La tirilla

Santiago Donaire

La plaza vuelve a ser nuestra

La remodelación actual de la Plaza de Las Palmeras responde a una forma distinta de entender la ciudad

 La plaza vuelve a ser nuestra

Foto: AYUNTAMIENTO DE JAÉN

Recreación de cómo quedará la plaza.

En el Jaén andalusí, este rincón latía extramuros, junto a la Puerta de Granada. El barro de los alfares se cocía en viejos hornos, lejos del humo de la medina. Con los siglos, aquel vacío se convirtió en el Mercado Bajo: un espacio de ferias, comedias y juegos de toros. En 1915, la plantación de palmeras canarias alrededor del monumento a Bernabé Soriano, obra de Jacinto Higueras, dio a la plaza la imagen con la que varias generaciones de jiennenses la identificaron. Aquella combinación de árboles, sombra y vida cotidiana fue tan querida que los nombres oficiales quedaron relegados y pasó a conocerse, sencillamente, como la Plaza de las Palmeras. Era una plaza pensada, sin saberlo, para las personas.

Pero la modernidad llegó de la mano del automóvil. Durante las décadas de los sesenta y setenta, cuando la plaza llevaba el nombre de José Antonio, el coche se convirtió en el símbolo de un progreso mal entendido. La glorieta desapareció, las palmeras fueron taladas, el monumento se trasladó frente al Mercado de San Francisco y el espacio acabó convertido en una gran rotonda y un aparcamiento en superficie. La plaza dejó de ser un lugar de estancia para convertirse en un lugar de paso. El peatón dejó de habitarla; pasó simplemente a cruzarla.



La peatonalización del año 2000 corrigió el dominio del coche, pero creó otro problema. La nueva plaza quedó fragmentada por escalones, desniveles, barandillas y otros elementos que dificultaban recorrerla y disfrutarla. El conjunto no alcanzó la armonía ni la belleza que merecía el principal espacio cívico de Jaén. En 2001 se instaló el monumento al Alfarero, de Paco Tito, una obra de indudable valor artístico, pero de una escala desproporcionada para este espacio. Estoy convencido de que podrá lucir mucho mejor en un emplazamiento más adecuado.

La remodelación actual responde a una forma distinta de entender la ciudad. Durante demasiado tiempo se diseñaron ciudades para mover coches; hoy volvemos a diseñarlas para que las habiten las personas. En toda Europa el urbanismo ha recuperado una idea tan sencilla como revolucionaria: los mejores espacios públicos son aquellos en los que la ciudadanía quiere permanecer.

Porque una buena plaza no solo debe ser accesible y funcional. También debe ser bella. La belleza no es un lujo; es un servicio público. Una plaza hermosa invita a quedarse, favorece el encuentro, genera orgullo de pertenencia y mejora la vida cotidiana. Recuperar ese espacio es también recuperar un derecho ciudadano.

Cuando las máquinas cesen, el éxito de la remodelación no dependerá solo del diseño, la fuente o la pérgola. Se medirá por algo mucho más sencillo: que los jiennenses dejen de cruzar la Plaza de la Constitución con prisa y vuelvan, por fin, a hacer de ella lo que durante generaciones fue la Plaza de las Palmeras: el lugar donde vuelve a latir el corazón de la ciudad.

Salud.