Abierto por derribo

Manuel Madrid Delgado

Un país derrotado

Para Trump, España es un país perdedor porque el Gobierno de la Nación se ha negado a jugar en su liga de testosterona

Les cuento a mis alumnos la historia de España a partir de esos desastres que fueron Carlos IV y, sobre todo, Fernando VII, como se cuenta la historia de una derrota: todo lo perdimos. Los virreinatos de América, la modernidad, el futuro, la libertad. Y así vivimos, año arriba año abajo, desde lo de Trafalgar hasta la Constitución de 1978, en una sucesión de golpes de Estado, pronunciamientos, revoluciones siempre estériles, constituciones que eran quijadas de asno, guerras civiles, hambre, miseria, exilios, destierros, emigraciones masivas, humillaciones; así vivimos, presos de la dinámica de los señoritos y los siervos, del odio, de la sed de venganza. Avanzar era imposible; apuntarse el simple tanto de una victoria colectiva, algo inconcebible. Porque aquí de lo que se trataba era de ajustar cuentas, de quedarse por encima, de aniquilar al otro.

En 1978 descubrimos que no teníamos ninguna obligación de continuar siendo esa anomalía europea en la que Fernando VII nos había convertido. Y, por primera —y, al paso que vamos, también única— vez en nuestra historia, comenzamos a ser un país normal, una nación que ganaba partidas. Se cerraron heridas viejas, se le dio cuerda al reloj de la modernidad, nos pudimos mirar en el espejo del mundo libre y avanzado, nos sentimos parte de esa Europa de la que nos apeamos nosotros mismos, nada más comenzar el siglo XIX, a fuerza de disparates y esperpentos.

Pero aquello de 1978 fue una ilusión, una sombra, una ficción. Un sueño. Y desde el 15M a esta parte vivimos, otra vez, instalados en la España encanallada de siempre, habitantes irredimibles de ese trozo de planeta por donde cruza errante la sombra de Caín. Y cualquier acuerdo vuelve a ser imposible; y el otro vuelve a ser un enemigo al que hay que aniquilar; y se desprecia lo que fuimos y lo que hemos podido conseguir juntos. Y en estas, un inopinado día cualquiera, nos encontramos con un tuit de Donald Trump definiendo a España como “país perdedor”. Han pasado algunos días desde el diagnóstico trumpista, y yo cada vez tengo por más cierto que el pedófilo de pelo rojo que nos lleva a la catástrofe, tenía razón. Somos un país perdedor: a lo mejor, Fernando VII tenía razón y después de él han estado equivocados todos —Prim, Cossío, Giner de los Ríos, el 98, el 14, el 27, Azaña, Negrín— los que creyeron que era posible otra España, la otra España. A lo peor estamos condenados a eso, irremediablemente condenados: a ser un país perdedor.



Conservo todavía la costumbre casi prehistórica de acudir al diccionario cuando me aprieta la necesidad de comprobar la precisión de un término. Evidentemente, Trump no ha leído nunca el Diccionario de nuestra lengua, porque posiblemente no ha leído nunca ningún libro. Y por eso pasma más la precisión con la que su “derrotado” se ajusta a la realidad española de hoy. Porque no hay ni una de las acepciones de la palabra “derrotar” que Trump imputa a nuestra condición colectiva, que no cuadre con el estado en el que vive la sociedad española.

A la derecha patriotera, las palabras de Trump le resbalan: ellos, para el presidente yanqui, serán siempre “un admirador, un amigo, un esclavo, un siervo”. A la izquierda desaforada, el calificativo con el que Trump nos adorna le importa poco, porque como lo único que los une es el odio a España, cualquiera desprecio que se le haga a la nación surgida en las Cortes de Cádiz les sirve. Y en medio, vamos quedando ese grupo atónito y preocupado de la menguante tercera España, que hemos podido comprobar con amargura lo certero del diagnóstico surgido del desprecio de Trump.

Nos dice el Diccionario que perder es, en su primera y más dolorosa acepción, “quedarse sin algo que se poseía por culpa propia o ajena”. Y ahí la primera bofetada de Trump nos cruza la cara colectivamente: con una pasividad cómplice que debería asustarnos, millones de ciudadanos normales y corrientes, estamos asistiendo al desmantelamiento de aquel botín cívico que, en la Reconciliación Nacional tras la muerte de Franco, logramos rescatar del barro de nuestra historia. Ante nuestros ojos se destruyen los puentes construidos por nuestros padres, los que hicieron posible que, por primera vez en nuestra historia contemporánea, nos pudiésemos mirar a lo ojos sin buscar el lugar donde el otro escondía el cuchillo.

