Los presuntos casos de corrupción protagonizados por el trío Cerdá-Ávalos-Koldo o por el conjunto músico-vocal orquestado por el presidente de la Diputación de Almería; la vergonzosa irresponsabilidad moral de Mazón; las irregularidades con Hacienda siendo Cristóbal Montoro ministro de Hacienda, a favor de empresas gasísticas y de su bufete privado; la peligrosa negligencia de no comunicar los cribados de mama por la dudosa “estructura sanitaria” de Moreno Bonilla, etc, etc, etc… Todos ellos son tumores malignos para sus respectivos partidos y cánceres graves para la democracia española porque producen desconfianza mortal en las instituciones. Asimismo, la muy cuestionable sentencia contra el fiscal general del Estado es una mina personal que puede explotarnos a todos, porque hiere de gravedad la lógica básica que debe sustentar la justicia española. ¿Podrían haberse evitado estos casos? ¿Cómo?
Se evitarían no traicionando los principios éticos que deben sustentar la coherencia de las personas y de los grupos, porque la confianza es clave para la convivencia democrática y la economía. Los numerosos estudios realizados sobre el desarrollo económico de los países y, en especial, sobre los Índices de Desarrollo Humano (IDH), demuestran que la confianza recíproca es un factor esencial tanto para las relaciones comerciales entre empresas como para el incremento de la economía, así como para el funcionamiento de las organizaciones (partidos, sindicatos o asociaciones civiles) y del Estado.
La saludable relación entre dos o más personas requiere tener un nivel aceptable y aceptado de palabra, honestidad e integridad en sus principios comunes. Es decir, coherencia entre “lo que se piensa, lo que se dice y lo que se hace”. ¿Cómo pueden las organizaciones evitar, en lo posible, los errores cometidos por sus miembros y aprender de las consecuencias? ¿Cómo puede un partido ser más confiable y fiel a sus principios? Sin duda, con inteligencia compartida para evaluar, aprender y formación continuada.
El profesor Peter Senge, de la Universidad de Harvard, desarrolló en sus investigaciones difundidas en sus libros, en especial, en La quinta disciplina, que las organizaciones que crecen lo hacen porque aprenden, año tras año, siguiendo un esquema sustentado en cinco puntos: primero, elegir a los mejores entre quienes tienen un buen dominio personal (por capacidades, honestidad y talento); que estos tengan un modelo mental común, razonado y coherente con sus ideales; que se cree entre ellos una visión compartida de proyecto que alinee los objetivos operativos del grupo; que se fomente un aprendizaje en equipo integrando el diálogo y la discusión honesta para convencer y colaborar; y que se tenga en cuenta una visión sistémica de la realidad (quinta disciplina), es decir que observen y analicen lo que ocurre sin visiones simplistas, que valoren el conjunto de causas y efectos de lo que hacen, que aborden la complejidad de los problemas y, por tanto, busquen las soluciones de forma eficaz y sistémica.
¿Están capacitados nuestros dirigentes para los retos de hoy? ¿Cuentan con buenos equipos, con ideales y visión ética, capaces de aprender y superarse? ¿Son los “políticos” que insultan y polarizan los más adecuados para la convivencia colectiva? ¿Son aquellos cargos públicos que se rodean de aduladores y mediocres los más inteligentes o, por el contrario, los más ingenuos y propensos a ser engañados o torpedeados por arribistas? Evidentemente, parece que no. Pero, ojo, no todos los políticos son iguales. Nadie es perfecto, pero hay personas que sí merecen la pena, porque sus buenas acciones superan el nivel de sus posibles errores y, asimismo, creo que existen organizaciones que trabajan para que mejore la mayoría social y otras que esconden intereses ocultos de grupos económicos poderosos.
¿Se puede hacer algo para evitar la corrupción, la negligencia o la insensatez? Creo que los cargos públicos deberían haber superado algún tipo de test de integridad psicológica y un baremo de ética, aplicables, a su vez, a todos los miembros de sus propias organizaciones. No digan que es imposible. Hay cuestionarios, sociogramas y análisis de personalidad en la Psicología actual que podrían sustentar esos exámenes previos para ser buenos políticos, porque necesitamos mejores líderes. Al mismo tiempo, debería conocerse la biografía y la trayectoria personal, baremarse la inteligencia emocional y social, la capacidad de escuchar, la generosidad desde que son jóvenes. Todos ellos son rasgos que, unidos —a la lectura, a la cultura y a la capacidad verbal, creadora y de servicio— forjan a un buen líder.
Mientras tanto, propongo a los dirigentes de las organizaciones que observen con más detalle a sus miembros y colaboradores, que corroboren su bondad en los pequeños detalles, su coherencia en su forma de actuar y que apliquen la teoría de los indicios: si alguien nos engaña o se aprovecha del dinero de otro en lo pequeño, lo hará cuando pueda a lo grande; que si alguien divide y critica a la espalda, sin argumentos, cuando debería cohesionar y aporta valor al grupo, probablemente, esa persona tenga más intereses propios y egoístas que ideales compartidos.
Si alguien no es coherente con sus principios, con su familia o con sus amigos… difícilmente lo será con su partido o con las instituciones. Al mismo tiempo, si no hay coherencia entre los representantes políticos y sus técnicos, entre unos departamentos y otros de una misma institución, si no se integran las críticas constructivas, honestas y sinceras… no hay avances ni innovación que mejore la gestión, la realidad y la democracia en su práctica.
Por tantas y tan profundas razones, por muy difícil que sea, debemos poner en marcha ese detector de metales nobles para la regeneración de las organizaciones, firmar códigos éticos en los partidos, hacer concursos públicos más transparentes para las contrataciones de empresas… antes que los instigadores del odio, los reaccionarios de la historia que “infoxican” las redes con bulos y que se aprovechan de la ignorancia, destrocen la verdadera razón social y ética de la Democracia.