Uno. Page y González no son traidores; si acaso, herejes
Despachar las quejas, reproches y dicterios de Felipe González o Emiliano García-Page contra Sánchez atribuyendo sus desplantes a la edad, el rencor o el tacticismo electoral es hacerse trampas al solitario. Lo sustantivo de las críticas de ambos al PSOE de Sánchez no es de orden emocional sino doctrinal. Lo emocional cuenta, pero es colateral. Desde la cabaña de Ferraz, los árboles de las emociones no dejan ver el bosque de las ideas. Con Sánchez se produce, como es sabido, un viraje estratégico en la política de alianzas del Partido Socialista que sin duda tiene beneficios –ahí está la pacificación social e institucional de Cataluña– como tiene, sin duda también, sus riesgos –ahí están las abultadas derrotas socialistas en Extremadura y Aragón. Las tesis hoy vigentes en Ferraz eran tachadas de herejía antes de la llegada de Sánchez. En los partidos, la doctrina oficial la marca el vencedor. Si en vez de Sánchez la victoria en las primarias socialistas de 2017 hubiera sido de Susana Díaz, los herejes no serían hoy González ni Page… ni muy probablemente el propio Sánchez, político de realidades, no de doctrinas.
Dos. Gato blanco, gato negro
Con respecto a una doctrina religiosa, una herejía es un error sostenido con pertinacia. En el pasado, Sánchez no habría sido un hereje porque su viaje estratégico en materia de alianzas no fue fruto tanto de una reflexión política como de una urgencia electoral: el presidente, que es más un hombre de poder que de ideas, asumió antes que nadie en su partido que la única manera de llegar al poder era aliarse con Junts… y lo hizo; y que la única manera de hacer efectiva esa alianza era hacer una ley de amnistía a la que se oponía muy poco tiempo atrás… y la hizo, del mismo modo que metió a Podemos en el Gobierno pese a ser contrario a ello muy poco tiempo antes. Gato blanco o gato negro, lo importante es que cace ratones. Para la derecha, Sánchez es un caradura que solo quiere mandar, pero lo cierto es que su hoja de servicios como gobernante nacional y referente progresista internacional no es precisamente despreciable. Los socialistas replicarán: tal vez sea un caradura, pero es nuestro caradura.
Tres. ¿Who is who?
Hay pocos políticos de quienes, cuando se nos pregunta por ellos, podamos dar una respuesta con garantías si antes nuestro interlocutor no afina y acota un poco más su pregunta. ¿Que qué pienso de Felipe? ¿De cuál de ellos, el del 82 o el de ahora? Y donde pone Felipe puede poner Sánchez (¿qué Sánchez, el de antes de llegar a la Moncloa o el de después?), Feijóo (¿qué Feijóo, el de antes de presidir el PP o el de después?), Aznar (¿qué Aznar, el de la primera legislatura o el de la segunda?), Rufián (¿qué Rufián, el del procés o el de ahora?), Abascal (¿qué Abascal, el Abascal perfectamente integrado y bien remunerado en el PP o el Abascal fundador de Vox y todavía mejor remunerado incluso que antaño?). No sería extraño que, al mirarse cada mañana al espejo, alguno de ellos se preguntara aquello que preguntaba cierto personaje de Oscar Wilde: Lady Bracknell, no quisiera parecer demasiado curioso, ¿pero tendría la amabilidad de decirme quién soy?
Cuatro. Dialéctica del amo y los esclavos
¿Es Pedro Sánchez el puto amo en el PSOE? Rotundamente sí. ¿Lo es más que Feijóo en el PP? Rotundamente sí. ¿Y más que Abascal en Vox? Rotundamente no. La ley general que rige aquí es: todo presidente de un partido democrático que también es presidente del Gobierno es el puto amo en su partido, aunque, como le sucede a Sánchez, no lo sea del todo en su Gobierno. ¿Abascal es la excepción a esa regla? No, la excepción no es Abascal, la excepción son los partidos nacionalpopulistas tirando a fascistas. En ellos, El Jefe siempre se escribe con mayúsculas, esté o no esté el partido en el Gobierno. Aunque ejerzan su poderío orgánico con talantes distintos, Isabel Díaz Ayuso y Juan Manuel Moreno Bonilla son los putos amos del PP de Madrid ella y del PP de Andalucía él. Felipe González fue el puto amo del PSOE durante casi todo su mandato gubernamental. Y Aznar, lo mismo en el PP. ¿Lo es Sánchez más de lo que lo fueron todos ellos? Quizá, pero no tanto por culpa suya como por culpa de las primarias, esa herramienta que en principio parecía una buena idea y que a la larga ha demostrado tener más inconvenientes que ventajas. No es que Sánchez sea más ambicioso que sus antecesores: es que la militancia le regaló a su ambición unas armas que sus antecesores nunca tuvieron.
Cinco. La culpa fue de las primarias
Las primarias son la respuesta que dieron los partidos a una pregunta que en realidad nadie les había hecho: no es que se trate de una respuesta equivocada, sino de una respuesta improcedente, en el sentido de ser una respuesta que no venía al caso. La pregunta en realidad era y es por qué los partidos de poder tienen tan poco poder, por qué son incapaces de dar soluciones a problemas comunitarios de calado verdaderamente existencial como la vivienda, la precariedad laboral o la destrucción de la clase media: a la pregunta de por qué sois tan impotentes los partidos han respondido democratizando los mecanismos de selección de sus impotentes líderes, lo que conocemos como primarias, aunque en realidad se trata de una democratización superficial, o para ser más precisos, de una democratización puntual, materializada en la elección del líder, pero solo en ella, solo en ese acto de elegirlo, que es sin duda un acto democrático pero que, al no tener continuidad, se vuelve contra la democracia misma, pues quien gana las primarias lo gana todo, particularmente si a su victoria orgánica le suma la conquista del gobierno.