Sobre nuestras piedras lunares

Manuel Montejo

Andalucía se juega en quien compite

Lo que enseñan los precedentes es bastante claro: los adelantos no crean las condiciones, las aprovechan

Como cada vez que se produce un adelanto electoral, sea en Andalucía como es el caso, o en cualquier otra Comunidad, el debate público se llena de explicaciones tácticas: que si el momento es bueno, que si las encuestas acompañan, que si conviene evitar desgastes futuros. Todo eso importa, claro. Pero quedarse ahí es como explicar un partido sólo por el minuto en el que se pita el inicio.

Porque en Andalucía, a estas alturas, el problema ya no es cuándo se vota. Es quién está en condiciones reales de competir cuando se vota.



Durante décadas, el sistema era reconocible. No hacía falta demasiada teoría política para entenderlo: había dos grandes bloques, con un partido dominante en cada uno, y la alternancia —real o potencial— estructuraba el comportamiento electoral. Ese esquema saltó por los aires, pero no ha sido sustituido por uno nuevo más equilibrado, sino por algo bastante más incómodo: dos bloques que no compiten en igualdad de condiciones internas.

Ahí está la clave. Y ahí es donde conviene cambiar el foco: de la táctica al funcionamiento estructural del sistema.

En realidad, las elecciones andaluzas ya no se deciden tanto en la confrontación entre bloques como en lo que ocurre dentro de cada uno de ellos. La pregunta relevante no es quién gana al otro, sino quién consigue ordenar su propio espacio hasta el punto de hacerlo competitivo.

Porque un bloque solo compite de verdad cuando resuelve tres cosas muy concretas: liderazgo, coordinación y expectativa de gobierno.

En la derecha, ese proceso está prácticamente culminado. En Andalucía, el Partido Popular ha conseguido algo que no era evidente hace unos años, y que tampoco lo es tanto en el resto de España (¿verdad, Feijóo?): convertirse en el eje indiscutible de su espacio sin provocar una fuga significativa hacia su derecha. Vox existe, presiona, condiciona el discurso, pero no ordena el bloque. Lo hace el PP. Y cuando eso ocurre, se genera un efecto muy potente: el votante percibe con claridad quién puede gobernar, y ajusta su comportamiento en consecuencia.

Esto, tan evidente en nuestra Comunidad, es el principal problema del PP nacional. Porque cuando se consigue, entra en juego un elemento clave que suele pasar desapercibido: el voto estratégico no nace de la afinidad ideológica, sino de la percepción de eficacia. Cuando un bloque ofrece una opción clara de gobierno, el votante tiende a concentrarse. Cuando no lo hace, se dispersa o se desactiva.

Por eso, en la derecha, la competencia intrabloque ya no es desestabilizadora, sino funcional. Existe, pero refuerza al actor principal en lugar de debilitarlo. Es una competencia que ordena.

En la izquierda ocurre justo lo contrario. Aquí la competencia no solo no está resuelta, es que ni siquiera está bien estructurada. No hay un liderazgo claro, pero tampoco hay un proceso abierto que permita construirlo. No hay coordinación, pero sí superposición. Y, sobre todo, no hay una expectativa creíble de gobierno.

Y sin expectativa de gobierno, no hay voto estratégico. Hay, en el mejor de los casos, voto expresivo. Y en el peor, abstención.

Aquí es donde el análisis suele quedarse corto. Se habla mucho de fragmentación, pero poco de lo que realmente importa: la incapacidad de transformar esa pluralidad en un sistema competitivo. Porque la fragmentación, por sí sola, no es un problema. Puede ser incluso una fase de transición. El problema aparece cuando esa fragmentación no converge en nada.

El papel del PSOE andaluz es central en este bloqueo. Durante años no fue solo un partido fuerte: fue el eje que estructuraba todo un sistema político. Ordenaba el territorio, integraba sensibilidades y ofrecía una referencia clara incluso a quienes no lo votaban. Esa función se ha erosionado, pero no ha sido sustituida.

Desde el final de los gobiernos de Manuel Chaves y José Antonio Griñán, y especialmente tras la etapa de Susana Díaz, el PSOE ha transitado hacia una posición extraña: ya no domina el sistema, pero tampoco ha redefinido su papel dentro de él. No lidera con claridad, pero sigue ocupando el espacio central. Y eso genera un bloqueo: impide la articulación de una alternativa sólida sin ser capaz de encabezarla.

Este es el punto crítico: en Andalucía, hoy, no hay una crisis de representación en abstracto. Hay una crisis de estructuración del bloque de izquierdas.

Y eso tiene efectos muy concretos en términos electorales. La desmovilización no es solo apatía. Es una respuesta racional a un escenario en el que el votante no identifica una opción eficaz para gobernar. No se trata de que no quiera votar. Es que no encuentra para qué.

A partir de aquí, los posibles escenarios que puedan producirse tras las elecciones, esa política ficción a la que tanto nos gusta jugar, dejan de depender tanto del calendario y pasan a depender de cómo evolucionen estas dinámicas internas.

El primer escenario —y el más probable— es el de consolidación. Se produce cuando un bloque (en este caso, la derecha) mantiene su orden interno y el otro no resuelve sus tensiones. En este contexto, las elecciones no son competitivas en sentido pleno. Funcionan como un mecanismo de validación. Puede haber variaciones en escaños, pero no en la lógica del poder. A esto ha apostado Moreno Bonilla.

El segundo escenario sería el de reequilibrio. Pero no depende de un cambio externo, sino de una reconfiguración interna del bloque de izquierdas. Para que esto ocurra, tendrían que darse al menos tres condiciones: un liderazgo reconocible, una mínima coordinación entre actores y, sobre todo, la reconstrucción de una expectativa de gobierno creíble. Sin eso, cualquier mejora es superficial.

El tercer escenario —menos probable, pero no imposible— es el de desorden simétrico. Es decir, que la derecha también entre en una fase de competencia intrabloque desestabilizadora. Pero a día de hoy no hay señales claras de que eso vaya a suceder. Y mientras no ocurra, la asimetría se mantiene.

En este marco, el adelanto electoral recupera su verdadero lugar: no como motor del cambio, sino como instrumento. Andalucía tiene una larga tradición de adelantos ligados a decisiones muy concretas: estabilidad parlamentaria, presupuestos, control del calendario. Nunca han sido movimientos al azar.

Lo que enseñan los precedentes es bastante claro: los adelantos no crean las condiciones, las aprovechan.

Por eso, si se produce un adelanto, no será porque haya una “gran batalla” en marcha, sino porque alguien ha entendido que el equilibrio actual le favorece lo suficiente como para fijar el momento de la validación.

Y aquí está la conclusión incómoda, pero difícil de esquivar: mientras un bloque compita de verdad y el otro no, el resultado tenderá a repetirse, independientemente de cuándo se convoquen las elecciones.

Andalucía no se juega en el adelanto. Se juega en si alguien es capaz de ordenar su propio espacio hasta el punto de hacerlo competitivo.

Lo demás, en el fondo, es sólo el calendario.