Uno. Cuidado con el azúcar
El presidente blanco Juan Manuel Moreno Bonilla se ha pintado la cara de negro para hacer de rey Baltasar en la cabalgata de Sevilla, a raíz de lo cual han ocurrido dos cosas que en realidad son una sola: que a la izquierda le ha faltado tiempo para arremeter contra su impostura mientras la derecha se apresuraba a aplaudir el salero presidencial. Algunas de las columnas publicadas por el periodismo conservador sevillano eran directamente sonrojantes y, dado su porcentaje de azúcar, no aptas para lectores diabéticos.
Generalmente, en las cabalgatas del día de Reyes la derecha prefiere, siempre ha preferido, a blancos haciendo de rey negro antes que a negros haciendo de sí mismos.
Dos. Racismo banal
En cuanto a la reacción de las izquierdas, también se han pasado bastante de frenada, sobre todo algunas de ellas. Esto opinaba Juan Antonio Delgado, diputado andaluz de Podemos: “Pintarse la cara de negro para recrear al rey Baltasar es blackface. En pleno 2026, que un presidente autonómico (Moreno Bonilla) salga así normaliza un gesto racista y colonial. No es humor ni tradición, es falta de respeto y legitimación del racismo”.
Si al hecho criticable pero más bien banal de que un blanco se pinte la cara de negro en una cabalgata lo etiquetamos de racista, estaremos, aun sin pretenderlo, trivializando y aligerando, si no vaciando, de contenido el concepto mismo de racismo, lo estaremos licuando, haciendo líquido o gaseoso lo que era sólido: estaremos contribuyendo a despojar al racismo del nauseabundo esqueleto histórico y moral que lo sostiene.
Tres. Votos y caramelos
¿Pintarse la cara de negro, ponerse una túnica de colorines y subirse a una carroza para arrojar caramelos y saludar a los niños obedece a una conducta racista? En el caso de Moreno uno diría que más bien no. Obedece, si acaso, a una estrategia electoral, seguramente pueril pero no necesariamente inmoral. Moreno no se vistió de Baltasar pensando en los niños sino pensando en los votantes. Lo que lanzaba desde su carroza tenía la apariencia de caramelos, pero en realidad eran papeletas de voto con el membrete del PP. ¿Racismo? No. ¿Ventajismo? Sí.
Cuatro. El puntito
Todo ello no significa, sin embargo, que estemos ante un gesto inocuo: hacer de negro siendo blanco tal vez no sea racismo propiamente dicho, pero sí que tiene un puntito vagamente supremacista. Se trataría, claro, de un supremacismo ciertamente cándido, colateral, de baja intensidad, un supremacismo tan leve que seguramente ni siquiera sospecha que lo es.
-¿O sea -ruge indignada la derecha- que está usted acusando a nuestro presidente, flor y norte de la caballería autonómica, de ¡¡¡¡supremacista blanco!!!?
-No, señores, no. No sulfurarse. No acusaría de supremacista al presidente más de lo que me acusaría a mí mismo, pero sí añadiría que un negro haciendo de rey negro mejora un poquito el mundo, lo hace ligeramente más justo, empático y comprensible, mientras que un blanco suplantándolo empeora un poco ese mismo mundo porque lo desnaturaliza sin que hubiera necesidad alguna de hacerlo.
Cinco. Viejunos
Moreno no es un xenófobo por embetunarse la cara: es solo un antiguo, un viejuno, un acomodaticio, un digno socio de ese no menos antiguo, acomodaticio y viejuno Ateneo de Sevilla, hoy promotor de cabalgatas infantiles y ayer nada menos que sede fundacional de la generación literaria más talentosa desde el Siglo de Oro. El Ateneo de 1927 ensalzaba a Góngora; el de 2026, a Moreno.
Seis. Perro blanco, perro negro
¿Qué las derechas han aplaudido a su Baltasar más por ser del PP que por ser blanco? Seguramente. De hecho, habría sido sumamente interesante leer qué habrían escrito todos esos veloces pelotilleros si quien hubiera encarnado a Baltasar hubiera sido, en vez de Juanma Moreno, el maldito ‘Perro’ Sánchez, pongamos por caso. Probablemente habrían escrito que si había de ser un político quien hiciera de Baltasar, ¡quién mejor, señor mío, que el negro de Vox Ignacio Garriga para ese papel!