Abierto por derribo

Manuel Madrid Delgado

Libros, libros, libros

Hemos alejado a nuestros hijos de las lecturas iniciáticas, dejándolos encadenados a la dictadura de lo visual y de lo efímero

Los nacidos en las décadas de 1970 y de 1980 fuimos los últimos afortunados: porque fuimos los últimos beneficiarios de los visados dados para habitar las geografías infinitas de los libros, territorios todavía no arrasados por las redes sociales y por las pantallas, espacios vivos en los que la riqueza de la infancia no se medía en likes ni gigas sino por la amplitud de lugares y tiempos que nos brindaban páginas rebosantes de historias y aventuras. Aquellas lecturas de la postrera infancia y de la pubertad, las lecturas voraces e inquisitivas de la adolescencia, esos libros devorados al calor del brasero o en la inacabable luz de las tardes de verano, no fueron un simple pasatiempo: en estas lecturas fundadoras está —precisa, cierta— la arquitectura misma de lo que somos, el cimiento de un gigantesco edificio interior construido con la madera de los mástiles de Stevenson, con el hierro de las máquinas de Julio Verne y con la pólvora espiritual de los héroes románticos, toda ese aluvión de sucesos inverosímiles que hoy, en este mundo de gratificaciones inmediatas, se aparece como un lenguaje muerto que podemos intentar declinar los que nos reconocemos en el oficio y la pasión de lectores.

Es asombroso comprobar como esa maravillosa literatura del siglo XIX —hija de la máquina de vapor, de las exploraciones coloniales y de los imperios decadentes— pudo arraigar y crecer en nuestra imaginación con una fuerza que ningún producto literario contemporáneo ha igualado. Tal vez es porque la trascendencia del siglo XIX reside en que, en él, el mundo todavía era lo suficientemente grande como para contener misterios, pero a la par lo suficientemente pequeño para que un solo hombre pudiera desafiarlo con su voluntad. Por eso la literatura del siglo XIX no nos habla de tecnologías o deportes sino de arquetipos universales, que pletóricos de vida resonaban en nuestra sangre joven, hasta sojuzgarla en el encantamiento. Al leer aquellas novelas, al devorarlas, no estábamos consumiendo ficción o entretenimiento —o no sólo consumíamos ficción o entretenimiento, no sólo divertimento—, sino que, sin saberlo, hacíamos nuestro un manual de instrucciones del alma. La lucha contra la naturaleza, el peso del honor, el asombro ante los misterios de lo que existe, la construcción del yo frente a la adversidad cotidiana, nos ofrecían una épica moral que no caduca: porque el miedo ante la oscuridad y la imaginación que se eleva con mil alas, son los mismos en 1880 que en 1980… y que en 2026.

¿Las anteriores son verdades inmutables? No lo sé. Creo que para mí lo son: esas verdades arraigadas en los libros son algunas de mis pocas verdades. Sí tengo claro, sin dudas ningunas, que, si uno no desembarca en la Isla del Tesoro antes de los quince o los dieciséis años, el viaje ya no se va a realizar nunca con esa pureza que nos permite todos los asombros. Se puede leer, claro está, la obra de Stevenson cuando somos adultos, se puede admirar su técnica y su solvencia literaria, pero entonces ya no podremos identificarnos con el joven Jim Hawkins escondido en el barril de manzanas, escuchando los susurros de la traición. Los que tuvimos la fortuna de haber pisado la playa de esa isla en la edad precisa, recibimos una brújula ética de incalculable valor y entendimos, por vez primera, que el mundo no es blanco o negro, sino que está siempre bajo la bruma gris que borra los perfiles de los mapas y que convierte a los villanos en seres fascinantes, un mundo que nos enseña que la lealtad es un tesoro más valioso que todo el oro de Flint.



