No sé si será por el calor o por el dominio de una fuerte desidia, pero lo cierto es que este año, lo que deberían ser jornadas de júbilo por la proximidad de la fiesta del Corpus Christi, se antojan unas vísperas vacías. De hecho, da la sensación de que todo está estancado y así queda muy lejos el ambiente que se vive en otras ciudades durante los días previos a esta “fiesta tan principal”.
Si ha existido una celebración que haya brillado en la historia de Jaén, no ha sido otra que el día del Corpus. La imagen de calles entoldadas y cubiertas con ramos de juncia, romero y mastranzo, ricas colgaduras en los balcones, arcos triunfales y altares, es la que se describe en la Crónica del Condestable y en las actas de los cabildos municipal y eclesiástico. Con estos ornamentos efímeros se sacralizaba la ciudad que, en este día, se asemejaba al interior de un templo.
Por eso, llama la atención el olvido que manifiesta el Ayuntamiento y el poco apoyo que recibe la comisión encargada de la organización de la festividad del Corpus. Con frecuencia, se recurre a la defensa de las tradiciones como seña de identidad, pero en este caso no es así. De hecho, parece que el Ayuntamiento –el actual y los anteriores– dejó de lado esta fiesta que, históricamente, y como todavía ocurre en muchas poblaciones, fue la solemnidad religiosa más municipal de todas y la celebrada con mayor esplendor. Un gesto tan sencillo como el de prevenir un poco de juncia para el recorrido procesional –u otras plantas aromáticas– se antoja una labor imposible, y colgar unas banderolas o algún toldo, con el carácter tan simbólico que tiene, a la par que práctico, se torna algo quimérico.
Esto hace que no exista sensación de vísperas, ni tan siquiera el día anterior. Cuando otros años las cofradías y los particulares han preparado los altares en la tarde del sábado, la ciudadanía ha respondido masivamente y ha llenado el recorrido de la procesión. Aunque se arguye que no compensa levantar un altar para solo unas pocas horas, quizá se podría plantear hacerlo otra vez desde la tarde anterior, aunque suponga el esfuerzo de contratar seguridad.
En resumen, parece que reina una profunda apatía por esta celebración que tanto supone para los creyentes y que tan identitaria ha sido, y debería ser, para esta ciudad. Todavía quedan unos pocos días para cambiar esta realidad, algo que es totalmente posible, siempre que haya interés por engrandecer esta tradición y el deseo de hacer un Jaén mejor.