Hace un tiempo, un buen amigo —naturalista, ornitólogo, ecologista, fotógrafo de la naturaleza y fiel lector de este «loco del sendero»— me sugirió que vertiera en palabras la esencia de un lugar sagrado para los giennenses: la Cañada de las Hazadillas.
Peregriné a este paraje y me senté junto a la fuente, al amparo del gran nogal que ofrece su sombra providencial en los estíos y que, al llegar el otoño, tiñe el agua con el llanto dorado de sus hojas. Al comprender que aquel árbol era el testigo más antiguo de este enclave, le pregunté por la memoria del lugar. En ese instante me invadió una punzada de timidez y me dije: «¿Cómo pretendes que no te llamen loco, si has empezado a conversar con un árbol?».
Sin embargo, el asombro interrumpió mis dudas cuando aquel anciano de la cañada, el nogal que custodia el manantial, comenzó a desgranar su crónica con una elocuencia inaudita. Era una voz vieja con latido de niño; un susurro que se filtraba en mi mente con la serenidad que solo otorgan el paso de los siglos y la quietud de unas raíces profundamente hundidas en la tierra.
—Hará casi cien años —comenzó—, unos serranos que fatigaban las pequeñas hazas de labranza de esta cañada plantaron legumbres y frutales —entre los que me incluyo— para asegurarse el sustento cerca de sus cortijos. Pero el tiempo fluyó y la vida de vosotros, los humanos, mudó de rumbo. Buscasteis el refugio de los núcleos urbanos, seducidos por los servicios y comodidades que el desamparo de la sierra no puede ofrecer. Y nos abandonasteis a nuestra suerte. Los campos dorados de labranza se desvanecieron y, con ellos, muchos de mis hermanos frutales.
Una vez que el hombre se enclaustró en su jaula de ladrillo y asfalto, sintió la imperiosa necesidad de retornar, de tarde en tarde, a su estado primigenio, ansiando un sorbo de libertad salvaje. Fue entonces cuando comenzaron las repoblaciones a mi alrededor: pinos carrascos, piñoneros y chopos poblaron la ladera. Un bosque al gusto de los nuevos tiempos; un manto verde pero vulnerable, quizás por no ser el más autóctono... aunque esa es otra historia.
Cuando la penumbra del pinar cubrió la zona, los hombres encauzaron el agua viva y levantaron fuentes de piedra, flanqueadas por mesas y bancos de ese mismo material gélido. Más tarde, la madera de los propios pinos sustituiría a la piedra. Asfaltaron el viejo camino de tierra para facilitar el acceso de aquellos entrañables utilitarios de la época: los Seat 600 y los Renault 8.
Así nacieron los llamados "domingueros", bautizados por la tregua del domingo, ese único día para escapar del estrépito y el humo de las urbes. Necesitaban oxigenar el alma y respirar el aire puro que yo exhalo a través de mis estomas. Para el recreo de los niños, justo a mi espalda, alzaron un fuerte que emulaba las leyendas del lejano Oeste americano. Tenía torres de vigía, escaleras y, a su alrededor, caballitos, una gran serpiente y columpios tallados en los troncos de mis hermanos caídos. Pero un día, aquel parque de la infancia también se esfumó. España se integraba en la Unión Europea y el progreso trajo nuevas normas; desmantelaron aquel escenario por estrictas razones de seguridad infantil.
Cada fin de semana, el eco de las familias inundaba la cañada. En los merenderos cocinaban paellas y doraban barbacoas, buscando en el humo del fuego el sabor ancestral que la ciudad les había arrebatado. Pero mi vejez no solo se ha entretenido con el vaivén dominguero. Me envuelve un latido constante de aves, reptiles y mamíferos que me confían sus secretos cuando la soledad regresa. Y entre los humanos, distinguía yo a otra estirpe: la de aquellos que cargaban la mochila a la espalda... Espera, te recuerdo bien desde que eras un muchacho. Tú eras uno de ellos. Te recuerdo inclinándote para llenar tu cantimplora con el agua helada de esta fuente.
Me sobrecogió el alma saber que aquel viejo nogal me reconocía, y me sentí indisolublemente unido a él al saberme guardado en su memoria de corteza y savia.
—Con el devenir de los años —prosiguió el anciano— aparecieron los ciclistas e, incluso, algún descerebrado a lomos de su moto de trail, profanando senderos y veredas con el rugido de sus motores y el desgarro de sus ruedas de tacos. Pero mi tiempo es lento y aquí permanezco, regalando todavía mi sombra y mis nueces. Hoy, el rumor de los domingueros ha menguado, cediendo el paso a una marea de senderistas, montañeros y ciclistas. Os observo en silencio: la inmensa mayoría sabéis amar y respetar el entorno. Aunque, como siempre, nunca falta algún "delincuente" medioambiental que hiere el monte con sus basuras o desafía al peligro encendiendo fuegos en épocas prohibidas. Esta es, a grandes rasgos, la crónica de la cañada donde se cultivaban las hazas de tierra; la historia que nos dio el nombre de Cañada de las Hazadillas.
Me despedí abrazando su tronco rugoso, empapándome de su vitalidad telúrica. Comprendí entonces que abrazar a un árbol no es un delirio de locos, sino el acto más puro de quienes aman la vida ancestral y auténtica.
Nos vemos en los senderos de Jaén. Y recuerda: si has de dejar una huella a tu paso, que sea solo la de tu pisada en el barro. Mi amigo el nogal, junto a todos sus hermanos de hojas y plumas, te lo agradecerá eternamente.