Esa misma sed de libertad, indómita y salvaje, nos fue regalada otras muchas veces. Por ejemplo, en las orillas del Mississippi. Allí, Tom Sawyer fundó el territorio sagrado de la travesura y nos enseñó que la verdadera riqueza —la única riqueza— es el tiempo que entregamos a la tarea de perdernos en una cueva o de navegar en una frágil balsa de troncos mal atados. Con Tom y con Huckleberry Finn comprendimos que la ley de los adultos es una farsa si se compara con la ley de la amistad, y que la vida no nos ofrece mayor aventura que la de ser dueños de nuestro propio destino: aunque nuestro destino sea el aquí y el ahora de blanquear una valla bajo el sol de un verano eterno. Pero al final el sol se ponía y el verano se agotaba, como siempre el invierno dictaba su ley severa. Y entonces, nuestras lecturas se volvían más sobrias y se nutrían de la gramática de la resistencia.

Robinson Crusoe nos enseñó que se puede construir el mundo partiendo de la nada, del abandono, del fracaso: en su soledad aprendimos el valor de la individualidad, de la resistencia íntima, de la esperanza contra todas las desesperanzas. Y fue en Mujercitas donde comprobamos que la independencia de espíritu de Jo March puede brindar un batallar tan épico como el de cualquier abordaje corsario. Y en el contraste rudo entre el hogar y la estepa, la odisea de Miguel Strogoff nos grabó en lo hondo de lo que somos el sentido del deber, porque en al cruzar la inmensidad de Siberia con los ojos abrasados y cegados por el resplandor del sable ardiente —esa primera escena de brutalidad que leímos y que nos helaba la sangre— el correo del zar nos recordaba que el honor, la palabra dada, el compromiso adquirido, son motores que nos obligan a seguir adelante incluso cuando todas las luces han sido apagadas. Un sentido parecido de la lealtad anidaba en Los Tres Mosqueteros, obra monumental que nos regaló un mapa ineludible para no perdernos en las sendas por las que avanza la traición, en las que el mal se agazapa y el poder quiere cegar las honduras fértiles del corazón.

No creo que podamos calcular el valor real del tesoro de todas aquellas lecturas. Ni el valor del espacio que nos las hizo posibles, aquella biblioteca municipal a la que íbamos cada quince días para renovar los libros de tres en tres, en un ritual casi litúrgico que nos situaba frente a las filas de lomos gastados, habitadas por un silencio mineral que le daba solemnidad y verdad al acto —puro instinto, pura seducción— de elegir la próxima lectura. Recorríamos las estanterías buscando el título que nos dijera soy yo el que buscas, nos dejábamos atrapar por los dibujos de las portadas, por las palabras de una página abierta al azar, por los nombres de los personajes, confiando en que el nuevo libro nos abriera las puertas de otro nuevo mundo. Ahora, al mirar aquellos días desde los refugios de la memoria, siento que el ánimo se encoge con una lucidez dolorosa, que nace de la certidumbre de que hemos alejado a nuestros hijos de esas lecturas iniciáticas, dejándolos encadenados a la dictadura de lo visual y de lo efímero, del instante brindado por esas pantallas que todo lo dan masticado. Les hemos robado el derecho fundamental al aburrimiento fértil, el derecho a desarrollar la capacidad de generar sus propias imágenes y sus propios mundos, y los estamos enviando a los mares turbulentos de la Historia que nada bueno anuncia, sin haberles permitido antes desembarcar en la Isla del Tesoro.

Pero es necesario detenerse. Detenerse y mirar hacia atrás con una gratitud que, en si misma, es una declaración de principios lectores. Gratitud hacia aquellos libros gastados de la biblioteca pública, que son hojas amarillentas nos salvaron de la trivialidad y del aburrimiento y nos brindaron un lenguaje para enfrentarnos al dolor, un territorio para albergar la amista y una brújula que siempre mira hacia los valores inmutables para poder transitar los caminos estériles. Gratitud hacia aquellos libros que nos permitieron viajar a mundos imposibles, a países lejanos, a épocas llenas de verdad honesta, sin movernos de la mesa camilla, y por hacernos entender que la verdadera libertad no está la pantalla fría del teléfono móvil sino en la capacidad de cerrar los ojos sabiendo que, en el sagrado silencio de una página nueva, siempre habrá una isla esperando que descubramos su tesoro.

Han pasado los años, y pesan las amarguras viejas. Seguimos leyendo: seguimos viajando, seguimos emocionándonos. Pero nuestras lecturas ya no son tan limpias, tan altas ni tan vivas como aquellas lecturas de nuestros primeros años.