Abierto por derribo

Manuel Madrid Delgado

Estar, ser, creer

¿Cómo vamos a poder percibir el enredo de Dios en nuestros corazones si nos ciega la estética kitsch del alarde y nos aturde la omnipresencia de una vanidad?

Quienes llegan a comprender y asumir que la eternidad se encuentra en los detalles de lo transitorio, están dotados de una lucidez herida de la que carecemos la mayoría. Desde esa lucidez, Juan Pasquau nos decía que Dios —habitante de la perennidad de lo inefable— se nos anuda, se nos enreda en el mecanismo de la existencia de cada uno de nosotros cuando llega la Semana Santa. De pronto, Dios ya no es el Ser abstracto de los tratados teológicos o de las encíclicas papales o de las homilías dominicales; de pronto, Dios se nos hace nudo en la garganta, tropiezo en las muescas de la memoria, lágrimas en los ojos. Y en ese nudo existencial, en ese cruce donde los caminos del tiempo rompen la línea del calendario, el rito repetido nos detiene y la ciudad deja de ser un mapa de asfalto para transformarse en un inmenso soliloquio, en una geografía acogedora para los espíritus donde las esquinas no son ya puntos cardinales sino estaciones obligadas para el retorno que no se puede eludir.

Acudimos a la cita de la Semana Santa con la puntualidad del niño que todo lo espera porque todo, aún, lo cree. Y buscamos el mismo lugar, la misma hora, a ser posible la misma gente. No lo hacemos por una inercia vacía ni atendiendo al recio mandato de la costumbre: la repetición ritual —la Tradición— calma nuestras urgencias ontológicas. Porque en la repetición encontramos la prueba irrefutable de que seguimos siendo, de que la cadena de la herencia y del futuro no se ha resquebrajado bajo el mazo de la posmodernidad líquida. Elia Merciade nos enseñó que el retorno de lo sagrado es un persistir en nosotros de las estructuras fundamentales de la conciencia humana; y cuando los rituales nos reactualizan el tiempo sagrado, el Misterio reaparece delante de nosotros a través de esas sobrecogedoras manifestaciones de lo divino en objetos, lugares, momentos.

La Semana Santa nos brinda la oportunidad de volver a encontrarnos con lo sagrado, dejando que se enrede en los mecanismos de nuestra existencia. Ese retorno que, a partir de mañana, tomará nuestras plazas, está constituido por una conexión invisible, casi eléctrica, que recorre las manos enlazadas de las generaciones; por un cordón umbilical de fe y de historia que ni siquiera la llegada de la muerte puede cortar.



El retorno de lo sagrado se hará hierofanía en las pequeñas, en las maravillosas cosas que nos pasarán desapercibidas durante estos días. Fijaros en el abuelo que sostiene a su nieto en brazos; fijaros en su dedo que señala —con el preciso temblor de quien ya ve poco pero siente y sabe mucho—no una imagen de madera ni un paso dorado por el sol de la tarde, sino el rastro mismo de su propia vida, que vuelve a pasar entera delante de sus ojos. En esa yema del dedo que apunta a la imagen de Cristo, se transmite una herencia que no puede otorgarse por ningún testamento: es la enseñanza de ESTAR allí donde estuvieron los que ya no están; es la enseñanza necesaria para SER dentro de un cauce que nos arrastra y nos redime. Pero entre ese calor humano que se transmite entre la piel nueva y la piel vieja, entre esos ojos velados por las cataratas y los ojos radiantes para los que toda luz es poca… ¿qué es lo que realmente vive?, ¿qué es lo que realmente palpita? ¿Es la devoción que se entrega y se recibe, como don imprescindible de nuestras vidas? ¿El miedo cierto del abuelo y el miedo presentido del nieto a la soledad aplastada por los siglos? Al ver la mirada absorta del niño —que nada sabe de dogmas pero que está empezando a doctorarse en la belleza de los silencios— uno se pregunta si, en los ritos centenarios de la Semana Santa, estamos entregando una luz o estamos enseñando a otros a que mantengan una vela encendida en medio de una noche que no comprendemos y que nos abruma. ¿Cuántas veces, ese dedo ajado habrá señalado —en ese mismo lugar, a esa misma hora— la misma túnica del penitente, ese bombo reluciente, la misma mirada del Señor, el mismo clavel tronchado… mientras el tiempo —escultor implacable que arranca horas en el tronco de nuestra vida— iba labrando arrugas y tristezas en el rostro del hombre que antes fue el niño de la mano apretada, el niño sostenido por los brazos de su abuelo? ¿Dónde se guardan esas miradas del nieto y del abuelo? ¿En qué rincón de la memoria resuenan las voces de aquellos que nos enseñaron a esperar en esta misma esquina, en este mismo minuto, y que hoy son nada más que un eco perdido entre el estruendo de la procesión? ¿Es Dios quien se anuda a nosotros o somos nosotros los que anudamos, casi con desesperación, a estas formas sublimes de la madera divinizada para no perdernos en el vacío de la nada?

