Otro año más de incendios terribles, de observar atónitos cómo nuestros montes desaparecen por las llamas ante la mirada triste y aterrorizada de quienes ven sus hogares cerca del fuego y de quienes, simplemente, aman el monte y la naturaleza. Otro año más donde los recursos públicos responden con mala o peor gestión por parte de quienes deberían actuar con políticas de prevención . Otro año más ante la impotencia de que no nos acercamos ni de lejos a lo que se debería hacer para conservar nuestro mayor tesoro: los bosques.
Y, claro. Otro año más también en el que salen de sus cavernas los de siempre, esos de «es que no te dejan coger ni una piña del monte», culpando, según ellos, a un ente que ni conocen ni se han preocupado en comprender qué persiguen: los «ecologetas». Manu Sánchez lo dijo hace poco. «Ganan por cansancio». Resulta agotador intentar explicar a esta gente lo que dice la Ley de Montes de 2003 (oh, sorpresa). Así que hagamos un pequeño resumen, a pesar de que, con toda seguridad, dirán que esto es inventado. Esta ley, aprobada durante el mandato de Aznar, obliga a los propietarios de fincas en montes a la limpieza de estas, con los permisos previos y con los medios que las administraciones ven más seguros. Con una declaración jurada, basta para la limpieza y desbroce para prevenir, o mitigar, los posibles incendios que puedan ocurrir. Pero, no. Para los de siempre la culpa de del Gobierno (el que esté), que no hace nada.
De entrada, la Ley de Montes dice que la vigilancia de esta limpieza corresponde a ayuntamientos y autonomías, no al Gobierno central. Pero, claro, es que ahora quien está en el sillón son los rojos, así que leña al mono, que ya sabemos que estas huestes se lo creen todo porque su inteligencia no está en duda (aquí iría el icono de la carita llorando de la risa). Yo mismo, un año más, he tenido que escuchar varias veces lo de la piña, pero como me prometí hace tiempo no rebatir nada de lo que esta legión de iluminados dice, me he limitado a morderme la lengua, con el peligro que conlleva envenenarme.
Sí que cansa, sí. El cambio de situación vital que me propuse el año pasado me obliga a no gastar ni una gota de saliva en tratar de explicar, como es el caso, que la realidad es todo lo contrario de lo que dicen sobre los montes, pero también es cierto que por ahora no he logrado que no me hierva la sangre. Porque estas mismas personas son las que te dicen, móvil en mano, «mira, mira lo que hacen los extranjeros ilegales. Sí, hombre, los que cobran las paguitas». De nuevo, sus cortas luces les impiden ver que son vídeos hechos con IA. O te ponen un audio de un desconocido quejándose de que no le dejan limpiar su finca. ¿Cómo creéis que es posible revertir esta situación de cortasluces primitivo? Quien tenga la receta que me avise, porque yo he perdido toda esperanza.
Es lo de siempre. En cuanto dicen tres palabras, descubres que ya las has escuchado en alguna tertulia de esas en las que salen sus dioses mediáticos. Ni siquiera se permiten el lujo de pensar por ellos mismos, de comprobar si las proclamas que lanzan son ciertas o no, de si les están engañando. Les da lo mismo. El caso es decir algo para parecer unos ilustrados.
El caso es que los montes siguen ardiendo y así será eternamente. No porque los «ecologetas» prohíban nada, sino porque los medios que se destinan y el control que los gobiernos autonómicos deben llevar a cabo son escasos o nulos. Más del 70% de la superficie forestal en España está en manos privadas y son estas personas las que están obligadas a limpiarlas, no los gobiernos. Pero, cuando no se hace nada para que se cumpla la ley y los ultras culpan a otros de lo que ellos no hacen, tenemos el pollo montado.
La ignorancia es tan peligrosa como, por lo visto, adictiva. Nadie siente vergüenza por su falta de conocimiento, por hablar de temas sobre los que no tienen ni pajolera idea, de repetir como loros lo que los peligrosos dicen en televisión. Se ha perdido el miedo al desconocimiento y, para colmo, se presume de ello.
No sé si los montes se limpiarán o no de ahora en adelante, ni si ayuntamientos y demás administraciones obligarán a los propietarios a hacerlo. Lo que sí sé, es que comencé a limpiar mi era tiempo atrás de gente así y os puedo asegurar que hasta tengo la piel más tersa. Pelo no me va a salir, pero dormir duermo mejor que nunca. Habrá quien piense que no parar los pies a estas hordas de iluminados trogloditas es darles carta blanca para continuar contaminando con mentiras la sociedad, pero ya os digo yo que es inútil. Van a seguir por ese camino hasta el final de sus días. La verdad no les interesa, solo alzarse con los amigos como poseedores del conocimiento. Si queréis convertiros en sus enemigos, preguntadles de dónde han sacado esa información, que os lo muestren. No olvidéis que estas personas son las mismas que se creen cualquier barbaridad, vídeos falsos hechos con IA que se ven a la legua y noticias fake que luego replican en sus propias redes. En fin, no dan para más.
Mientras tanto, los montes siguen en llamas hoy, mañana y siempre. ¿La culpa? Pues yo qué sé ya. Preguntadle a unas de estas personas, que ya sea de limpiar montes, de qué límites de velocidad están bien o mal puestos o del precio de la vivienda, saben más que nadie.
Mi mayor preocupación hoy es este tema del que se está hablando recientemente: la pérdida de «credibilidad» de los influencers esos, «creadores de ¿contenido?». ¿No os dan lástima? Ya verás tú cómo al final van a tener que vender sus posesiones para pagar el alquiler. Y todo por culpa nuestra, que somos unos desalmados que no se preocupan por lo mal que lo están pasando.
Los montes, dicen. Que se encarguen de limpiarlos los «ecologetas» y quienes defienden lo woke, sea lo que sea eso.
Antonio Reyes
El bar de la esquinaNi una piña
Más del 70% de la superficie forestal en España está en manos privadas y son estas personas las que están obligadas a limpiarlas, no los gobiernos