A comienzos de este siglo, Marjane Satrapi, nacida en una familia laica y progresista de la antigua Persia, publicaba en cuatro volúmenes su obra maestra: Persépolis, luego llevada al cine. De manera casi instantánea, la novela gráfica se convirtió en una obra casi de culto, siendo un testimonio histórico fundamental para humanizar una realidad que Occidente sólo conocía a través de los telediarios y de la propaganda geopolítica de Estados Unidos. En Persépolis, Satrapi nos mostraba que debajo de los hiyabs que encarcelan a las mujeres y debajo de las barbas de los ayatolás, había seres humanos que escuchaban a Iron Maiden, que leían a Marx, que se enamoraban y que sufrían las mismas crisis existenciales que los adolescentes de París o de Florencia. Asimismo, el uso del blanco y negro servía para convertir en universales a los personajes de la novela y para reflejar el profundo contraste moral de una sociedad podrida por la radicalización, donde todos los matices fueron borrados tras la revolución de 1979.
Precisamente, el libro se alza también como memoria viva de una revolución traicionada y nos cuenta cómo un proceso de cambio que buscaba derrocar la sangrienta dictadura del Sah —apoyada por las potencias occidentales— terminó siendo secuestrado por el fanatismo islámico. La antigua Persia pasó, sin solución de continuidad, del autoritarismo laico de la monarquía al totalitarismo teocrático de los ayatolás. Y las mujeres fueron las primeras y principales víctimas de ese cambió de guion. Porque el cuerpo de las mujeres es, siempre, el primer territorio que aspira a conquistar una teocracia: si controlas su cabello, si impides los movimientos de su cuerpo que baila, si lo haces invisible, en última instancia las anulas políticamente. Y por eso, los vídeos que desde diciembre nos llegan de chicas, bellísimas, bailando y agitando sus melenas al viento no son un simple gesto estético, sino un acto político para recuperar el territorio que el Islam les robó en 1979.
Si hubo una identidad arrasada, una individualidad borrada por el Islam triunfante en 1979, fue la de las mujeres y eso lo vemos en la famosísima escena del espejo y el mechón, en el que la protagonista, Marji, ya adolescente, camina por la calle y es detenida por las Guardianas de la Revolución, versión femenina y fanática de la Policía de la Moral, no por no llevar el velo, sino por llevarlo mal: lo lleva y asoma un mechón de pelo. Esa viñeta nos ilustra sobre el contraste absoluto entre las manchas negras, informes, de las guardianas, y Marji, que intenta defender su identidad a través del mínimo gesto de rebeldía que supone enseñar un poco de cabello negro.
Entre la humillación a la que se ve sometida Marji y el asesinato de Mahsa Amini en 2022 por llevar el velo mal puesto, apreciamos la evolución de la teocracia islámica de Irán: aquel régimen dictatorial que usaba la fuerza para corregir las disrupciones de la ley islámica, necesita ahora aniquilar para sobrevivir. Pero también apreciamos una diferencia fundamental: la historia de Marji está situada en los años 80 y ella al final opta por huir a Europa “porque en Irán ya no se puede respirar”; el gran drama de las mujeres iraníes de hoy es que ya no quieren huir porque quieren hacer respirable el aire de sus ciudades y sus campos. Y mientras en el mes de enero los ayatolás y su guardia fanática han asesinado a no menos de cincuenta mil manifestantes —muchísimas mujeres entre ellos— que exigían el fin de la tiranía, la comunidad internacional hacía cuentas esperando a ver qué discurso conviene más.
Asomarse hoy a las páginas de Persépolis nos hace redescubrir una herida que no ha hecho sino agrandarse. La gran marea de enero no fue sólo una revuelta social y política, sino el levantamiento de un ejército de mujeres jóvenes que, cansadas de ser sombras obligadas a vivir debajo de un trozo de trapo, decidieron que, si la muerte era el precio que pagar para conseguir la luz, estaban dispuestas a pagarlo. Por eso, resulta obsceno contemplar como la izquierda occidental —tan pronta a la pancarta de diseño, a la performance huera y al discurso de gala de cine— ha permanecido en un silencio atronador mientras los verdugos islámicos ejecutaban a decenas de miles de mujeres en Irán. Haciendo equilibrios en el alambre de ese multiculturalismo que corroe los cimientos de la convivencia en Occidente, nuestra izquierda ha preferido mirar hacia otro lado antes que la condena sin paliativos, presa de una miopía ideológica que solo identifica al agresor si es blanco, cristiano y lleva corbata, o si se ajusta a los cánones del villano neoliberal o neoconservador de manual. Para la nueva izquierda, la lucha feminista es una mercancía de proximidad que se detiene allí donde comienza la tela que sepulta a las mujeres de los países musulmanes: lo importante es no perder el carnet del multiculturalismo biempensante.
