El 28 de junio de 1914, el archiduque Francisco Fernando desayunó en Sarajevo sin saber que muy pocas horas él y su esposa serían asesinados y que ese crimen de alguien que, en realidad, no gozaba del respeto político de nadie en el Imperio de los Habsburgo, sería el primer engranaje de una trituradora de carne humana que devoraría a veinte millones de personas, la inmensa mayoría jóvenes masacrados entre el barro de las trincheras. Lo fascinante —y aterrador— para el historiador no es el magnicidio en sí, sino la ceguera de los días siguientes, una ceguera suicida que se instaló en todos los palacios reales, todos los gobiernos y todas las cancillerías de las cinco grandes potencias europeas. Y mientras los gobernantes se cruzaban telegramas cada día más violentos, el ciudadano medio, ajeno a todo lo que se estaba destruyendo a pasos agigantados, seguía convencido de que el mundo estaba demasiado interconectado y era demasiado próspero para suicidarse en una guerra de cualidades industriales. La gente siguió disfrutando, durante el mes de julio, del último verano del viejo mundo sin saber que el asesinato de Sarajevo había sido la chispa que estaba incendiando el polvorín que acabaría con toda una época.
En este invierno de 2026 y bajo el mandato de Donald Trump, el mundo camina por un laberinto muy similar al de hace ciento doce años, ignorando que el suelo que pisa es de cristal y que bajo él se agita el vacío. Y es que muchas veces la Historia nos ofrece similitudes que sobrecogen. Una de ellas es el inquietante paralelismo psicológico que existe entre Trump y el káiser Guillermo II, una especie de pavo real revestido de emperador que, con su impulsividad y su agresividad y sus aires de grandez, dinamitó cualquier posibilidad de entendimiento que hubiera podido salvar el equilibrio europeo de 1914. Tanto el káiser como Trump comparten una estructura de personalidad que es veneno para la acción política y para la diplomacia: ambos gozan de una vanidad a prueba de evidencias y de una inseguridad profunda. Y buscan compensar su pequeñez intelectual y moral con una constante exhibición de fuerza, con un histrionismo que muchas veces cae en lo chabacano y lo puramente ridículo.
Guillermo II sentía un profundo desprecio por los canales diplomáticos tradicionales: el prefería la exposición pública —sin filtros— de los conflictos con otras potencias, el desplante público, la diplomacia del telegrama incendiario, el matonismo prusiano. Estaba absolutamente obsesionado por ser, siempre, el centro de atención de la política internacional, sin dudar ni un instante en sacrificar la estabilidad estratégica y la preservación de la paz a cambio del aplauso servil de su corte de Berlín. Todos estos rasgos los encontramos en Donald Trump, casi calcados al punto. Y todo eso desemboca en que el Presidente de los Estados Unidos, al igual que el káiser del II Reich, ha sustituido la razón de Estado por el capricho del ego.
Las comparecencias de Donald Trump nos dicen claramente que no estamos ante un estratega ni ante un tipo con elevadas construcciones ideológicas o morales o intelectuales, sino ante un mero Lord War accidental: un líder que, sin tener necesariamente un plan de conquista ni una inteligencia sobresaliente, disfruta agitando el avispero de la violencia global para reafirmar su relevancia. Es el típico matón de patio de colegio al maltrata y humilla a sus compañeros para que todos tengan claro que su capricho es ley. Y el hombre de la lista Spstein trata las alianzas que han mantenido el orden global desde la derrota de Hitler en 1945 como meras transacciones comerciales y a sus aliados como vasallos, está enviando el mismo y peligrosísimo mensaje que Guillermo en 1914: el orden conocido ya no existe y en ese vacío, la imprevisibilidad del soberano y su voluntad absoluta, son las nuevas y únicas normas.
El deterioro generado por Trump no afecta sólo —ni siquiera principalmente— a las relaciones internacionales de los Estados Unidos: el síntoma más visible de que la democracia estadounidense ha entrado en una fase de oscuridad sin parangón en su historia son los operativos de control migratorio (ICE). Cuando una democracia permite que cuerpos de seguridad actúen con una opacidad y una brutalidad que evocan irremediablemente a los matones de la Gestapo, podemos estar seguros de que algo fundamental se ha roto en el alma de la nación. La normalización de las redadas masivas, la vigilancia en barrios residenciales y el uso de la fuerza estatal desmedida y descontrolada —con fuertes dosis de humillación— contra los más vulnerables no son solo medidas administrativas más o menos duras: son, directamente, el desmantelamiento de los valores liberales que han hecho de Occidente un refugio moral y democrático. Cuando se introduce el terror ejercido desde el Estado contra los ciudadanos y dejarlos a la intemperie legal se los considera un arma legítima de gobierno, quedamos instalados al instante en los años 30. Porque al igual que sucedió en la Alemania hitleriana, el señalamiento de un “otro” interno sirve para cohesionar a las masas mientras se desmantelan los contrapesos éticos y se destruye el aparato democrático del Estado. Si el Estado puede actuar con impunidad contra el inmigrante, contra el que tiene otro color de piel, contra el extranjero, contra los nativos norteamericanos, pronto —muy pronto— podrá hacerlo contra cualquier disidente que ose cuestionar al líder y a su barbarie. Donald Trump se burla de todo el aparato legal americano para imponer situaciones que, por la vía de los hechos consumados, degeneran en la misma situación de terrorismo de Estado y excepcionalidad a la que condujeron las Leyes de Nuremberg.