Pero también somos perdedores porque hemos decidido “malbaratar, desperdiciar o dejar de emplear útilmente algo”, que es la segunda acepción del verbo perder. Mientras nuestras castas políticas nos convencen de que tenemos que construir muros y tenemos que odiarnos, despilfarramos el talento de una generación que se marcha en vuelos de bajo coste a trabajar en tierras ajenas. Médicos, enfermeros, ingenieros… se instalan en países que no se resignan a perder el futuro; y aquí seguimos engolfados en broncas de gallinero que sólo buscan destruir el relato del campanario de enfrente. En medio de la desesperación social de la crisis de 2008, dejamos que nos inocularan el odio sintetizado por los universitarios bolivarianos que se apropiaron de la indignación del 15M, ese veneno que prometía asaltar los cielos pero que sólo ha servido para abonar la tierra en la que germinan el fanatismo y la crispación, alimentando el tronco de la extrema derecha que todo lo metastatiza con una nostalgia de cartón piedra. Un país derrotado es un país como el nuestro que ha convertido la política en un ejercicio destructivo destinado, exclusivamente, a “arruinar y echar a perder” (otra acepción del Diccionario) las instituciones, las normas, la arquitectura constitucional, todas esas garantías que son, en última instancia, el refugio de los que no tienen nada.

De entre todas las acepciones de perder que tan certeramente nos identifican, hay una que debería inquietarnos, especialmente en estos tiempos de puritanismo estúpido y de lenguaje huero que oculta la realidad para no tener que cambiarla. Perder es “olvidar algo que se sabía”. Y es que los hunos y los otros quieren que España olvide lo que realmente es —esa camisa blanca de nuestra esperanza— para volver a extraviarla en un laberinto de complejos y rencores. Olvidamos lo que sabíamos y algunos están empeñados en que nos avergoncemos hasta de nuestro nombre: perdido el referente, todo lo podemos ya dar por perdido. Por eso, en la televisión pública al servicio de la izquierda es posible asistir a espectáculos de una ignorancia supina: causa infinitas tristeza y vergüenza ver a referentes de la cultura de masas —masas anecefálicas— como Broncano hacer un alarde de modernidad líquida cantando el himno de Andalucía amputando, con quirúrgico desprecio, la palabra España y sustituyéndola por el archiprogresista los pueblos. Para la derecha rojigualda, la palabra España es un bálsamo que oculta la realidad de su asalto a la sanidad o la escuela públicas; para la izquierda descerebrada, pronunciar el nombre de la nación es lo más parecido a contraer una enfermedad contagiosa, como si la tierra que amaron Galdós o Cernuda o Miguel Hernández o Lorca fuera un estigma del que hay que desinfectarse para poder se aceptado en el club de los guais ideológicos.

Nos dice el Diccionario de la Academia que perder también es “errar el camino”. Y en esa vereda de perdición sí que andamos con paso firme, prietas las filas, aborreciendo todo lo que podría darle sentido a una empresa común, a un nuevo anhelo de ganar batallas. Estamos firmemente decididos a convertirnos en el único país del mundo desarrollado que prefiere perder la partida, que apuesta el todo o nada al suicidio colectivo, antes que reconocer que el vecino que camina por la otra acera —ese que vota diferente, que le reza a otro dios o que no reza— también tiene su parte de razón.

Para Trump, España es un país perdedor porque el Gobierno de la Nación se ha negado a jugar en su liga de testosterona y chequeras armamentísticas. En realidad, esa es una pequeña victoria moral de España: no hacerse partícipe de una guerra que sólo busca enriquecer a los amigos petroleros de Trump es ganar algo, aunque sea pequeño. Y no, claro que no somos perdedores por eso: somos perdedores por todo lo repasado con el Diccionario frente a la pantalla del ordenador y porque estamos empeñados en causar “un daño en lo que se posee”. Llevamos casi década y media causando ese daño en lo que poseíamos. Y hoy, nuestra posesión es un país roto por la desmemoria, una identidad despreciada que vuelve a quemarnos en las manos, y una estupidez colectiva que galopa a la grupa de ideologías para tarados mentales y morales. El Diccionario no miente: perder es, al fin y al cabo, dejar de pertenecerse. Y España, ay, hace tiempo que decidió dejar de ser una empresa colectiva que quiere ganarle otra vez partidas a la Historia, decidió dejar de ser dueña de su destino y se recrea en ser la triste caricatura que un millonario inmoral de Nueva York puede despachar en un tuit de madrugada.

Somos un país derrotado porque vivimos un tiempo de mentira, de infamia. Y porque a España toda, la malherida España, de Carnaval vestida nos la pusieron pobre y escuálida y beoda, para que no acertara la mano con la herida. Si Trump leyera a Machado —ay, si Trump leyera— sabría que Machado ya habló de un país derrotado.