Estilo olivar

Juan José Almagro

El orden mundial

No es un buen ejemplo, siendo el protagonista presidente de USA, mentir, inventar hechos o actuar como un matón

A finales del año pasado compré un ejemplar de “Las fuerzas que mueven el mundo”, editado por Ariel y creado por el Orden Mundial. Un precioso, recomendable y premiado texto que es referencia en el análisis internacional porque, a través de mapas e infografías extraordinarias, la obra explica y condensa las claves geopolíticas, económicas y tecnológicas más actuales y recorre las grandes transformaciones de nuestro tiempo. Es una excelente guía y un ejemplar de consulta para entender lo que pasa ahora en este cambiante e inconexo mundo. Yo estaba feliz con mi compra y entusiasmado con lo que el libro nos enseñaba, pero dadas las actuales circunstancias y los acontecimientos que se suceden cada día, voy a escribirle a Trump para que tenga a bien adelantarme lo que piensa hacer en el inmediato futuro (algo ya sabemos) para, aunque sea como adenda, incluirlo en mi libro y actualizar mis conocimientos. Sufro mucho con la incertidumbre de no saber nada sobre el futuro inmediato de Venezuela o México, que va a pasar con Canadá o Groenlandia, con Gaza o Ucrania o -vaya usted a saber- con esta ONU privada (Junta para la Paz se llama) que el presidente de Estados Unidos se ha sacado de la manga ofreciendo el “Club” a países socios previo pago de una membresía de mil millones de dolares. Naturalmente, los países serios le han dicho que no a este tinglado del que el propio Trump será presidente “in aeternum” y con derecho de veto. Cuando me pongo a reflexionar, soy incapaz de encontrar mayores despropósitos que los que, sin encontrar resistencia y jaleado por los suyos y por cobardes chupamedias en medio mundo, Trump ha protagonizado a lo largo del primer año de su segundo mandato. Y lo que nos queda…

No es un buen ejemplo, siendo el protagonista presidente de USA, mentir, inventar hechos, actuar como un matón, saltarse las leyes, no respetar a las personas, imponer su voluntad por encima de las normas, crear el ICE para expulsar del país a inmigrantes y a menores de edad, entrar sin mandato judicial en las casas y dar por hecho que sus deseos son ordenes; tampoco -paradigma de la sinvergonzonería-mezclar negocios con decisiones políticas y encargar a su yerno, como así parece, la reconstrucción de Gaza para convertir a la franja en un resort para ricos en el que solo se beneficiaran  los amigos. La propia familia Trump, dicen los que saben, ya ha ganado miles de millones de dólares desde que Donald ocupa la presidencia de Estados Unidos.

El ejemplo, el buen ejemplo, es un modelo de comportamiento, personal y profesional, que debería exigirse a los padres, a los profesores y a todos los que -con mando- trabajan en una empresa o en cualquier institución, más cuando se sirven intereses públicos. Ante la creciente pérdida de confianza de dirigentes, empresas e instituciones, aparece la transparencia como un “nuevo imperativo social” (Byung Chul-Han, reciente premio Princesa de Asturias) que los ciudadanos deberíamos promover y exigir a nuestros dirigentes. Rendir cuentas nunca es una humillación sino una obligación y una señal de respeto, y quien ostenta el poder es siempre tributario de responsabilidad. La empresa y sus dirigentes, pero también y muy especialmente los políticos (que se olvidaron de ofrecernos y enseñarnos los ideales que no tienen), deberían ser los protagonistas principales en la creación de la consciencia del mundo actual y en la construcción de un camino de ida y vuelta que nos dirija, como los ciudadanos anhelamos, hacia el progreso común y a un modelo de desarrollo que nos libere de iniquidades y satisfaga las necesidades humanas, que no otra cosa es el bien común. Muchos estamos convencidos de que esa ruta -sin atajos y sin precipicios- pasa por el compromiso y por la responsabilidad, estrategias imprescindibles para conseguir el ideal de un mundo diferente y mejor. Y ello es posible porque las empresas y las instituciones no son malas en sí mismas. Son malas cuando transubstancian mal. Las buenas transubstancian bien: crean cultura que enriquece, los vicios individuales se convierten en bienes colectivos, el propósito en acción y en compromiso, la debilidad en fuerza, las palabras en hechos y el ejemplo, siempre el ejemplo, en santo y seña.



Debemos exigir a los mandamases vergüenza y comportamiento ético, que no es otra cosa que cumplir, desde la dignidad, el respeto y el compromiso, con lo que deba hacerse en cada momento; la búsqueda de valores cuyo ejercicio nos legitime: democracia, libertad, decencia, igualdad, fraternidad, solidaridad… La ética nos demanda que los hechos no se conviertan en retórica, ni el bien común en ambiciones personales y exige el ejemplo constante porque favorece la respetabilidad, multiplica la buena reputación y es causa de regeneración interior. Di lo que debes y haz siempre lo que dices, escribió Séneca, y a ese comportamiento se le llama coherencia. Trump es incoherente, mira por donde, y además de muchas cosas (malas), un pedazo de Narciso, el mortal que, según la mitología griega, era hijo de Cefiso y de la ninfa Liriope; destacaba por su belleza y porque ocultaba una enorme soberbia y un desdén insoportable y acabó convirtiéndose en una planta a la que dio nombre porque simboliza la soberbia, el egoísmo y la vanidad, como el mismisímo Donald…