En la chispa emocional que produce esa conexión eléctrica entre las generaciones asombradas por la belleza de lo sagrado, reside el verdadero CREER: porque entonces comprendemos que la función primera de la fe es unirnos a los que estuvieron y a los que estarán en la búsqueda de un Dios que estos días no quiere perderse entre la niebla ni en la rutina. Y en los ritos de la Semana Santa, guiados por la luz del faro de la Tradición, redescubrimos cada año, con una punzada en el pecho, que no andamos buscando a una figura desvaída por el tiempo que camina sobre hombros ajenos, sino que buscamos a Dios buscándonos a nosotros mismos en los ojos llenos de gloria de quienes nos precedieron, preguntándonos si cuando sea el nuestro el dedo que señala en la dirección de Cristo, habrá una mano esponjosa y pequeña que sostenga la nuestra.

Y, sin embargo, me temo que ese precioso tesoro heredado de tantas y tantas generaciones, que esa búsqueda de la divinidad anudada a los cimientos de nuestra existencia corre hoy el riesgo de morir asfixiada bajo el peso de unos excesos cofrades que confunden la devoción con el espectáculo y el sentimiento con la sensiblería cursi. Dios —el mismo Dios anudado, enredado en nuestros mecanismos íntimos— ha sido desplazado del centro de las procesiones, un centro que ahora ocupan sin ningún pudor el costal y las bandas y las coreografías que resultan de la combinación de ambos. Vivimos un exceso cofrade que nace de una suerte de barroquismo mal entendido que todo lo llena de aditamentos sin sentido, de gestos baratos, de sobreactuaciones rayanas en el ridículo. ¿Cómo vamos a poder percibir el enredo de Dios en nuestros corazones si nos ciega la estética kitsch del alarde y nos aturde la omnipresencia de una vanidad que se gusta a sí misma y que sólo necesita a Cristo como justificante para poder salir a la calle?

La religiosidad popular, cuando es auténtica, cuando es un monólogo íntimo —“quien habla solo espera hablar a Dios un día”—, no necesita de la grandilocuencia de un simulacro, aunque sea un simulacro mil veces ensayado. A esa religiosidad intuitiva, directa del pueblo, le basta con la emoción antigua, con el parpadeo de las lágrimas en la balconada de los ojos, le sobra con sentir sobre sus hombros el peso de los recuerdos y las esperanzas de una ciudad entera.

Tal vez ya sea tarde, pero debemos reivindicar el derecho a la búsqueda silenciosa, íntima, del Misterio. Debemos volver a poner el ser, el estar y el creer en el centro de una celebración colectiva que tanto más se deteriora cuanto más se convierte la fe en espectáculo. Si a la Semana Santa le quitamos su capacidad genuina de emocionar con lo sencillo y consentimos que sea cada año más un parque temático de no sabemos bien qué cosas, habremos derribado uno de los últimos refugios de lo sagrado que nos quedaba. Por eso no podemos dejar que se apague el último cirio que nos permite contemplar a Dios enredado dentro de nosotros mismos. Que la Semana Santa nos sirva para poder buscar a Dios allí donde Él decidió enredarse: en el silencio de la mirada del abuelo llena de nostalgia; en la alegría de la mirada del nieto rebosante de futuro; en la carga hermosa de una Tradición que nos hace libres en un mundo arrasado por la eficacia y la productividad; en la certeza de que, cuando se encierra la procesión, lo que queda no es la cera en el suelo o el incienso diluido por la brisa, sino la huella, la marca indeleble de un encuentro con algo que nos trasciende y que nos ha convertido —al menos por un instante— en seres un poco menos huérfanos del cielo. Si las procesiones han sido verdaderamente productivas, si han logrado labrar hondo dentro de nosotros, cuando esta semana acabe, sentiremos que Dios se ha quedado allí, en ese lugar donde somos sin saberlo, anudado al aire que respiramos, esperando a que volvamos a ser niños de la mano de un abuelo, a que volvamos a lanzar la pregunta sin miedo a que nadie nos responda, a que entendamos que la verdadera procesión comienza cuando entendemos que dentro de nosotros se ha encendido la luz de una conciencia que quiere alumbrar un mundo cada vez más a oscuras.

Y entonces, si las procesiones han sido verdaderamente productivas, nuestro corazón se habrá quedado abierto —abierto: aunque sea en el derribo—, esperando que el nudo se suelte hasta que la próxima Semana Santa nos permita volver a encontrarnos en la misma plaza, a la misma hora, con la misma sed de eternidad, con la misma bendita incertidumbre.