Abierto por derribo

Manuel Madrid Delgado

14 de abril

El régimen político de 1978 ha cumplido con creces todos los objetivos que se planteó la República de 1931, y lo ha hecho con más eficacia

El 14 de abril tiene, justamente, un halo romántico, que nos llega directo desde “aquellas horas, tejidas con el más puro lino de la esperanza” en el que los viejos republicanos tomaron los balcones de los ayuntamientos españoles, izando la nueva bandera nacional. Y bien está, claro que sí, recordar con emoción aquel día único en nuestra Historia, en el que miles y miles de ciudadanos creyeron que, por fin, después de más de cien años de exilios y guerras civiles y persecuciones y golpes de Estado y revoluciones, este “trozo de planeta, por donde cruza errante la sombra de Caín” podría ser un país a la europea. Bien está recordar con emoción aquellas horas, bien está asomarnos desde la memoria civil y patriótica a aquel día sobre todos los días de España.

 



El problema viene cuando se quiere dar alguna virtualidad política al 14 de abril y se quiere que lo sucedido hace noventa y cinco años sea un programa de futuro. Es absurdo, básicamente por tres motivos. El primero, porque la II República es historia y sólo historia. El segundo, porque los “republicanos” del momento actual producen sonrojo cuando cada 14 de abril airean la bandera del pueblo de España mientras pastelean con aquellos que sueñan con desguazar esa Nación a la que entregaron todos sus afanes políticos Fernando de los Ríos, Manuel Azaña, Clara Campoamor, Juan Negrín o Antonio Machado. Y tercero, porque el régimen político de 1978 ha cumplido con creces todos los objetivos que se planteó la República de 1931, y lo ha hecho con más eficacia, con más sentido de la realidad, con la plena conciencia de que en un sistema político sólo caben todos si se construye para todos: si hablamos en términos de mejor y peor, es evidente que la democracia de 1978 ha sido una democracia mejor —más plena, más integradora, más capaz de solucionar los grandes problemas constituyentes de la España contemporánea— que la España de 1931. El régimen de 1978 ha carecido del sectarismo que expulsó del sistema constitucional a la mitad de los españoles en 1931 y esa es una de las razones principales de su duración. Pero a la República también hay que mirarla con piedad, nacida en un mundo que despreciaba la democracia liberal, ¿qué posibilidades de sobrevivir tenía una República democrática en la era de Hitler y de Stalin?

Carece de sentido acercarse a la República con afán resucitador: la II República murió ahogada por los que dieron un golpe de Estado y provocaron una guerra civil y por quienes soñaron con superarla para instaurar la revolución al estilo soviético. A la República sólo cabe acercarse con el afán de comprender cómo fue posible que aquella explosión pacífica y masiva de júbilo popular, se fuera pudriendo hasta consumirse en el horror de las trincheras y de las retaguardias. El régimen republicano de 1931 está lleno de contradicciones, sobre todo porque los republicanos eran un minoría política y social y porque los demócratas de aquella hora no llegaron a entender nunca que la democracia se sustancia en la posibilidad cierta de la alternancia surgida de las urnas: para las izquierdas republicanas, el resultado de las elecciones de noviembre de 1933 fue una aberración que debía ser corregida. Mal puede funcionar así una democracia.

El principal partido republicano histórico, el Partido Radical, era un partido de derechas, pero era insuficiente para construir un republicanismo conservador. Más allá del partido de Lerroux, la derecha era una amalgama de carlistas, católicos cada vez más escorados a posiciones antidemocráticas y grupúsculos en los que se multiplicaba el germen del fascismo. En la izquierda, el republicanismo de Azaña o de Martínez Barrio palidecía ante la fuerza de los socialistas —entre los que sólo era republicano el sector minoritario de Fernando de los Ríos o Indalecio Prieto—  y de los anarquistas: dos grupos para los que la democracia republicana era nada más una herramienta transitoria para llegar a la revolución —así pensaban los socialistas de Largo Caballero— o un engendro burgués que debía ser dinamitado —nunca se apearon de esa creencia los anarquistas—.

