Palomos de papel

Manuel Palomo

Jaén regula las terrazas y media ciudad pierde la oficina

La nueva normativa municipal ha conseguido algo histórico: que en Jaén se hable más de metros cuadrados que en una inmobiliaria de Madrid

En Jaén las terrazas ya no son terrazas. Son suelo estratégico municipal. Tú antes salías a tomar un café y ahora parece que vas a pedir una licencia de obra menor.

La nueva normativa municipal ha conseguido algo histórico: que en Jaén se hable más de metros cuadrados que en una inmobiliaria de Madrid. El camarero ya no pregunta:

—“¿Dentro o fuera?”
Ahora directamente parece aparejador:
—“Esa silla entra en zona permitida, pero el cenicero invade espacio peatonal de alta complejidad.”

El jubilado jiennense está completamente desconcertao. Lleva cuarenta años sentándose en la misma mesa, en el mismo bar y mirando a la misma gente pasar cuesta arriba sudando, y ahora resulta que su velador favorito necesita más permisos que una central nuclear.

Porque en Jaén las terrazas no son hostelería. Son patrimonio emocional. Hay gente que pasa más tiempo en una terraza que en el salón de su casa. Algunos jubilados ya no dicen:
—“Voy al bar.”
Dicen:
—“Voy a la oficina.”

Y ojo, que aquí encontrar una mesa libre tiene más mérito que aprobar unas oposiciones. El jiennense desarrolla desde chico una capacidad visual espectacular:
detectar una silla vacía a tres calles de distancia mientras cruza una cuesta con cuarenta grados y una barra de pan debajo del brazo.

Además, en Jaén las terrazas tienen vida propia. Tú pones dos mesas y al mes aquello ya parece una expansión territorial del Imperio Romano. Empieza ocupando una esquina y termina invadiendo media acera, dos aparcamientos y parte del término municipal de Mengíbar.

Luego están los vecinos, que tienen razón… pero también horario fijo para asomarse a protestar. Porque en toda calle jiennense hay un señor en bata controlando el volumen de las tapas como si fuera la OTAN.

Los hosteleros dicen que así no se puede trabajar.

Los vecinos dicen que así no se puede dormir.
Y los jubilados dicen que así no se puede vivir, porque les están quitando el despacho oficial donde llevan arreglando España desde 1998.

Mientras tanto, el Ayuntamiento intenta poner orden. Cosa dificilísima. Porque organizar las terrazas en Jaén es como intentar dirigir tráfico en una boda con barra libre.

Y aun así, todos sabemos la verdad:
la terraza jiennense sostiene más la estabilidad social que muchas instituciones públicas.

Ahí se habla de política sin arreglar nada.
Se critica al alcalde, al Gobierno y al VAR.
Se recomienda traumatólogo.
Se comenta quién se ha divorciado.
Y se decide si este año hace más calor que el anterior, debate científico que dura ya unos veinticinco veranos.

La realidad es que el jiennense no quiere una ciudad sin terrazas.
Quiere sombra, una cerveza fría y alguien diciendo:

—“Pues yo esto antes no lo veía así.”

Porque si algún día desaparecen las terrazas, Jaén se queda sin bares… y media población jubilada sin oficina fija.