Palomos de papel

Manuel Palomo

Entre el verde y el olivo: cuando el himno se queda en susurro

“La bandera blanca y verde vuelve, tras siglos de guerra…”. “¡Andaluces de Jaén, aceituneros altivos…!”

Cantamos. Nos emocionamos. Nos sabemos las estrofas. Pero después, ¿qué?

El Himno de Andalucía nos llama a levantarnos, a pedir “tierra y libertad”, a no caer en la resignación eterna. Es un canto nacido del andalucismo histórico, impulsado por Blas Infante, que entendía la identidad no como folklore, sino como conciencia y acción. Sin embargo, en demasiadas ocasiones, en Jaén convertimos ese “levantaos” (hasta que no nos roben el sofá) en un eco suave, casi protocolario, que suena fuerte en el teatro… y se apaga en la calle.

Y mientras tanto, resuena la voz de Miguel Hernández en Andaluces de Jaén:
“¿Quién levantó los olivos?”.

La pregunta no era poética: era política, social, colectiva. Era una interpelación directa a un pueblo trabajador, digno, capaz de sostener con sus manos la tierra más áspera y hacerla fértil. Hoy podríamos reformularla: ¿quién levantará la voz?

Porque la paradoja jiennense duele. Somos herederos de aceituneros “altivos”, pero a veces practicamos una humildad que roza la indiferencia. Vemos cómo se agravan problemas estructurales —infraestructuras eternamente prometidas, fuga de talento joven, precariedad laboral, abandono institucional— y la reacción social rara vez desborda la queja en corrillos o el desahogo en redes.

No se trata de épica vacía ni de pancartas permanentes. Se trata de coherencia. Si el himno proclama “Andaluces, levantaos”, ¿qué significa levantarse en 2026? Quizá no sea sólo manifestarse; quizá sea organizarse, exigir, preguntar, fiscalizar, participar en asociaciones, acudir a plenos, respaldar plataformas ciudadanas, no resignarse a que “aquí siempre ha sido así”.

Hay una peligrosa normalización del agravio. Cuando una promesa incumplida ya no indigna, cuando un proyecto perdido ya no sorprende, cuando un servicio recortado ya no moviliza, el problema no es sólo político: es cívico. El silencio sostenido se convierte en costumbre. Y la costumbre, en identidad.

Pero Jaén no es silencio. Jaén es historia, es universidad, es campo y es cultura. Es gente capaz de levantar cooperativas ejemplares y proyectos colectivos admirables. Si fuimos capaces de organizar la tierra en torno al olivo, también podemos organizarnos en torno a nuestras reivindicaciones.

Quizá haya que volver a cantar los himnos, sí. Pero no como banda sonora de actos oficiales, sino como recordatorio incómodo. Que el “pedid tierra y libertad” no sea un verso bonito, sino una pregunta directa: ¿qué estamos pidiendo hoy? ¿y cómo?

Los aceituneros altivos no bajaban la cabeza ante la dureza del campo. ¿La bajaremos nosotros ante la inercia?
El himno no es un adorno institucional. Es una llamada. Y las llamadas, si no se responden, se pierden.

Tal vez ha llegado el momento de que en Jaén dejemos de susurrar el estribillo… y empecemos, de verdad, a levantarlo. Que andemos ANDALUZ y no a pilas.