Si miramos nuestro mundo desde cierta altura filosófica entenderemos que la gran tragedia de nuestra era es la voladura de la idea misma de Occidente. Porque Occidente no era una realidad geográfica sino una cartografía ética que se había construido con la primacía de la ley sobre la voluntad del autócrata, con la supremacía de la razón sobre el espasmo emocional, con la convicción de que hay una serie de valores que el Estado no puede vulnerar sin devenir en tiranía, con la convicción de que la paz es un bien superior conseguido con el trabajo colectivo y no un botín personal de los poderosos, con la convicción de que los derechos de los humildes y los frágiles merecen ser custodiados y preservados. Escuchar a Milei hablar de la regeneración de Occidente de la mano del neofascismo ultraliberal, produce escalofríos: ¿de qué Occidente habla, del de las fábricas del siglo XIX?
La realidad es que Trump le ha asestado una puñalada mortal a los valores occidentales: ha convertido la política exterior en un ejercicio de brinkmanship permanente y, por un paralelismo inevitable, ha transformado la política interior en un estado de excepción moral, donde la convivencia ya no se rige por el pacto social, sino por el asedio y el asalto de las instituciones y la destrucción de la otredad, el machacamiento de los débiles y de los diferentes. Su irresponsabilidad es metafísica: ha decidido que la verdad es maleable y siempre ajustada a sus intereses, y que las instituciones que sostuvieron la paz internacional y la convivencia interior son estorbos para su voluntad personal. Al coquetear con tiranos y castigar a democracias aliadas, al convertir al ICE en una fuerza paramilitar de corte fascista, está diciendo que los valores occidentales son opcionales: y así, abre de par en par las puertas para que la Historia repita su ciclo más sangriento.
Paradójicamente, en pleno invierno de 2026 estamos respirando el mismo aire viciado de aquel julio de 1914 y se nos agota el tiempo para evitar que el calendario avance hacia un nuevo agosto de cenizas. La Historia, en su pedagógica crudeza, nos advierte que la paz no es el estado natural de la humanidad, sino un edificio de cristal que exige un mantenimiento ético constante. Sin embargo, hoy los guardarraíles morales que impiden el descarrilamiento de la civilización han sido arrancados de cuajo. El “America First” no es una estrategia de soberanía o de seguridad, sino la puesta a tono del eco atávico de aquel nacionalismo excluyente que convenció a las naciones de 1914 de que su prosperidad era una suma cero, donde el éxito propio dependía necesariamente de la aniquilación del vecino; o la actualización de aquel discurso de 1933 que convenció a las masas de que había personas que merecían ser tratadas como subhumanos porque eran, en realidad, una patología enfermiza del cuerpo social.
Los ciudadanos tenemos la responsabilidad de apagar estas chispas antes de que alcancen el núcleo del polvorín. Esto requiere recuperar la soberanía de la verdad frente a la propaganda, esto exige destronar a los constructores de muros y optar por los hacedores de puentes, esto nos llama a impedir que la ética democrática sea sacrificada en el altar de la eficiencia autoritaria y a comprender que el silencio ante los abusos de los matones uniformados del Estado nos sitúa en el mismo vacío moral que permitió el ascenso de las sombras en la Europa del siglo pasado. La responsabilidad de Trump en todo esto es la de quien, teniendo las llaves del faro, decide apagar la luz para ver qué ocurre en la oscuridad del mar. Sin embargo, en la penumbra de la historia rara vez aguarda el orden, sino la bayoneta calada de lo imprevisto. Ante este escenario, ¿somos capaces de reconocer los síntomas de nuestro propio agosto de 1914 antes de que la inercia sea inmanejable? ¿Qué queda de nuestra arquitectura civilizatoria si permitimos que el faro siga apagado mientras el horizonte se llena de nubarrones?