La noche cae en la ciudad vieja. He sentido el escalofrío del olvido en mi garganta. Y esta sombra que me vigila al compás de mis latidos. Es, acaso, la misma melodía que acompañaba mi niñez. Cuando las campanas anunciaban el día de fiesta, de olor a limpio, de risas por la calleja.
En estos días, las sillas de enea salen a las puertas para disfrutar del fresco. Ése que nos abandona durante tantas semanas quitándonos el aliento. Pero ahí están nuestros mayores, sabios como nadie. No hay mejor modo de hacer vecindad, unión. Los críos pasamos, no sin antes haber superado el examen de comunidad y habiendo repetido alegremente desde el origen de nuestros antepasados hasta el motivo por el cual nuestra abuela sacó diez minutos más tarde su silla. Porque esos minutos de ausencia para el resto de la calle suponía una eternidad. Eso era antes. Ahora, ya no. Ahora, el calor vacía las calles de cariño y las siembra de olvido. Ahora, el recuerdo se convierte en un cuchillo que se detiene en la aorta, suplicando una frase de perdón.
Pasaba por plaza Vieja hacia Valparaíso y me detuve a mirar las estrellas. Justo allí, recostando mi cuerpo sobre la verja que rodea el antiguo convento de San Francisco. Entonces, le vi acercarse. Vaciló un instante con intención de tirar hacia Campanas. Pero, tal vez, vislumbró mi sombra y decidió hacerme un rato compañía. Nunca antes se había atrevido a hablarme. Pero aquella noche de calor sofocante fue distinto.
Sus fieles perros jadeaban. Imagino que no sólo por calor. Puede que también se hubieran alterado con algún insulto. Todos hemos sido niños. Sí, todos hemos sido crueles alguna vez. Lo malo es que, al pasar el tiempo, se nos olvida que la inocencia no justifica el dolor. Y repetimos el mantra de que el tiempo lo cura todo. Pero no. Las heridas no cicatrizan por el tiempo. Las heridas cicatrizan cuando le devolvemos la dignidad al pasado. Y, de paso, nos convertimos un poquito más en humanos. Porque lo estamos olvidando…
Aquella noche sus ojos estaban tristes. Todas las noches estaban tristes pero nunca esos ojos me habían mirado tan de frente, suplicándome ayuda. No supe qué hacer. Únicamente hice un gesto con mi mano, indicándole que me empezara a contar. A veces, el mayor milagro que podemos hacer por nuestros semejantes es escuchar. Y él era ya casi sombra, como yo; como un ala que pasa y nos trae el perfume de un pasado que creímos perder. Pero el pasado siempre vuelve para recordarnos quienes somos, si nacimos para la injuria o para ser injuriados; si nacimos para el insulto o para el halago fácil; si nacimos desde lo humilde o para ser laureados.
Él creía conocer su camino. El abandono pesaba sobre sus hombros como una carga de hierro. Y se resignaba… hasta que llegaba el insulto. Y entonces hasta sus perros lloraban. Se revolvía contra su propio destino pero no hacia más que aumentar la burla. Y aquella noche me lo dijo. Me dijo que no podía más. En el vidrio de sus ojos del que se fueron desprendiendo lágrimas, recordé el agua que brotaba de Santa María y llegaba justo hasta el lugar de nuestro encuentro. Y se lo dije…
Yo le dije: “Octavio, algún día estarás orgulloso de ser hijo de su vientre, algún día te alegrarás de haber nacido en esta tierra…” Él simplemente asintió, como quien escucha a un charlatán de feria y desea que acabe ese absurdo soliloquio. Sus perros ya no jadeaban. Me miraban con atención. Pero Octavio lloraba. Se había abierto en canal al contarme el motivo de su dolor.
Largo tiempo permanecimos ambos en silencio. Uno al lado del otro. Esperando incansables a unos héroes que acabaran con el sufrimiento. Esperando a algún caballero Veinticuatro que pusiera las cosas en su sitio. Han pasado años y seguimos igual. Ya nadie nos ve. Tampoco a los perros que, algunas de estas noches calurosas, jadean con un llanto de olvido.
Sin embargo, hace unas horas, un rayo de luz ha empezado a colarse por plaza Vieja llenando el aire pesado de esperanza. Ha sido la primera vez que le he visto sonreír, sin más. Y en su mente nublada se ha posado el recuerdo de su bonito trabajo elaborando las sillas de enea. Las mismas que durante tantos años llenaron nuestras calles, a la hora del fresco, para hacer humanidad y crear vecindad. Es como si un relámpago se hubiese colado en nuestras vidas para decirnos que, a partir de ahora, ninguna abuela sacará su silla diez minutos tarde, ningún hombre se olvidará de devolver al olvido la dignidad que merece.
Yo ya me voy, es cierto que hoy está amaneciendo de verdad. Mientras camino hacia Valparaíso, no puedo evitar volverme para contemplar su sonrisa. Él sigue estando allí, en el mismo lugar con sus perros. Veo su silueta dando luz a la plaza, es todo un alegato a la dignidad humana, a su dignidad.
Ojalá mañana a la noche, cuando mi sombra salga a pasear las viejas calles, Octavio siga allí. Ese es su lugar. Los hombres buenos no siempre son los que hacen cosas notables. Muchas veces los hombres buenos son aquellos a los que la vida golpea sin piedad.