Hoy toca ponerse filosófico, que no todo va a ser criticar por criticar y querer vender la burra de que no hay analista mejor en este olivar milenario para iluminar a esta nuestra población que no sabe si reír, llorar o escupir y sorber al mismo tiempo. Bueno, esto último suele ser muy habitual, porque de tanto practicar la sana costumbre de apoyar el codo en la barra y parecer intelectuales, nos hemos acostumbrado a no darnos cuenta de que nosotros mismos nos contradecimos. Pero, vamos, que no me voy a detener en obviedades ni en destacar características que aquí todo el mundo detecta con facilidad. Quien quiera saber más, que recurra a Instagram, la biblia del conocimiento ilustrado de nuestra época.
Parafraseando a la Pantoja, «hoy quiero confesar que estoy algo cansado...». Cualquier smartwath te avisa de los pasos que das cada vez que levantas el culo de la silla, así, sin anestesia, como diciéndote que te muevas, copón. En mi caso, ciertos pasos que he dado a lo largo de mi vida me han hecho posponer mil veces cosas de mi vida personal. Que si componer y cantar, que si escribir después, que si Círculo Ánimas (larga vida) hasta hace poco, que si esto, que si lo otro… Eché el freno el año pasado para salir de la lista roja de mi propio patrimonio existencial, revisar el motor y cambiar de estrategia intimista. Me di cuenta de que he ido postergando asuntos que, hoy por hoy (y ayer por ayer, no os creáis), estaba seguro de que me aportarían nuevas miradas, vivencias e ideas a las que tenía que darles forma.
En enero de 2025 terminé mi última novela, «La mariposa y el azahar» y desde entonces no he escrito ni una sola línea que no sea para esta columna. Ahí sigue ese puñado de páginas, en salmuera, esperando que alguien diga «nosotros la publicamos». ¿Que no ocurre tal osadía?, pues aquí paz y después gloria. Os aseguro que hay semanas en las que ni siquiera me acuerdo de que sigue ahí. Me di cuenta de que no necesito algoritmos para ser feliz, ni un solo pulgar arriba, ni halagos, ni palmaditas en la espalda ni doscientos comentarios a las publicaciones que ya casi ni cuelgo. Ahora tengo la piel más suave que antes, menos arrugas y más pelo (ni de coña, majo).
Cuento todo esto a modo de confesión ante el espejo, porque hace poco me invitaron, con toda la buena intención, supongo, a la presentación del nuevo y rescatado Ateneo de la ciudad de Jaén. Reconozco que la idea me sedujo al instante. ¡El renacer del Ateneo jaenero! Pues fíjate que falta le hace a esta ciudad. Pero no tardó en aparecer el nuevo yo que anda en barbecho voluntario. Agradecí el gesto, pero por desgracia y por horarios, no pude asistir. Tras meditarlo bien, la única pregunta que se me pasó por la cabeza fue: ¿qué podría aportar yo para que algún insensato pensara en mí? Todavía estoy masticando esa pregunta.
Después de días dándole vueltas, creo haber llegado a una conclusión que, bajo mi punto de vista, muchas personas deberían plantearse. A partir de aquí que nadie se moleste, por favor. Durante mucho tiempo, en cualquier actividad que se organiza, ya sea una charla, una exposición, la presentación de una obra literaria, un coloquio, un algo, siempre vemos las mismas caras. Entiendo que la inquietud de estas personas por dar es motivo suficiente, pero, ¿qué pasa con quienes tienen nuevas ideas? Si siempre estamos los mismos con la misma forma de actuar y de pensar, ¿no tendremos siempre los mismos resultados y las mismas críticas? El mundo cambia muy rápido y la forma de mirarlo y verlo, también. Quizá ha llegado el momento de sondear a gente más joven, con la mente abierta y que no quiere resignarse a ver siempre los mismos resultados. Que si otro estudio de Vandelvira, que si otra charla sobre el paso de Cervantes por Jaén, que si «Jaén en tiempos de...». De esta forma no conseguiremos acercar a los que vienen detrás de nosotros para que nos regalen distintos puntos de vista sobre ese mundo nuevo al que no queremos mirar.
No recuerdo con quién comentaba hace poco que el asociacionismo juvenil ha desaparecido por estos lares. La gran herramienta de transformación social que supone juntarse para cambiar el mundo, parece no tener atractivo entre la gente joven. Sí, los hay que hacen cosas, pero los tenemos apartados porque todo lo que no sea hacer lo que hay en nuestro ideario de expertos, no sirve. Se nos están acabando las ideas, al menos, las que lleguen para que soplen nuevos vientos y la rebeldía quizá que a muchos nos va faltando por hartazgo. Puede que sea el ansia de protagonismo, exceso de expertos, quizá el pensamiento poco acertado de que nadie sabe más que yo de lo que sea. El caso es que andamos cortos de banquillo y eso ni nos favorece ni nos ayudará a cambiar lo que se tenga que cambiar. No quiero decir con esto que se tengan que dejar de organizar ciertas actividades, faltaría más, pero la sensación de que la veta se agota me produce un desasosiego que solo lo curaría manos alzadas pidiendo un minuto de gloria para escuchar lo que nos tengan que ofrecer.
En Cádiz llaman «la cantera» a las agrupaciones nuevas que llegan al COAC de adultos después de haber participado en el concurso infantil. Aquí deberíamos ponerle un nombre a la falta de relevo generacional en los espacios públicos de opinión, expresiones artísticas y púlpitos desde los que nos enseñen su punto de vista sobre qué ciudad esperan, cómo ven el mundo, qué harían para darle una vuelta de tuerca a lo que no funciona o, simplemente, cederles el micro de una puñetera vez y escuchar sus propuestas, ya que ni estos espacios son nuestros ni solo los de siempre llevan razón en sus ideas. He podido asistir varias veces a reuniones donde jóvenes han expresado lo que piensan sobre diferentes asuntos y os aseguro que tienen mucho más que decir que muchas de las personas que ocupan los estrados más relevantes de la ciudad. Saben lo que quieren, pero sobre todo lo que no. A sus cortas edades ya han estado currando fuera, conseguido alquilar un techo para vivir, pasan con lo justo y tienen tal lucidez mental que nos llevaría por delante a más de uno.
Las barreras existen, física y metafóricamente hablando. Mientras luchamos por el acceso a la vivienda, por un empleo digno, por la sanidad y la educación públicas, por espacios para la nueva y vieja cultura jaenera, nos olvidamos de escuchar a quienes son sus potenciales beneficiarios y actuales afectados. El pasado nos pertenece, pero el futuro no es nuestro, sino de esa masa que nos empeñamos en ignorar por culpa de la maldita idea de que no hay nadie que nos pueda dar una lección a estas alturas de nuestra vida. Dicha toda esta retahíla de cuñadeces, más nos valdría como primer paso convencer y persuadir, promocionando una participación y escucha activa que logrará que exista ese relevo del que hablo. Tampoco estaría mal ofrecerles un espacio físico para la reflexión donde se puedan reunir y dar forma a sus ideas. Y, si lo piden, entonces sí acompañarlos para poner en marcha sus proyectos. La implicación social es la única forma de creerse de verdad que cualquier cambio a mejor es posible. No me cabe duda de que el nuevo Ateneo jaenero lo hará, porque será sinónimo de una larga y fructífera vida.
Hacer lo contrario sería demostrar que nosotros somos cuatro «abuelos cebolleta» con más ganas de protagonismo que ideas frescas y poco vistas.