Estamos en las últimas semanas del curso. Días de fiestas, celebraciones, despedidas y finales de ciclos. Nuestras redes y mensajes se llenan de fotos, como las que vi ayer de una graduación de final de primaria. Trajes. Photocall. Vídeo resumen. Discursos. Regalos. Cena. Algún padre emocionado como si estuviera en la boda de su hijo y no en el paso de sexto a primero de ESO.
Y pensé algo que me hizo gracia durante unos segundos y después me dejó un poco incómodo.
Yo terminé la EGB y nadie me dijo absolutamente nada.
No lo digo como reproche. No tengo trauma alguno. No recuerdo abandono emocional ni una infancia gris en blanco y negro. Simplemente un día acabó el curso, empezó el verano y ya está. Como tantas cosas de aquella época. Y, sin embargo, hoy parece que cualquier pequeño rito de crecimiento necesita convertirse en un acontecimiento familiar.
Nosotros terminábamos EGB, COU, FP o, incluso, una carrera universitaria y en la mayoría de las ocasiones había una cena y poco más. No porque nuestros padres nos quisieran menos, sino porque existía una expectativa cultural fuerte: la vida adulta llegaría sola y bastante rápido.
Había una idea implícita: el niño se convierte en adulto atravesando situaciones sin demasiada intermediación. Hoy parece haber cambiado la lógica: cada etapa se convierte en un proyecto familiar. La graduación ya no celebra que el niño ha crecido; celebra que los padres han llegado hasta allí con él.
Y digo esto porque ya no sé si estamos celebrando más a nuestros hijos o celebrándonos más a nosotros mismos como padres. Quizás el cambio que se ha producido no es que queramos más a nuestros hijos que nuestros padres nos quisieron a nosotros. Eso sería injusto y seguramente falso. Quizá el cambio es otro. Quizá hemos dejado de educar hijos y hemos empezado, poco a poco y sin querer, a gestionar proyectos.
Hay un dato que llevo tiempo viendo circular en diferentes medios y que siempre me llama la atención: uno de cada cinco padres ha acompañado a su hijo a una entrevista de trabajo. Luego descubres que sale de una encuesta concreta en Estados Unidos y que seguramente no se puede trasladar tal cual aquí.
Pero después hablas con gente que se dedica a recursos humanos y te cuentan escenas que hace unos años parecerían un sketch: padres entrando con sus hijos a pruebas grupales, esperando fuera, protestando por procesos de selección. Y ya no parece tan absurdo.
Porque, pensándolo bien, ya nos hemos acostumbrado a acompañarlos a Selectividad, a hacer los deberes con ellos y a discutir notas con profesores. Pero no solo nos quedamos en lo académico. Cada fin de semana podemos ver a padres protestar decisiones arbitrales como si estuviéramos defendiendo un expediente académico y no viendo un partido infantil, como si sus hijos fueran profesionales jugándose algo más que un simple entretenimiento con sus amigos.
Esta crítica no es la habitual “batallita” de cualquier adulto que va creciendo y se desahoga ante la brecha generacional con sus hijos con aquello de que “antes éramos mejores” o lo de “los jóvenes de hoy...”, sino otra cosa. Es cierto que cada generación cree que la siguiente está peor educada. Seguramente nosotros también caeremos en eso. Pero aquí creo que está pasando algo distinto.
No es que nuestros hijos sean más débiles. Es que nosotros cada vez toleramos peor verlos enfrentarse solos a cualquier incomodidad. Y eso sí es nuevo.
Nos educaron con muchos defectos —a veces demasiada dureza, demasiada distancia emocional, demasiadas cosas que había que resolver solo— pero también con una idea que hoy parece casi agresiva: crecer consistía en hacer cosas solo antes de estar completamente preparado. Ir al colegio. Pedir una beca. Resolver un conflicto. Ir a una entrevista. Suspender. Espabilar.
No porque nuestros padres fueran indiferentes. Sino porque daban por hecho algo que nosotros cada vez creemos menos: que el mundo, más o menos, te acabaría recogiendo. Y ahí creo que está la clave. Nos gusta pensar que la hiperprotección nace del exceso de amor. Yo cada vez creo más que nace del exceso de miedo.
