Régimen Abierto

Antonio Avendaño

El caso Zapatero

A ZP no lo salvará su pasado si ha hecho lo que el juez dice que ha hecho. La izquierda no puede hacer con él lo que la derecha con el rey emérito

Uno. Las reglas

El caso Zapatero ha dejado a la izquierda sin habla y a la derecha sin adjetivos. Para la izquierda, el expresidente socialista todavía puede, podría ser inocente; para la derecha ya es culpable, y no solo él, sino también Pedro Sánchez, y lo seguirán siendo incluso si algún día ZP es declarado inocente y a Sánchez le dan el Premio Nobel de la Paz. Diga lo que diga el Papa, esas son y seguirán siendo las reglas de juego de nuestra política, no escritas pero reglas, no obligatorias pero disciplinadamente cumplidas por todos.



Dos. La pregunta

La pregunta terrible no es si Zapatero es un delincuente, digamos incluso, poniéndonos en lo mejor dentro de lo peor, si es un delincuente de buena fe, que también existen, sino más bien si es un sinvergüenza, pues ni todos los delincuentes son unos sinvergüenzas ni todos los sinvergüenzas son unos delincuentes. ¿ZP es un delincuente, un sinvergüenza o la víctima de un celo desmedido que la Policía y la Justicia no han exhibido en otros casos y ante otros sospechosos?

Tres. La retransmisión

Con las causas penales ocurre que se retransmite en directo no ya el juicio oral sino todo el proceso de instrucción: los avances, los retrocesos, los informes policiales, las llamadas, los mensajes, las hipótesis, las declaraciones preliminares de testigos, de víctimas, de acusados, de letrados de uno y otro bando… Es lógico que policías, jueces o fiscales incluyan en sus informes conjeturas verosímiles sobre la culpabilidad del investigado: el problema es que, como tales conjeturas salen antes o después publicadas una y otra vez, el daño reputacional al investigado es irreparable si el juez, el fiscal o el policía se equivocaron en sus apreciaciones iniciales. La retransmisión en directo de una instrucción penal entraña este escalofriante peligro: que, como en Kafka, el proceso es la condena. 

Cuatro. El dibujo

Dicen los periodistas de tribunales de Madrid que el juez Calama que ha empapelado a Zapatero no es el juez Peinado. Es cierto: en principio y mientras no se demuestre lo contrario, el juez Calama no está en la lista de sospechosos habituales que visten toga y ni ponen ni quitan rey aunque, indiciariamente, sirvan a su señor. Aun así, el magistrado ha asumido sin matizaciones ni reservas el informe policial. La UDEF ha unido la línea de puntos y el dibujo que le ha salido es que ZP presionó a altos funcionarios del Gobierno para lograr la ayuda a Plus Ultra, que cobró mordidas por ello y que lidera una red internacional de blanqueo de capitales en la que participan sus propias hijas. Quizá en la línea de puntos habría que incluir a alguno de los agentes que hicieron el informe, pues sin su especial celo artístico quizá el dibujo final no habría sido el que conocemos.

Cinco. Ser o no ser

En principio, pues, Calama no es Peinado que persigue incansablemente a la mujer de Pedro; ni es la jueza Beatriz Biedma y la Audiencia de Badajoz que han mandado al banquillo al hermano de Sánchez; ni es ninguno de los cinco magistrados del Supremo que condenaron al Fiscal General; ni es el juez García Castellón que libró de la justicia a Mariano Rajoy y María Dolores de Cospedal; ni es tampoco ninguno de los magistrados del Supremo que buscaron y encontraron una extravagante interpretación del delito de malversación para así negarle a Puigdemont los beneficios de la Ley de Amnistía; ni es tampoco el juez Marchena que iba a controlar la Sala de lo Penal del Supremo desde atrás; ni es ninguno de los tres magistrados de la Audiencia Nacional -Juan Pablo González, Concha Espejel y Enrique López- apartados de los juicios del caso Gürtel por su afinidad con el PP y luego premiados con relevantes puestos de la judicatura por decisión del Consejo General del Poder Judicial. Es sorprendente lo extensa que es la lista de jueces que ocupan puestos relevantes y están claramente identificados con la derecha y lo breve que es esa misma lista en la izquierda.

Seis. La sospecha

Algunos jueces, seguramente pocos, ni quitan ni ponen rey pero… La rapidez de ciertas causas, la lentitud de otras; la severidad de ciertas sentencias, la indulgencia de otras; la inclusión injustificada de ciertas personas en una causa judicial, la exclusión no menos injustificada de otras; la celeridad en el cumplimiento de determinadas leyes, la resistencia a cumplir otras… La Justicia no puede permitirse las sospechas que se ciernen sobre algunos de sus miembros: tiene un problema de credibilidad extremadamente grave, porque si una sociedad no cree en la rectitud y ecuanimidad de los jueces, lo que está en juego no es únicamente la Justicia sino la propia sociedad, pues sin Justicia creíble no hay sociedad democrática viable.

Siete. El pasado

En todo caso, a Zapatero no va a salvarlo su pasado si ha hecho lo que el auto judicial sostiene que ha hecho. La izquierda no puede hacer con él lo que la derecha se empeña en hacer con el rey emérito: disculpar sus corrupciones a cuenta de los buenos servicios prestados al país. Las virtudes del pasado no borran los pecados del presente. Y si tales pecados son, además, los delitos de un sinvergüenza, mucho menos.