Por no irnos demasiado atrás, me pregunto cuántas veces habrá sido insultado (o ensalzado, vaya usted a saber) el emperador Donald Trump -a cualquier hora y en cualquier lugar del universo mundo- en los últimos quince días de este año 2026 que ahora despierta. Millones y millones de veces, estoy seguro; y no tanto por lo que dice y hace, que también, sino por como lo dice y lo hace: definitivamente, el presidente de los Estados Unidos de América se ha creído que es el amo del, por ahora, llamado mundo occidental lo que incluye ignorar/incumplir las leyes y los compromisos firmados, además de hacer lo que le venga en gana, practicar si le apetece el derecho de pernada y que sus súbditos le laman el culo, nos arrodillemos ante él, le rindamos pleitesía y aceptemos sus reglas aunque nos perjudiquen con singular dureza. Eso significa que se ha impuesto, y no sabemos hasta cuando, la razón de la fuerza. No exagero si escribo que Trump, elegido democráticamente por 80 millones de personas, es ahora un dirigente maleducado, imprudente, que dice tener sus límites en su propia moral y, por tanto, se comporta como un autócrata narcisista, furibundo y muy peligroso, además de irresponsable. Trump se ha creído dios, y ahí estamos, adorándole…
Y, como hemos escrito repetidamente, al hablar de responsabilidad hay que hacerlo con palabras del premio Nobel de Literatura Willian Faulkner, pronunciadas hace casi setenta y cinco años en el Delta Council de Cleveland: “De eso hablo, la responsabilidad: No solo el derecho sino el deber del hombre de ser responsable, la necesidad del hombre de ser responsable si desea permanecer libre; no solo responsable ante otro hombre y de otro hombre sino ante sí mismo; el deber de un hombre, el individuo, cada individuo, todos los individuos, de ser responsables de las consecuencias de sus actos, pagar sus propias cuentas, no deberle nada a otro hombre..."
Desde la responsabilidad así entendida, y en los difíciles tiempos que corren, deberíamos reflexionar acerca de una ética práctica para líderes y dirigentes: políticos, empresariales o institucionales, que tanto monta. Aristóteles nos enseñó que el mejor tratado de moral es siempre un tratado de razón práctica. Y la ética no es otra cosa que cumplir, desde la dignidad y el compromiso, con lo que deba hacerse en cada momento. La búsqueda inagotable de normas relativas a un "aquí" y "ahora", que se engarzan con los valores cuyo ejercicio también nos legitima: democracia, libertad, decencia, igualdad, fraternidad, solidaridad... Difícilmente pueden ilusionarse y dirigirse personas sin comportamientos éticos que no se basen en relaciones de confianza porque no habrá porvenir para nadie sin una conducta empresarial, personal, política o institucional capaz de exigirse, de cumplir sus compromisos y de dar cuenta cabal de sí misma.
Las sucesivas crisis de los refugiados/inmigrantes destaparon lo que Francisco llamó la “globalización de la indiferencia” porque, en el fondo, nos importaba poco lo que ocurría un poco más allá de nuestro circulo más íntimo o de nuestros intereses económicos, y más aún que solo veinticinco o veintiséis familias atesoren más dinero que cuatro mil millones de seres humanos, según constatan los informes de Intermón Oxfam. Decía Nuccio Ordine que la política neoliberal ha descuidado los dos pilares de la dignidad humana: educación y salud. Y es cierto: Los políticos, que nunca piensan en las generaciones venideras sino en las próximas elecciones, han olvidado que los países ricos lo son porque, cuando no lo eran, supieron invertir en educación, salud y en bienestar común; muchos otros paises, con dirigentes ineptos, esperamos a ser ricos para hacerlo. Y esos dirigentes son, normalmente, egocéntricos que sacrifican todo con tal de conseguir sus fines personales, sin importarles cuales sean. El egocéntrico no sirve a ningún ideal porque mira continuamente a su ombligo como motor de su vida.
Y una Europa insolidaria y muda que, según parece, lucha cada día por su destrucción, y buena parte de los países del primer mundo, a pesar de las enseñanzas de las crisis económica, y de todas las crisis, no han hecho nada para cambiar y, por razones que no alcanzo a comprender, se niegan a repensar las bases de un mundo mejor, a seguir avanzando y a perseguir la utopía que, como escribió Galeano, está en el horizonte... Los humanos, y no solo nuestros dirigentes, hemos creído que, tras vencer alguna crisis, éramos merecedores, como Belerofonte, de subir al Olimpo a lomos de Pegaso, el caballo alado. Y olvidamos que fue Zeus, el padre de todos los dioses, quien para castigar el orgullo infinito de Belerofonte, envió un tábano que picó y encabritó a Pegaso y dio con Belerofonte en tierra donde, tullido y ciego, vagó y vivió el resto de sus días como el humano mortal que siempre fue. ¿Será ese el final de Donald Trump y de sus secuaces…?