Vuelve la burra al trigo. La burra, un servidor y el trigo, el casco antiguo de Jaén. En 2017, la Asociación Cultural Círculo Ánimas produjo y realizó un documental llamado «Historia de un olvido». En él, personajes de aquel momento de la sociedad jiennense de todos los gremios, política, cultura, empresarios, actores sociales, vecinos y otras buenas gentes, nos contaban su opinión sobre cómo los barrios que conforman el casco antiguo de Jaén podrían renacer, cambiar a mejor. Antes solía utilizar mucho de lo de «revitalizar», hasta que me di cuenta de que no era la palabra correcta, porque revitalizar significa «dar vida de nuevo», como si allí no viviese nadie. Y no, no es esta la forma correcta de hablar de estos barrios. Aquel documental terminaba con la pregunta, «¿Qué ocurre para que nada cambie?».
Nueve años después poco o nada se ha visto mejorado, más nada que poco. Suciedad, poco o nada de civismo al que se tiene miedo a sancionar, pintadas en las paredes de los edificios, basura fuera de los contenedores, personas que parecen haberse «adueñado» de ciertas calles, edificios en ruinas o casi, un cableado terrorífico que afea al máximo las calles, etc, etc, etc. Entiendo que una zona tan extensa como esta no puede cambiar de un día para otro, sobre todo estando el ayuntamiento en la situación económica en la que está. Pero, ¿nadie se ha preocupado en el dinero que la UE pone disponible para cosas así? Desde la pandemia hasta hoy, promovido sobre todo por la repercusión que ha tenido contar con cuatro Estrellas Michelín en la ciudad, el número de visitantes ha crecido de manera importante. ¿Qué pensará esta gente que decide gastarse su dinero en venir a conocer la ciudad cuando vean los errores que nadie parece querer enmendar?
No es la primera, ni será la última con toda seguridad, que escribo sobre esto, pero es que no me entra en la cabeza cómo, habiendo tantos y tantos ejemplos de otras ciudades y su bien hacer en sus respectivos cascos antiguos, aquí sigamos siendo una ciudad que parece quererse poco. Hay una leyenda desde tiempos inmemoriales que habla de la existencia de un plan especial de protección del casco antiguo de Jaén, el famoso PEPRI. Nadie parece haberlo visto nunca, y a los hechos me remito. Una paleta de colores impresentable en los edificios, contaminación visual de lo más feo del planeta, solares abandonados y repletos de bolsas y hierva. Vamos, un esperpento al que cuesta buscarle una explicación que no sea la dejadez y olvido de todo el mundo, vivan allí o no.
Eso sí, de palabras bonitas y de buenas intenciones cada cierto tiempo sí que vamos bien servidos. Pero la realidad es que todo sigue igual, nada cambia. Quizá lo que falta sea didáctica inmersiva, tanto para vecinos como para gobernantes locales. Hemos visto desaparecer edificios históricos tirados abajo por la propia Junta, otros por la agresividad tradicional del negocio del ladrillo y aquí nadie ha abierto la boca para detener la barbarie. Que si la catedral y el expediente de la UNESCO, que si hay que adecentar su entorno, que si esto, que si lo otro. Y, nada, oye, nada cambia.
Objetivamente, sin tener en cuenta los negocios de hostelería tan magníficos que tenemos y centrándonos solamente en el aspecto estético, ¿en serio les merece la pena a los turistas venir a Jaén, cuando pasear por sus calles requiere de un ejercicio de imaginación grandísimo? ¿Qué parte de culpa tiene la población en esta ecuación? Pues no sé qué decir, quizá fifty-fifty, qué sé yo. El caso es que entre todos lo mataron y él solo se murió, como se suele decir.
Por eso, cuando uno ve esos carteles en la autovía anunciando el casco antiguo de Jaén, solo puede pensar que es un despropósito. ¿Ni siquiera para llegar a un consenso tan importante como este están nuestros políticos locales a la altura? Mira que hay asuntos por los que discutir y pelearse, pero, ¿para devolver el esplendor a estas calle también? Pa mear y no echar gota, mire usted.
Esto no se arregla con rutas temáticas, ni con bancos en forma de nada, ni con un pasacalles del lagarto, ni con mil y una actividades que nos distraigan un rato. No. Esto es una carrera de fondo donde nadie se quiere sentar a dialogar para lograr un plan de futuro que necesita un día para iniciarse. Poquita fe tengo yo en esto, entendedme, porque pasan los días y parece que, incluso, todo va a peor.
Pero metamos un poco más el dedo en la yaga, a ver si a quien corresponda se le enciende la bombilla. ¿Por qué las asociaciones de vecinos del casco antiguo no se revelan de una santa vez y nos ponen a todos en nuestro sitio? Si el casco antiguo fuese lo que debería ser, sería una fuente de empleo importante para quien quiera buscarse la vida de manera autónoma, y, como he dicho antes, también hay ejemplos de esto por todo el país. Coño, ¿es que tampoco sabemos copiar lo que ha funcionado en otros pueblos y ciudades? ¿De verdad somos tan torpes? Así que a esas asociaciones de vecinos a las que presupongo valientes, desde esta ventana digital las animo a promover una concentración en la Plaza de Santa María el día que quieran para remover conciencias municipales. Ya está bien de buenas intenciones, de pan para hoy y hambre para mañana.
El turismo nos come por suerte y no estamos a la altura que los visitantes se merecen. Digan lo que digan los defensores acérrimos de Jaén (a los que, lógicamente me uno), no merece la pena pasear por las calles de estos barrios. Quien diga lo contrario es que no se le ha caído la venda. Quizá sea la desidia de los propios vecinos al ver año tras año que aquí nadie atiende a sus peticiones. Quizá sea también el alto nivel de cateterío patrio jaenero el que ha parasitado todo. En mi opinión, dentro de esa didáctica a la que me refiero, puede que tenga que empezar por quienes habitan el ayuntamiento cada cierto tiempo. Por supuesto, no seré yo quien avance las respuestas a preguntas que seguramente no sean las correctas, pero basta con darse un paseo por el viejo Jaén para comprobar que la vida sigue igual.
Yo he visto cómo los cascos antiguos de Vigo y Pontevedra han cambiado poco a poco y ahora son la envidia del país. Consenso, compromiso, seguridad, pero, sobre todo, el convencimiento de que son acciones buenas para todos y que repercutirían en la economía local. Y ahí están, orgullosos del trabajo realizado y sirviendo de ejemplo para el resto.
Si alguien quiere recoger el guante para un duelo, aquí estamos. Eso sí. Cuando uno acepta un reto que sea aceptando todas las consecuencias. Sobre todo, tener que escuchar lo que políticos y vecinos quizá no quieren oír. Y eso suele ser lo que más duele.