La mañana del 24 de febrero amaneció con un aire extraño en el Congreso de los Diputados. Apenas habían pasado unas horas desde que los diputados salieran, todavía con el pulso acelerado, del hemiciclo donde el día anterior el teniente coronel Antonio Tejero había protagonizado la intentona golpista que mantuvo en vilo a todo el país.
A la salida del Congreso se respiraba una mezcla de alivio, cansancio y fraternidad improvisada. Los diputados se abrazaban, se daban palmadas en la espalda, sonreían con esa sonrisa nerviosa de quien ha mirado al abismo y, por fortuna, puede contarlo.
Entre ellos caminaban juntos Cándido Méndez y Fernando Calahorro, ambos diputados por Jaén. Avanzaban despacio, comentando la jugada, rumbo al cercano Hotel Palace. No era momento de discursos grandilocuentes, sino de café caliente y conversación serena.
Y fue entonces cuando apareció en escena un personaje digno de sainete andaluz.
Un jiennense, natural de Escañuela, conocido en toda la provincia por su izquierdismo militante. Se decía —y él no lo negaba— que tenía a la vez el carné del PSOE y del PCE. No por oportunismo, sino, según proclamaba con orgullo, “por la unidad de la izquierda de la gente decente”. Aquello, en sí mismo, ya era una declaración de principios… y de carácter.
Vestía una gabardina larga, de esas que dan más misterio del necesario. Se acercó con paso decidido. El ambiente aún estaba cargado de tensión. Bajo la gabardina, de manera imprudente y absolutamente fuera de lugar, llevaba un arma recortada que, llevado por los nervios del momento, enseñó levemente al dirigirse a Fernando Calahorro.
—¡Calahorro! ¿Por dónde empezamos?
La frase, que pretendía sonar revolucionaria, cayó como un ladrillo en mitad de una mañana que pedía exactamente lo contrario: calma.
Fernando Calahorro, lejos de alterarse, reaccionó con una mezcla de sangre fría y sentido común que hoy, con el paso de los años, casi resulta entrañable. Se acercó, lo abrazó con naturalidad y le dijo en voz baja:
—Guarda el arma, hombre… que no está el ambiente para nada.
Aquella respuesta fue más elocuente que cualquier discurso parlamentario. No era tiempo de empezar nada con armas. Era tiempo de terminar con ellas.
El jiennense, desconcertado por la serenidad del diputado, bajó la mirada, cerró la gabardina y, según cuentan, terminó acompañando al grupo hasta las inmediaciones del hotel, ya sin ínfulas de epopeya.
Hoy lo recuerdo como anécdota, con el humor que permite la distancia y con la seriedad que exige la memoria. Porque aquel 24 de febrero no fue un día cualquiera. España estaba aprendiendo, a golpe de susto, que la democracia no se defiende con bravuconadas, sino con temple.
Y quizá la mejor lección de aquella escena no fue la frase exaltada de “¿por dónde empezamos?”, sino la respuesta tranquila que la desactivó.
A veces, la historia no cambia por grandes gestas, sino por un abrazo a tiempo y un “guarda eso, que no toca”.
Esta anécdota es real y forma parte de los recuerdos vividos en aquella jornada histórica.
Manuel Palomo
Palomos de papelCalahorro, ¿ por dónde empezamos?
A veces, la historia no cambia por grandes gestas, sino por un abrazo a tiempo