El senderista loco

Miguel Ángel Cañada

Mata Bejid: Memoria viva y raíz de piedra

No vengo hoy solo a nombrar un lugar, vengo a despertar una memoria

 Mata Bejid: Memoria viva y raíz de piedra

Foto: EL SENDERISTA LOCO

Mata Bejid.

El Senderista Loco os habla, sí, de un paraje hermoso, de una finca vestida con siglos, pero también —y quizá, sobre todo— de una herencia invisible. Porque mi sangre reconoce estos caminos, y esa afinidad antigua carga de emoción cada palabra que aquí se posa.

Mata Bejid no es únicamente una aldea. Es la respiración completa de una tierra. Un territorio donde la historia y la naturaleza aprendieron a caminar juntas, en el término de Cambil, en el corazón profundo de Sierra Mágina, allí donde la piedra recuerda y el agua insiste.



Pisamos senderos de polvo y raíz, pero avanzamos también por corredores intangibles. Caminamos el tiempo. Lo atravesamos. Nos dejamos llevar por sus pliegues, como quien se adentra en un sueño heredado.

Hubo un tiempo en que Mata Bejid fue vigía. En la Edad Media, su castillo —musulmán primero, rehecho después— alzaba su mirada de piedra sobre el paso hacia Torres, custodiando el puerto de Almadén. Fortaleza y frontera. Silencio armado.

Y como toda tierra de frontera, fue herida y disputada. Cristianos y musulmanes la tomaron y la perdieron hasta que, finalmente, los Reyes Católicos cerraron el ciclo y la donaron a Jaén, fijando la historia como se fija un nombre en la memoria.

Luego llegaron los siglos lentos. Los frailes basilios habitaron el lugar con paso humilde y fe persistente. De su convento quedan restos y, de su paso, una leyenda oscura: se dice que entre rezos y sombras llegaron a falsificar moneda, como si la necesidad hubiera aprendido a rezar.

El siglo XIX trajo el desgarro. Mendizábal y su desamortización rompieron el antiguo orden. Mata Bejid dejó de ser sagrada y pasó a manos privadas. Nada volvió a ser igual. Todo comenzó a transformarse.

La Mata —así la llaman aquí— tuvo nuevos dueños: Pedro Bosch y Labrús primero; después, el torero Ricardo Torres, «Bombita». Y entonces aparece mi bisabuelo, al que llamaban «el Negro», administrador de la finca, guardián discreto de un mundo que no hacía ruido.

Aquí nació mi abuela Dolores.

Aquí aprendió a respirar una bondad antigua, de esas que no se enseñan, solo se heredan.

Ella es la raíz más profunda de este relato.

La aldea quedó detenida en un gesto elegante. Romántica. Fiel a la Belle Époque. Como una postal que el tiempo olvidó doblar. Sus edificios, su disposición, su forma de estar en el mundo hablan de otra cadencia, de otra manera de habitar la vida.

Persisten las huellas: la casa del administrador, donde vivieron los míos; el Caserón, hogar de los señoritos; las fuentes —la de los Leones, la de las Ranas— junto a una iglesia pequeña y serena. Y el agua, siempre el agua, filtrándose entre las rocas, nacida del invierno blanco de las cumbres, cayendo en cascadas hasta reposar, por fin, en el estanque de la aldea.

Los árboles custodian el recuerdo: chopos, encinas, plátanos de sombra centenarios. Y un jardín vencido por el abandono, sí, pero aún capaz de mostrar, como un susurro, la grandeza de lo que fue.

Yo seguiré caminando estas sendas de Jaén, hechas de tierra y de historia.

Tú, lector, entra despacio.

Escucha.

Y escribe también tus propias huellas.