Hay sitios donde uno va a comer. Otros donde uno va a hablar. Y luego está el Ventorro de Valencia, donde vas a comer y sales hablando… pero de lo que no sabes si has comido.
Es un talento. No todos los locales logran que el postre sea una teoría conspiratoria.
Comparativa gastronómica: Jaén, claridad; Valencia, suspense. En Jaén, el Ventorrillo no engaña a nadie: conejo con ajillos que sabe a conejo con ajillos, pepinos que parecen pepinos y funcionan como pepinos, y un menú que no necesita intérprete.
Pero en el Ventorro de Valencia la cosa es más… sensorial. Tú pides, ellos sirven, tú comes, todo estupendo. Y luego te traen una factura tan discreta que parece redactada por un notario tímido. De ahí que la gente, con mucha educación y algo de picardía, salga diciendo: “No sé si he tomado almejas con nabo o nabo con almejas… pero mira, tampoco es cuestión de ponerse a preguntar.” Allí cada plato es una aventura gastronómico-adivinatoria. Un escape room culinario, pero sin pista final.
Lo que se ve desde cada sitio
En Jaén, Puente Tablas; en Valencia, lo que uno quiera Desde el Ventorrillo de Jaén, levantas la vista y ahí lo tienes: Puente Tablas, clarito, firme, sin misterio. En el Ventorro de Valencia, en cambio, dicen que “se ve Cuenca”. Y oye, razón no les falta: te pones mirando hacia Cuenca… y la ves. Porque allí la geografía funciona por fe, no por kilómetros.
Es el único sitio donde mirar al horizonte es un acto voluntario y no un dato geográfico. La magia del Ventorro: no se pide, se asume.
En Jaén, la magia está en la comida y en lo que dura el plato en la mesa. En el Ventorro de Valencia, la magia es más… ambiental. No está en la carta, no se menciona, nadie la explica, pero te acompaña durante la sobremesa como un invitado educado pero intrigante.
Sales de allí con la barriga llena, la mente confusa y una risa tonta sin saber por qué. El Ventorro como centro multifunción. Allí: comes, bebes, te cambias, te reorganizas la vida si te hace falta, y el coche unas veces te espera en la puerta y otras se te va acercando discretamente hacia Cuenca, que ya tiene confianza contigo.
Los escoltas, eso sí, encantados: Ese lugar les da más descanso que un spa con tarifa plana. Mientras tú comes algo no identificado, ellos se relajan como si el menú también los hubiese sedado. La sala: la cuántica de los comedores. Preguntas por el salón y cada cual da una versión distinta, grande, chico, mediano, íntimo, descomunal, recogido, amplio, estrecho…
La sala del Ventorro es el único espacio que cambia de tamaño según lo que pretendas contar después. 165 euros: el precio estándar del desconcierto con clase. Por ese dinero te llevas la experiencia, dos menús que son dos porque lo pone en la carta, una comida que quizá era almeja, quizá era nabo, quizá eran ambas, celebrando un acuerdo, un relato difícil de resumir, una vista a Cuenca “previa orientación del cuello”, y la sensación de haber vivido algo, aunque no sepas qué poner en el concepto.
Conclusión mordiente pero fina
El Ventorro de Valencia tiene su encanto, su misterio y su guasa involuntaria. Es un lugar para vivirlo… y también para sobrevivirlo. Pero si tengo que elegir, lo tengo claro: me quedo con el Ventorrillo de Jaén, que allí el conejo es conejo, los pepinos son pepinos y el único misterio es por qué siempre se termina el pan antes que el vino, y porque cada dos horas tienes que mover la sombrilla del Alcázar porque si no vas a pasar más calor que follando en un sofá de escay, en pleno mes de agosto a las cuatro de la tarde.