Margherita Barezzi y Giuseppe Verdi se casaron, profundamente enamorados, el 4 de mayo de 1836. Ella cumplía ese día 22 años, él tenía 23. En marzo de 1837 nació su primera hija, Virginia; en julio de 1838, nació Icilio Romano. En medio de ese amor incontenible, Verdi era feliz humana y profesionalmente, intentando abrirse camino en la composición musical. Difícilmente podía saber que el destino iba a golpearlo con una fuerza destructora, incontenible: el 12 de agosto de 1838 murió Virginia, el 22 de octubre de 1839 era Icilio Romano el que moría. Consumida por el dolor, Margherita enfermó gravemente y una encefalitis acabó con su vida el 19 de junio de 1840. En menos de dos años, Verdi había perdido a las personas que más amaba: para rematar su desesperación, el estreno de su segunda ópera —Un giorno di regno— en septiembre de 1840, fue un completo fracaso. Arrasado, prometió no volver a escribir ópera nunca más, pero el empresario de La Scala de Milán, Bartolomeo Merelli, lo convenció finalmente y el compositor se embarcó en la creación de Nabucco, cuyo libreto parece un accidente del destino que cayó en sus manos para redimirlo del luto atroz. La leyenda dice que arrojó el libreto con desprecio y cansancio y que cayó sobre su mesa por la página del Va, pensiero, y la frase “Ve, pensamiento, sobre las alas doradas” actuó como desfibrilador de un corazón que se creía muerto. La obra estaba terminada en el otoño de 1841 y poco después comenzaron los ensayos en el gran teatro milanés.
Vuelve la leyenda de esta obra —otra vez la leyenda— para contarnos que, en uno de esos ensayos, poco antes del estreno el 9 de marzo de 1842, sucedió ese instante mágico que habla sobre la grandeza de la música y, por extensión, de toda creación artística. Aunque la Historia del Arte suele escribirse en los libros de texto como una sucesión de fechas, estilos y nombres gloriosos, su verdad íntima sólo puede redactarse en el sistema nervioso de quienes, no teniendo nada en la vida, descubren la grandeza interior que los alumbra en el instante mágico en el que un acorde rompe sus costuras íntimas. Ese instante sucedió en el invierno de 1842, posiblemente en los primeros días de marzo, entre los andamios y los cortinajes de La Scala; y ese instante desveló una verdad que nuestra época, ebria de utilitarismo, quiere sepultar: la cultura no es un adorno, la cultura no es un privilegio, sino el lenguaje natural y definitivo de la dignidad humana.
La genialidad de Nabucco no se culminó en la soledad creadora del genio: lo hizo en medio del estrépito del montaje de la obra, durante el ensayo general, cuando el teatro es un hormiguero de actividad febril en el que trabajan carpinteros, tramoyistas, modistas, pintores y albañiles, todos a destajo, para completar la escenografía monumental de una Babilonia de cartón piedra. Aquellos eran trabajadores de manos curtidas, de rostros tiznados y voz ronca, hombres de palabra fiel y de espaldas dobladas por jornales infinitos y mal pagados, seres condenados a la miseria para quienes la ópera no era más que el divertimento exquisito de la casta que los explotaba. Y, sin embargo, cuando el coro comenzó a entonar las primeras notas del lamento de los esclavos hebreos sucedió algo que la sociología del arte muy difícilmente puede explicar: el estrépito de los martillos contra la madera cesó de golpe, el hierro dejó de luchar contra el hierro y los obreros quedaron petrificados en sus andamios, suspendidos en el aire, atrapados por una melodía que hablaba de un río lejano y de torres derruidas en Sion pero que en realidad estaba nombrando el dolor de su propia patria ocupada por los austriacos y su propia hambre y sed de justicia y de libertad. Y aquellos hombres acostumbrados al trabajo duro, el desprecio, al pan escaso y al vino áspero, sintieron un nudo en la garganta, una fontana detenida en los ojos: cuando el coro cesó, ellos sabían que ya no eran los mismos de antes, que ya nunca lo serían.
Un hilo invisible muy parecido al que unió a los obreros milaneses con la música de Verdi se volvió a tensar, un siglo después, en el corazón de Leningrado, agonizando bajo el cerco nazi que pretendía borrarla del mapa con el hambre y el frío. Y entonces sucedió otro acto de insurgencia espiritual que desafía toda la lógica materialista de nuestros días: el estreno de la Séptima Sinfonía de Shostakóvich. Los músicos que debían interpretarla eran espectros macilentos que a duras penas podían sostener sus instrumentos, algunos habían muerto de hambre durante los ensayos, y toda la ciudad era un gigantesco cementerio abierto en el que las panaderías vendían pan amasado con serrín. Y en medio de esa desolación absoluta, el mando militar ordenó un bombardeo sobre las posiciones alemanas justo antes del estreno para garantizar una hora y media de silencio absoluto. Y entonces, los altavoces instalados en todas las calles, en todas las plazas, elevaron la sinfonía sobre la ciudad agonizante, hacia las trincheras enemigas. El mensaje era tan demoledor como liberador: un pueblo capaz de ejecutar una obra tan compleja mientras se muere de hambre, un pueblo que con la música se emociona hasta el tuétano de los huesos cuando no tiene pan que darles a sus hijos, es un pueblo que ya ha ganado la guerra. Porque la cultura era incapaz de alimentar los estómagos, pero le devolvió al pueblo de Leningrado la conciencia de su propia grandeza.
