Creo que soy más yo mismo que cuando empecé a escribir este diario. Más que cuando quise amarla hasta lo profundo, perdiéndome en sus grutas. Y más, incluso, que cuando cerré los ojos, mirando a las estrellas, una madrugada de abril mientras caminaba tras Jesús.
No sé cuántas vidas he gastado. Pero sí quiero dejar escrito que solo quiero morir en ella. En su viento, en su desidia (que también es mía), en su esencia provinciana y en su majestuosidad escondida. He paseado en el frío de otras calles, otras gentes y otros mundos. Y no conozco más infierno que vivir en su ausencia.
El olvido posó su mano fría sobre mi pecho y sentí un palpitar de sangre en mi costado. La boca se me llenó de tierra, como a los muertos. Y escupí maldiciones que se perdieron por los caminos. Al regresar, las piedras del sendero herían mis llagas aún abiertas. Miraba el Cerro Pitas y una lluvia lenta se deslizaba por mí alma. Sabía que ya estaba cerca pero me faltaba el aliento para mirar al Alcázar y rendirme a sus plantas.
En mis delirios no vi a ninguno de los amigos de los que os cuento. Ni del caballero que moró en calle Maestra, ni del obispo enterrado. Tampoco del rey que trajo al Señor del Trueno al Convento de San Francisco. Ni siquiera del sabio judío que sembró sabiduría. Acaso tampoco de aquel que trajo tierra de Roma para fundar una Santa Capilla por la Inmaculada. Y menos aún de quien labró un relicario en su cabeza para guardar el Rostro de Dios. Sólo vi mi sombra solitaria vagando como un condenado a muerte que no verá más la luz.
Pero hoy he vuelto a ver la luz, creyendo no merecerla. Pues las olas del mar de olivos cerraron mis heridas. Y, allá por San Juan, la Torre del Concejo lanzaba al viento sus sones. Mientras en el rostro de don Antonio una sonrisa se intuía. Ahora sé que me esperáis, en aquella taberna de barrio que atesora tantas horas felices, de luz y gloria. Y mi pensamiento se ha acercado a su vientre, oyendo rugir al monstruo que la ha coronado de leyenda. Magdalena lloraba, pero sus lágrimas eran vida.
No. No voy a morirme lejos. Quiero volver a recostarme en la esquina de Valparaíso con Almenas. Quiero acariciar sus tatuajes por la Peñas de Castro y refrescar mi rostro en la Fuente de la Peña. Soñar en Jabalcuz y atravesar los Cañones, como quien no tiene miedo a nada, ni siquiera al espanto de haber vivido la muerte en una sala vacía.
Amanece y nadie camina por las calles. La soledad es el surco que va cerrando la herida. Por eso es que no me voy. Os quiero seguir contando que por vivir en su belleza condenaría todas mis vidas. Que nada vale la pena. Si no amas tu tierra, el mundo es una cueva. Y yo, prefiero ser plaza en primavera. Seré alma en pena. Seré poeta. Pero sólo lo seré abrazándola a ella. Entre flamenco y melenchones, guitarras de la Malena, sones de Cebrián por las calles, gritos de lunas yertas. Seguiré amando pues mi sangre pertenece a esta tierra.
Y firma esta carta un duende, un alma perdida, un poeta. Escribo a esa mujer con agua en su vientre y frente de estrellas. Con melancolía de provincia que nunca fue protagonista pero en la historia dejó huella. Seguiré amando, por los siglos de los siglos, por San Ildefonso y por San Juan, por San Lorenzo y por La Magdalena. Y por Santiago donde, antaño, pasó Jesús con su Cruz a cuestas. Soy tuyo por siempre, soy ese amante que llega al anochecer cuando ya todos han cerrado las puertas.