Pero es que esa ausencia de cultura republicana, esa incapacidad para asumir el sentido profundo de la democracia que afectaba tanto a la derecha como a la propia izquierda, lastró el funcionamiento del sistema político. Los déficits democráticos de la República son innegables: durante prácticamente los cinco años de su existencia, los derechos fundamentales del Título III de la Constitución estuvieron suspendidos en mayor o menor grado, primero gracias a la Ley de Defensa de la República —que fue torticeramente introducida en la propia Constitución—  y luego por la Ley de Orden Público de 1933, tan eficaz en la represión y limitación de los derechos fundamentales que Franco no se vio en la obligación de derogarla y sustituirla por otra nueva hasta 1959. La libertad de prensa, la de reunión y asociación, los derechos fundamentales de los ciudadanos… todos estuvieron marcados por esas dos leyes de excepción que se convirtieron en norma cotidiana y que usaron, sin ningún reparo democrático, los gobiernos de Azaña, de Lerroux, de Martínez Barrio, de Ricardo Samper, de Chapaprieta, de Portela Valladares, de Azaña nuevamente y de Casares Quiroga: todos los gobiernos de la República convirtieron en norma la excepción y todos limitaron y cercenaron las libertades constitucionales.

¿Hubiese sido necesario este recurso permanente a la excepcionalidad si la República hubiera sido menos doctrinaria, si se hubiera configurado una Constitución menos de parte y con mayor voluntad integradora? El recurso continuo a la limitación de los derechos fundamentales nos dice con absoluta claridad cómo era el terreno quebradizo en el que se movió aquella República sin republicanos. Aquella República que las derechas soñaron tumbar con un golpe de Estado y lo intentaron en 1932 y lo consiguieron en 1936; aquella República que las izquierdas quisieron superar con la revuelta nacionalista catalana y la revolución asturiana de 1934. La fascinación por los extremos políticos, que desgarraron la vida colectiva y la sumieron en una brutal espiral de desorden público traducida en cientos de asesinatos políticos, asaltos a sedes de partidos o incendios de iglesias, terminó haciendo inviable el aparato constitucional republicano: cuando, en la primavera de 1936, Azaña y Prieto quisieron construir un último dique que recondujera la situación y terminara con los golpistas de la derecha y con el desorden creciente alentado por las izquierdas, Largo Caballero lo impidió. 

Y a pesar de esas carencias que convirtieron la construcción de una democracia española en un reto titánico; a pesar de los grandes errores de sus políticos mejores, como Azaña —el único estadista de nuestra historia contemporánea que ha tenido una idea, y un ideal, de España—, están los grandes afanes perseguidos desde el 14 de abril: la construcción de miles de escuelas, el amejoramiento social de los trabajadores y los campesinos, el reparto de la tierra, la sujeción del ejército al poder civil… Sobre esa gran obra de construcción nacional late el aliento patriótico de aquellos hombres y mujeres excepcionales, un aliento del que hoy carece una izquierda que anda en el mundo de las ideas como pollo sin cabeza y que sigue creyendo que España es un invento de Franco.

Por eso, cuando cada 14 de abril se ven las banderas tricolores mezcladas con las esteladas catalanas, con las soflamas nacionalistas vascas o con los ardores andalusíes, es imposible no sentir una mezcla de vergüenza y de compasión: agitan esa bandera sin saber lo que agitan. También nos inunda una honda tristeza civil: ¿dónde fue a parar toda la tradición política que surge con las Cortes de 1812? La República a la que aspiran los republicanos de 2026 es el engendro plurinacional que reclama la izquierda iluminada, o sea, una República a la que los republicanos de 1931 se habrían enfrentado con todos los medios posibles. ¿Hace falta recordar las durísimas frases que Azaña o Negrín les dedicaron, cargadas de razón y razones, a los nacionalistas vascos y catalanes y a sus responsabilidades en la derrota de la República? Hoy, cuando los republicanos sin lecturas y sin historia nombran la República, hablan de una vaporosa Confederación de Repúblicas de la Península Ibérica, CRIPI, pero no hablan de España. Azaña no les perdonaría tanta ignorancia ni tanto doblez.  Si el republicanismo político de 2026 se resume a desguazar la nación histórica, rompiendo el marco compartido de solidaridades y libertades, mejor nos quedamos con la Constitución monárquica de 1978, que tan solo por situar a un Borbón coronado en el vértice del sistema no cumple por Constitución republicana.