En el asombro de los trabajadores de La Scala o en la emoción de los ciudadanos de Leningrado hay una honestidad radical que los poderosos rara vez alcanzan. Porque para el que nada tiene, la belleza no es un lujo cosmético, una pose cursi o un acto social sino una necesidad ética de primer orden: es el recordatorio de que no es una pieza desechable en el engranaje de la producción capitalista sino un ser capaz de infinito, alguien hecho para la trascendencia. Porque ni en Milán ni en Lenigrando la cultura se abajó hasta el pueblo llano: lo que sucedió fue que ese pueblo maltratado, humillado, se reconoció en la altura que siempre le había pertenecido por derecho espiritual. Y ese es el mayor acto de rebelión, la revolución más profunda.
Hoy, sin embargo, asistimos a una traición sistemática a esa grandeza redentora de la cultura. La perpetran, en primer lugar, las instituciones que deberían custodiar el fuego de la grandeza humana: los colegios, los institutos, las universidades, todo el entramado educativo sojuzgado por leyes que han puesto la educación de nuestros hijos al servicio del capitalismo más despiadado. No tengan ninguna duda: por muy progresistas que se revistan las leyes educativas o por muy progresistas que sean los gobiernos que las aprueben, nuestro sistema educativo se basa en la idea de que el pensamiento crítico y el asombro ante la belleza son estorbos para la eficiencia del sacrosanto mercado, en el que todo se compra y se vende, también los seres humanos, piezas de recambio de eso que tan deshumanizadamente se llama mercado laboral y que cada vez se parece más a una maquila espiritual. Bajo el disfraz andrajoso de un progresismo huero —¿qué elevación intelectual, que altura moral, puede esperarse de los actuales líderes de la izquierda?— se ha consumado un crimen educativo, que le niega a nuestros hijos la posibilidad de enriquecerse culturalmente, humanamente, sustituyendo las luces largas de los clásicos, de la Historia, de la Filosofía, del Arte o de la Literatura, por la estupidez burocrática de los criterios de evaluación y de las competencias puestas al servicio de las necesidades de las empresas.
Hemos diseñado un mundo en el que el hijo del obrero no va a tener ya nunca la oportunidad de que un coro de Verdi detenga el martillo con el que trabaje. No hay acción política más fascista que la de acotar la alta cultura para los hijos de las clases altas, que alguna vez sí serán llevados al teatro o a la ópera o a la magia del interior de un libro. Pero mientras se convence a las clases trabajadoras de que sus hijos tienen que ser competentes para que el mercado cuente con ellos, se nos dice, con un cinismo paternalista, que el esfuerzo requerido para comprender lo complejo se ha quedado obsoleto o es abiertamente facha, que leer a los clásicos es una pérdida de tiempo y que lo importante es aprender a aprender —¿qué se puede aprender en el vacío?— en lugar de construirse un conocimiento sólido que actúe como cimiento y como ancla frente a los envites del poder. Al despojar a la educación de su carga humanista y de sus necesarias dosis de sacrificio y de esfuerzo, se la ha convertido en un mero manual de instrucciones para aceptar las condiciones del Precariado. Si para algo sirve hoy el sistema educativo, es para robarle a las nuevas generaciones la capacidad de rebelión ante la injusticia.
Porque una escuela donde se desprecia el esfuerzo y se arrincona el conocimiento para premiar la competencia superficial, no busca formar ciudadanos libres sino operarios dóciles y consumidores predecibles y maleables: sin el equipaje de la cultura, el individuo está indefenso ante su propia opresión. Ahora que la izquierda se ha olvidado de la justicia social, quienes aún seguimos creyendo en ella deberíamos hacer un esfuerzo para que no se olvide de que la justicia social no termina cuando la riqueza se ha repartido, aunque sea en migajas, sino que comienza cuando se garantiza el acceso universal a la excelencia del espíritu. Porque sólo quien sabe que los héroes quisieron conquistar las alas doradas para enfrentarse a los dioses, puede sentir como algo indigno el vivir de rodillas. Negarle a nuestros niños y a nuestros jóvenes la cultura densa, honda, pesada, liberadora, bajo el pretexto de amaestrarlos para lo útil y lo práctico, es condenarlos a un cautiverio en el que ni siquiera van a tener el consuelo de que alguna vez se eleve un canto que libera su pensamiento.