Pero no menos asco debe darnos ver a esa derecha rebosante de testosterona que, sin pudor, coquetea con el negacionismo de la violencia machista y que sueña con desmantelar los recursos de protección de las mujeres, envuelta ahora en la bandera de la libertad de las mujeres persas con sospechosa pasión. Utilizan el cuerpo de las mujeres y su libertad como un arma arrojadiza contra los inmigrantes y contra la izquierda, en un ejercicio de oportunismo político que apesta: es imposible defender la dignidad y la libertad de las mujeres de Teherán, mientras se cuestiona su derecho a la seguridad y a la igualdad efectiva en Jaén o en Toledo. Los valores de la derecha son valores de quita y pon; su ética es una campaña de marketing que no busca la liberación de la mujer, sino el rédito electoral de una agenda que pasa, en el fondo, por el desprecio de cualquier avance feminista, pero del feminismo de verdad.
En medio del naufragio ético en el que vivimos en Occidente nos han llegado vídeos de chicas jóvenes bailando para celebrar la aniquilación de Jameneí, al son de canciones prohibidas, sin velo, sin cadenas, celebrando la muerte de quienes pretendieron enjaular el viento. Mientras ellas bailan sobre el volcán del odio, conscientes de que su cuerpo es el único territorio que el Islam no ha podido conquistar del todo, Europa se desangra en debates estériles sobre la legalidad de un ataque que no ha llegado a tiempo para salvar a los inocentes de enero, que no busca ni libertades ni democracias, que sólo aspira a reordenar mapas para engordar cuentas corrientes.
En este escenario delirante, la política se ha convertido en un teatro de sombras grotesco. El actor protagonista es Donald Trump, para quien la libertad de las mujeres persas o la democracia en Irán tienen el mismo valor, exactamente el mismo, que la libertad en Venezuela. Para él, todo cuando orbita a su alrededor es un mero pretexto con el que engordar su egolatría y los beneficios de su corte de depredadores: su retórica de fuego y furia no tiene detrás más que el vacío de quien desprecia profundamente los derechos humanos y las libertades políticas si no vienen envueltas en un beneficio económico inmediato. Para Trump y su corte de los milagros, los seres humanos somos sólo objetos que se compran y se venden, o que se aniquilan sin más, si con eso aumentan las ganancias de las petroleras.
Pero claro, enfrente no hay nada más potable. Aunque incomprensiblemente hay personas a quienes tenemos por inteligentes admiradas por la palabra de Pedro Sánchez —como si el presidente no nos hubiera dado motivos, argumentos y precedentes para saber que su palabra vale lo mismo que cero—, que con su característica solemnidad vacía resucita el no a la guerra, para marcar distancias morales con la derecha patriotera en el escaparate de las encuestas. Pero bien sabemos que si su supervivencia política dependiera de ello, mañana mismo declararía solemnemente que no hay lugar más apropiado para el desfile de los pilotos que bombardean Irán que la Gran Vía de Madrid: es lo propio de la flexibilidad de quien carece de principios sólidos y sólo posee una ambición maleable y adaptable.
Al final, como siempre en la Historia, mientras unos juegan en el tablero de los imperios y otros en el equilibrismo del cálculo electoral, las mujeres iraníes siguen bailando solas, entre dos fuegos, dejando que sus melenas —esos ríos de sombras que ya no temen a la noche de los ayatolás— ondeen en el viento podrido del siglo XXI como único estandarte de la verdad en un mundo gobernado por criminales trumpistas y cínicos sanchistas, seres sin moral que sólo miran al horizonte para ver si el viento sopla a su favor.