Somos probablemente la primera generación que, siendo objetivamente
más rica y más formada que la anterior, siente más incertidumbre sobre el
futuro de sus hijos. No sabemos si podrán comprar una casa. No sabemos si
tendrán estabilidad laboral. No sabemos si cobrarán pensiones. No sabemos si
vivirán mejor que nosotros. Y cuando dejas de confiar en el ascenso colectivo
empiezas a obsesionarte con el éxito individual. Antes la esperanza era:
“mis hijos vivirán mejor porque el país irá mejor”. Ahora muchas familias
sienten: “mis hijos vivirán mejor si conseguimos demostrar que son
excepcionales”.
Entonces ya no eliges colegio. Eliges futuro. Ya no lo apuntas a inglés. Compras oportunidades. Ya no acompañas a Selectividad. Intentas evitar una caída. Y aparece algo muy curioso. Como ya no creemos demasiado en que una persona normal pueda tener una vida buena, empezamos a necesitar que nuestros hijos sean especiales.
Especiales en algo. Altas capacidades. Talento. Excelencia. Potencial. Hay toda una industria entera dedicada a tranquilizarnos con esa idea: colegios, academias, equipos, orientadores, profesores, formadores, entrenadores, etc. Porque cada decisión infantil se convierte en definitiva cuando se trata de su futuro material y, en parte, también del nuestro.
No basta con que tu hijo sea feliz. Tiene que destacar. No basta con que aprenda. Tiene que optimizarse. No basta con que tenga amigos. Tiene que desarrollar habilidades sociales. No basta con jugar. Tiene que estimular funciones ejecutivas. No basta con existir. Tiene que convertirse en alguien.
Todo esto no se debe a que haya más genios necesariamente, sino porque se ha vuelto insoportable pensar que quizá un niño normal pueda llegar a tener una vida buena. Y eso sí parece una ruptura generacional profunda. Nuestros padres podían imaginar que un hijo medianamente responsable tendría una vida digna. Muchos padres actuales sienten que, si su hijo no destaca, peligra.
Y, por ello, detrás de todo nuestro comportamiento puede que haya algo bastante menos noble y bastante más humano de lo que nos gusta reconocer. A veces nuestros hijos se convierten en el lugar donde colocamos nuestras expectativas, nuestras frustraciones y nuestra necesidad de sentir que todo el esfuerzo tiene sentido. Antes los hijos eran una responsabilidad; ahora corremos el riesgo de convertirlos en una estrategia, no en estrategia en un sentido cínico sino en el sentido de que se han convertido en el principal vehículo de movilidad social.
Nos contamos que lo hacemos por ellos. Y muchas veces es verdad. Pero otras veces también lo hacemos por nosotros. Porque en una sociedad donde cada vez podemos permitirnos menos símbolos de prosperidad, quizá el hijo se ha convertido en el último gran proyecto aspiracional de la clase media. Antes estaban el chalet, el coche, la segunda residencia. Ahora quizá queda el colegio “bueno”. La actividad “correcta”. El hijo que destaca. El hijo que demuestra que todo este esfuerzo sirve para algo.
No hablamos de padres más egoístas ni más narcisistas; no es eso. Hablamos de padres que quieren proteger a sus hijos pero que viven en una sociedad que les ha convencido de que, si aflojan un poco, si no gestionan correctamente su proyecto familiar, prestándoles casi más atención que a sus propios proyectos personales, sus hijos se quedarán atrás.
Y escribo esto precisamente porque yo tampoco estoy fuera de esta historia. Porque uno escribe estas cosas pensando en otros y, si es mínimamente honesto, acaba viéndose reflejado.
Yo también quiero lo mejor para mis hijos. Yo también fantaseo con abrirles caminos. Yo también he sentido alguna vez esa tentación absurda de intervenir demasiado, de evitarles el golpe, de ahorrarles la frustración. Y supongo que el reto no es dejar de quererlos tanto.
El reto es recordar que quererlos no siempre significa protegerlos más. A veces significa soportar que hagan solos algo que podrían hacer peor que nosotros.
Porque quizá la verdadera tarea de ser padre nunca fue construirles el camino perfecto a nuestros hijos. Quizá siempre fue algo bastante más difícil. Conseguir que un día ya no nos necesiten tanto.