Enfrentado al poder de los Médicis, el dominico y ascético Girolamo Savonarola, nacido en Ferrara en 1452, fue una figura clave en la Florencia del Renacimiento donde se hizo famoso por sus profecías de gloria cívica, su defensa de la destrucción del arte y la cultura seculares y sus llamamientos a la “renovación” cristiana. Fue impulsor/organizador de la célebre “hoguera de las vanidades” de 1497, en la Piazza della Signoria, donde se obligó a los florentinos a arrojar sus objetos de lujo, sus vestidos y perfumes, y los libros considerados licenciosos, incluidos los de Boccaccio. Enfrentado al Papa Alejandro VI, Savonarola predicó contra el lujo, la depravación de los poderosos, la corrupción de la Iglesia católica y la sodomía que, a su juicio, invadía la Toscana donde vivió. Excomulgado, fue encarcelado y condenado a la hoguera por la Inquisición. En 1498 murió ahorcado y quemados sus restos que, para evitar reliquias, se derramaron en el río Arno. Su obra se incluyó en el Índice de libros prohibidos.
En 1987, el periodista y escritor norteamericano Tom Wolfe publicó una novela con el título “La hoguera de las vanidades”, satirizando abruptamente las costumbres de la ciudad de Nueva York en la década de 1980 y recreando el cínico universo de los adinerados e hipócritas ejecutivos del mundo de las finanzas y su interacción con el resto de la sociedad. La novela fue adaptada al cine en 1990 y la película, con el mismo título, dirigida por Brian de Palma y protagonizada por Tom Hanks, Bruce Villas y Melanie Griffith. La película fue un éxito rotundo: crítica duramente la hipocresía y el juego de apariencias e intereses en el que las convenciones sociales cambian de acuerdo a las conveniencias del momento.
He recordado esta historia al reflexionar sobre el mundo actual en cuya cúspide habita el increíble (nadie cree lo que dice) Donald Trump. Un mundo que lucha por el poder y está dirigido por magnates de las finanzas que solo piensa en incrementar sus ganancias y se olvidan de los demás. Pero la película es, sobre todo, una sátira sobre la vanidad, la codicia y la búsqueda del éxito a toda costa, y demuestra la fragilidad del poder y del propio éxito frente a la hipocresía social; la vanidad actúa como una hoguera que consume a quienes viven solo de apariencias y de manipular la verdad frente a la opinión pública. Retrata, como ahora ocurre, la avaricia desenfrenada de las elites, desconectadas de la realidad y proclives a manipular la información, creando hogueras públicas que devoran a los individuos en sus propias ambiciones. No sé si ese será el destino del actual presidente de USA que, en el colmo de los despropósitos, encarga los asuntos que nos importan a todos (seguridad mundial, fin de las guerras en las que se embarca) a su yerno y a un viejo amigo, mientras su mujer preside (por ahora solo una vez) en nombre de los Estados Unidos un Comité de la ONU. El poder y la codicia sin límites siempre alimentan un fuego que puede terminar consumiendo a los propios personajes y a quienes les rodean.
En su “Ética a Nicómaco” (libro II, capitulo II), Aristóteles escribe que un tratado de moral debe ser, ante todo, un tratado práctico, porque “no nos consagramos a estas indagaciones para saber lo que es la virtud, sino para aprender a hacernos virtuosos y buenos; porque, de otra manera este estudio sería completamente inútil”. Desde esa perspectiva, la idea del liderazgo nos permite creer que el líder no es siempre el más poderoso; sin embargo, es el que marca el camino y hace que los demás le sigan. Y, aunque muchos se empeñen en lo contrario (los consultores, por ejemplo), no todos podemos ser líderes, porque aunque el líder nazca, solo se hace con formación y estudio. Todos deberíamos saber que el método más idóneo, el instrumento más eficaz que el líder tiene para gestionar estudio la coherencia, además del ejemplo, y ambas -coherencia y ejemplo- no son atributos que adornen al presidente Trump, aunque el se lo crea.
Son épocas de sufrimiento, y a mi me importa lo que está ocurriendo en el mundo por culpa de dirigentes fatuos, sátrapas redivivos que se creen dioses y, como son mentirosos, crean mentiras y falsedades en serie dirigidas a las masas para poder manipularlas. Estamos viviendo tiempos de ucronía y recuerdo a Stefan Zweig que escribió una hermosa biografía de Erasmo de Rotterdam, el primer y gran humanista del Renacimiento, y al referirse al tiempo que le tocó vivir “al primer europeo consciente de serlo” dejó una extraordinaria descripción de lo que representó aquella época: “…se trata de uno de esos típicos momentos en que la humanidad se ve, por así decir, desbordada por sus propios logros y tiene que emplearse a fondo para estar a su propia altura”. Y estar a la altura es no resignarse.