Cualquier ciudad es única y a la vez infinita: única para la percepción de cada ciudadano; infinita por la suma de estas percepciones. Nuestros paseos urbanos trazan caminos que solo para nosotros tienen sentido, y estos mapas secretos quizá digan algo de nuestra vida. Las ciudades, además, están en continua mutación, como nosotros mismos.
En mi paseo habitual (¿por qué escogemos una ruta y la repetimos?), observo que dos tiendas han desaparecido. Me entristece su cierre y me comprometo a escribir una pequeña elegía. No era su cliente: en una no había entrado nunca; en la otra, solo una vez, hace muchos años. Pero eran tiendas que me agradaban, cuyo escaparate no dejaba de mirar cada vez que pasaba ante ellos (cuánto me gusta un buen escaparate).
Una era antigua, grande y destartalada: en su interior se libraban batallas estratégicas en tableros de juego: una especie de centro social. Sus vitrinas eran caóticas, barrocas y jugosas, llenas de figuritas y muñecos de diversos tamaños y procedencias, con sus respectivos complementos: quizá objetos mano o restos de serie. La otra era más formal y reciente. Vendía juguetes nuevos y empaquetados en sus cajas, sobre todo Playmobil, aunque en su escaparate había un rincón para las piezas que no salían de la fábrica, sino del ingenio y el cariño de los aficionados.
Eran dos comercios de juguetes, cercanos y muy distintos. Formaban parte de mis paseos por la calle Álamos de Jaén (de los álamos vengo, madre). ¿Cuántas personas habrán lamentado su cierre? Nada han dicho los noticiarios. Nada ha sucedido en la ciudad. Pero sí ha ocurrido para mí. Los echaré de menos. Y aquí está su pequeña elegía.