, ¿quién está por encima de ti? ¿Quién va a vivir esa vida que tú no quieres? La muerte no tiene culpables, es inevitable y la forma de afrontarla es personalísima.

Sólo eso quería contar. Que mi libertad me permita optar a mi muerte y cómo afrontarla. Que sea segura y regulada, que nadie me usurpe mi decisión. Sólo de eso quería hablar. Nada más.

Lo escribo con el profundo recuerdo a quienes he visto y sentido sufrir en el final de su vida mientras en mi corazón sólo quería que eso acabara ya.